Hiperactivos

Hiperquinesia infantil
Gerardo Ochoa Vargas

Rafael nunca está quieto. Hasta dormirse le cuesta trabajo, dicen sus papás. Mientras sus papás platican su caso, el niño sube, baja, entra, sale, abre un libro, intenta leerlo y de inmediato lo deja. Abre una ventana, escupe hacia afuera y luego sale corriendo del consultorio. Cuando regresa, toma una hoja de papel y hace algunas rayaduras en ella. Todo esto ocurre a la misma velocidad que está usted leyendo. Rafael es un niño hiperquinético.

La hiperquinesia es la enfermedad mental más frecuente en los niños. Por ejemplo, en Estados Unidos, hasta el 30 y 40 por ciento de los niños atendidos en las clínicas de guía infantil son diagnosticados como hiperquinéticos, mientras que en el Reino Unido sólo el 1.5 por ciento lo son. Ambas cifras son extremas: esas clínicas suelen confundir la hiperquinesia con problemas relacionados como el trastorno de conducta e incluso con la mala educación, mientras que en el Reino Unido tienden a diagnosticarse sólo los casos que cumplen estrictamente con todos los criterios diagnósticos. En general, entre el 4 y 10 por ciento de los niños y 1 y 3 por ciento de las niñas pueden recibir el diagnóstico preciso de hiperquinesia.

La hiperquinesia ha recibido varios nombres: disfunción cerebral mínima, hiperactividad, o trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad, que es el más correcto ya que así está clasificada como enfermedad. Por ser más corto, nos referimos a esta enfermedad como hiperquinesia.

En la hiperquinesia hay dos clases de comportamiento anormal: la hiperactividad/impulsividad y la falta de atención. La hiperactividad se manifiesta como inquietud constante, desplazarse o moverse todo el tiempo "como si el niño tuviera un motor", incapacidad para aguardar turnos, interrumpir a otros, etc. La falta de atención se presenta como desorganización, distracción fácil, falta de concentración: el niño parece no escuchar o pierde todas sus cosas, etc. Algunos niños hiperquinéticos tienen rasgos de hiperactividad y falta de atención, otros sólo son hiperactivos y algunos más sólo tienen el déficit de atención. Estos últimos tienen más problemas, porque su diagnóstico puede pasarse por alto y como parece que sueñan con los ojos abiertos o no terminan las tareas, suelen ser etiquetados como flojos o mal diagnosticados como disléxicos.

Los hiperquinéticos, como grupo, tienden a provenir de hogares problemáticos. Sin embargo no es claro si esta situación es causa o consecuencia. Podría ser que un niño hiperquinético se vuelva peor en un ambiente de ese tipo, y por eso más probablemente sea diagnosticado como hiperquinético. O quizá un hogar se convierte en un caos cuando un niño hiperquinético vive en él. Ambas aseveraciones son parcialmente ciertas.

La hiperquinesia es distinta al mal comportamiento o la simple inquietud. En la hiperquinesia el niño no puede controlar su comportamiento, y más importante, no puede terminar lo que emprende. A veces ni siquiera es capaz de jugar solo o en grupo: baja todos los cochecitos y los deja tirados porque ya no sabe que hacer con ellos, o abandona la portería a medio partido de futbol. Esto provoca rechazo en adultos y amigos, y por eso algunos hiperquinéticos son niños en conflicto y poco felices.

La hiperquinesia es un diagnóstico grave. Un niño o niña con hiperquinesia que no reciba tratamiento tiene más posibilidades de desarrollar alcoholismo, farmacodependencia, depresión, conducta antisocial y otros trastornos. No es una condición pasajera o, como algunos padres erróneamente creen, una situación ventajosa. En efecto ha habido mucha gente brillante con hiperquinesia. También ha habido farmacodependientes, alcohólicos y deprimidos muy famosos, pero eso no quiere decir que estos problemas deban ignorarse.

El tratamiento siempre requiere de la combinación de un medicamento y terapia. Es inútil iniciar una terapia psicológica si el niño no puede estarse quieto. En el otro extremo, el uso del fármaco sin terapia sólo controla la hiperquinesia pero no enseña al niño a vigilar su conducta.

El medicamento pertenece al grupo de los psicoestimulantes, que en el niño hiperquinético tienen un efecto paradójico. Si en alguien normal un psicoestimulante provoca aumento en la actividad, en el niño con hiperquinesia la disminuye. Esto es porque en el hiperquinético el psicoestimulante actúa sobre una corteza cerebral inhábil para controlar la conducta. Al recibir un estímulo extra con el medicamento, la corteza alcanza un nivel capaz de controlar los impulsos.

El psicoestimulante bien manejado no provoca daños, ni adicción, ni otros problemas que algunos insisten en atribuirles. Es la única solución para la mayoría de los hiperquinéticos. A la fecha, ningún producto natural, cambio en la dieta, eliminación de colorantes y otras alternativas han producido mejorías fuera de algunas anécdotas.

Es importante hacer el diagnóstico con certeza. En esta enfermedad no vale probar si el medicamento mejora al niño, porque los fármacos psicoestimulantes producen mejoría de la conducta aun en los niños no hiperquinéticos: un niño normal al que se dan psicoestimulantes se comporta mejor pero corre el riesgo de desarrollar adicción. Por otro lado, el hiperquinético suele tomar su última dosis en la adolescencia o vida adulta y no tiene problema al dejar de golpe el fármaco.

La niña con hiperquinesia tiene un pronóstico más sombrío que el niño ya que sus comportamientos impulsivos y temerarios tienden a ser rechazados socialmente: si un niño hiperquinético es molesto, una niña hiperquinética es insoportable. Además, son más rebeldes al tratamiento farmacológico. Y como por cada 10 niños hiperquinéticos sólo hay una niña, el diagnóstico es más fácilmente pasado por alto en ellas.

La hiperquinesia es un problema crónico que puede controlarse con suficiente paciencia. Es un reto para las familias, que deben poner todo de su parte para que el pequeño hiperquinético pueda controlar su conducta y tener una vida feliz.


Publicado con el título Si nunca hay paz en casa, en Reforma, suplemento Salud, página 18, 25 de noviembre de 2001
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