Hiperactivos
Epidemias
Gerardo Ochoa Vargas

Actualmente México enfrenta una epidemia de dengue. Esta epidemia es parte de la pandemia actual de la enfermedad. Durante este año el dengue se ha desbocado en distintas regiones del mundo. En las Américas, destaca Brasil, con más de medio millón de casos hasta la semana 33.

Dengue

El dengue es causado por el virus del dengue y transmitido por mosquitos del género Aedes, especialmente Aedes aegypti. Se presenta de dos formas, la clásica y la hemorrágica. Los hallazgos típicos del dengue clásico son un inicio súbito, fiebre que dura entre tres y cinco días, luego cede y vuelve a presentarse (fiebre bifásica), intenso dolor de cabeza, sobre todo detrás de los ojos, dolor en los músculos y articulaciones, y una erupción al final de esta fase. El tratamiento en general es sólo de sostén, y el alivio de los síntomas puede tomar meses.

El dengue hemorrágico es causado por el mismo virus en personas que tienen anticuerpos contra el dengue. Empieza de manera similar a la forma clásica, pero la fiebre es seguida por fenómenos hemorrágicos en varios órganos. En los niños comienza con fiebre e intenso rubor facial. La pérdida de plasma debe ser repuesta rápidamente para prevenir la alta mortalidad asociada con la enfermedad. El manejo debe ser hospitalario.

La enfermedad es peligrosa y no sólo no deja inmunidad permanente, sino que haber padecido dengue pone a la persona en peligro de sufrir la variedad hemorrágica en caso de un segundo cuadro de la enfermedad.

Varios casos de dengue clásico que cursan sin complicaciones en la fase aguda, dejan como secuela dolores musculares y debilidad que pueden durar años.

La prevención es sencilla: hay que evitar las picaduras de mosquitos.

Una epidemia en puertas es la del virus del Nilo Occidental, llegado a Estados Unidos en 1999. La enfermedad está por entrar a México. Si tiene interés, lea el escenario propuesto para el virus del Nilo Occidental.

El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida

El Sida ha pasado a ser la cuarta causa de muerte en el mundo, y la primera en el continente africano. Países como Zimbabwe, Botswana, Malawi, Mozambique y Swazilandia han experimentado una reducción en la expectativa de vida, ubicándose a fines de 2000 en alrededor de 44, 46, 37, 38 y 45 años respectivamente. La catástrofe social acompaña a la mortandad: en Botswana la epidemia hará que dentro de 10 años una cuarta parte de las familias pierdan a su sostén económico, agudizando el nivel de pobreza nacional. El Sida se ha convertido, así, en un serio problema de seguridad nacional para los países del Africa subsahariana. Pero la catástrofe, contra lo creído por muchos, no se limita a esa región.

El primer caso de Sida en México fue diagnosticado en 1983. Inicialmente el crecimiento de la epidemia fue lento, pero en la segunda mitad de los ochenta se hizo exponencial. Durante los noventa el aumento fue más gradual, y de 1994 a la fecha se han presentado alrededor de 4 mil 100 casos nuevos por año. Desde el inicio de la epidemia y hasta fines de 2001, se acumularon 51 mil 915 casos registrados de Sida, aunque quizá el total sea 35 por ciento mayor a esta cifra, es decir, alrededor de 70 mil, debido a los problemas de subregistro y notificación retrasada. Asimismo, se calculan en más de 150 mil a los infectados por VIH.

Por el número de casos reportados, México ocupa el tercer lugar en el continente americano, después de Estados Unidos y Brasil. Corrigiendo con la tasa de incidencia, se ubica en el lugar 14 en el continente y en el 62 en el mundo. La prevalencia del VIH en personas de 15 a 44 años es relativamente baja, de 0.29 por ciento, respecto a la de otros países de la región: Belice, 2.01 por ciento; Guatemala, 1.39 por ciento; Honduras, 1.92 por ciento; y Estados Unidos, 0.61 por ciento. La cifra, sin embargo, no es tranquilizadora en modo alguno.

Una baja prevalencia puede deberse a varios motivos: concentración de la epidemia en grupos de riesgo o localidades, que más tarde pueden propagarse a la población general, como en Myanmar, donde una prevalencia nacional de 1.99 por ciento oculta una de 60 por ciento en los usuarios de drogas intravenosas, y de 40 por ciento en los trabajadores de la industria del sexoservicio. En Indonesia, con una prevalencia nacional de 0.05 por ciento a fines de 1999, se encontró una de 18 por ciento en las trabajadoras de salones de masajes en Yakarta en 2000 y, de 1998 a 2000, la prevalencia en los donadores de sangre se multiplicó por 10. Cifras pequeñas también pueden depender de un subregistro o falsificaciones abiertas en las estadísticas, situación presente en muchos registros oficiales en México y otros países. El ministro de salud de China, Zhang Wenkang, admitió en junio de 2001 que podría haber hasta 600 mil personas positivas a VIH en el país. Aunque se sospechaba de la veracidad de las cifras, la admisión oficial excedió los peores escenarios, y mostró la extensión de la epidemia, especialmente grave por presentarse en la conflictiva frontera sur, con su constante flujo de drogas intravenosas y comercio sexual con los países de la región sureste de Asia. Según ONUSIDA, aun esta cifra es optimista, y estima los casos en alrededor de un millón, y podrían llegar a 20 millones para 2010.

Contar con pocos casos de VIH/Sida en actualidad no es garantía para el futuro. El primer caso de Sida en Sudáfrica se diagnosticó en 1982. En 1990, las mujeres que acudieron a control prenatal mostraron una prevalencia baja, de apenas uno por ciento. A fines de 2000, la prevalencia fue de 24.5 por ciento. Es decir, una de cada cuatro personas está infectada. En la Federación Rusa se identificaron, en 1991, 523 casos de VIH. Diez años más tarde, había 129 mil casos.

El caso de Tailandia es emblemático. Un estudio realizado en 1985, sólo identificó a un seropositivo al VIH entre 101 sexoservidores en Bangkok. Entre ese año y 1989, otros estudios encontraron una tasa similar, de 0 a 1 por ciento, tanto en usuarios de drogas intravenosas como sexoservidoras. Sin embargo, en 1988 la epidemia se desbocó. A principios de año la prevalencia en usuarios de drogas intravenosas continuaba siendo de 1 por ciento, pero alcanzó 32 a 43 por ciento para el periodo agosto-septiembre. Desde ese grupo la enfermedad se propagó a las sexoservidoras y sus clientes, quienes a través de relaciones heterosexuales la llevaron a sus hogares. La transmisión heterosexual llegó a alcanzar el 70 por ciento de los casos. Actualmente, hay al menos 755 mil personas positivas al VIH, aunque esta estimación es de fines de 2001. Las consecuencias sociales y económicas de la epidemia han comenzado a ser significativas: en zonas rurales de Tailandia, la producción agrícola se ha desplomado en 50 por ciento, y 15 por ciento de las familias han retirado a sus hijos de la escuela, tanto para cuidar a los familiares enfermos como para recuperar los ingresos perdidos, poniendo a los niños a trabajar.

En resumen, las bajas tasa de prevalencia no indican necesariamente una buena política de contención de la epidemia. En México, la verdadera propagación de la enfermedad podría estar por presentarse. De ahí la importancia de la prevención. ONUSIDA indica que ella es posible si se identifican los grupos de riesgo, lo cual en México ya se ha hecho; y se cuenta con la voluntad política para protegerlos eficazmente de la epidemia, en lo cual aún hay fallas significativas.

El grupo de riesgo principal, tanto por el cada vez más temprano inicio de la vida sexual como por el desconocimiento de los mecanismos de transmisión del Sida, es el de los adolescentes y adultos jóvenes. Es a ellos a quienes se deben dirigir intensas campañas de prevención, orientadas a la adopción de prácticas sexuales seguras. Lamentablemente, diversos grupos reaccionarios y fundamentalistas católicos impiden y estorban las campañas, cuando incidentalmente llegan a realizarse. Incapaces de asumir el hecho irrefutable de que un número significativo de adolescentes comienzan su vida sexual entre los 12 y 14 años, impiden la llegada oportuna de la educación. Su capacidad de intimidar a la Secretaría de Salud es inexplicable para quienes ven el fenómeno desde fuera del país, pero no resulta extraño para los nacionales, quienes entienden bien la maraña de complicidades y contubernios característica de todos los grupos de poder en México.

Hay un problema más grave todavía, y es la actual tendencia de varios seudocientíficos y otras personas con intereses espurios a promover la idea de que el VIH no causa el Sida, sino que la enfermedad es producida por alergias, desnutrición o exposición a tóxicos. Aunque jamás han demostrado la existencia de esas toxinas o el vínculo causal entre alergias y una destrucción generalizada del sistema inmune, insisten en eso y lo presentan como verdad incontrovertible. Semejante falacia ha tenido efectos devastadores en Sudáfrica, y quizá los tenga en varios otros países, incluidos México y Estados Unidos. A México han penetrado con fuerza las declaraciones del médico colombiano Roberto Giraldo, y en Estados Unidos, las de Christine Maggiore.

Estas hipótesis absurdas han sido alentadas por la existencia de personas positivas al VIH que no desarrollan en Sida. Quienes proponen, con base en ese hallazgo, que el Sida no es causado por el VIH desconocen el comportamiento de las enfermedades infecciosas. Al cabo de un tiempo de estar presente en una población dada, una enfermedad infecciosa empieza a ser resistida por algunos de sus miembros. Así, se estima que el VIH no afectará a 20 de cada 100 mil personas entre los años 1980 y 2017, a 10 mil de cada 100 mil entre 2018 y 2054, y a 25 mil de cada 100 mil entre 2055 y 2091 (Tabla 1). Por tanto, en el estado actual de evolución de la epidemia, es casi seguro que quien adquiera el VIH desarrollará tarde o temprano el Sida.

Tabla 1
Los cálculos de Guy Odom, basados en el libro Plagues and Peoples de William H. McNeill, arrojan estas cifras, basadas en el comportamiento de otras epidemias. De hecho Odom fue el primero en hacer esta clase de relación. Aunque la aparición de nuevas variantes del virus, la falta de contención de la epidemia y la irresponsabilidad en el manejo de los fármacos, así como otros factores externos tales como hambrunas, desastres naturales y similares que afecten la resistencia de las poblaciones y la estabilidad de las sociedades pueden incidir en el comportamiento de la inmunidad adquirida frente epidemia, las cifras indican con bastante precisión el hecho de que siempre existirán individuos naturalmente inmunes al VIH y, de hecho, a cualquier otro patógeno emergente.



Guy Odom. Man in Horseback. Beaufort Books. Nueva York, 1999
William H. McNeill. Plagues and Peoples. Anchor Books. Nueva York, 1976

Pero los conocimientos de la enfermedad siguen siendo patrimonio de muy pocos. No hay campañas eficaces ni sistemáticas para educar respeto a ella. Tampoco se ha aprendido de la experiencia de otros países. A ello se suma ahora la desinformación y, peor aún, la indiferencia. La enfermedad raras veces alcanza lugares destacados en los medios. La conciencia de que ahí está, persistente y permanentemente, no influye a las personas y sus comportamientos salvo de vez en cuando.

Es una práctica común del gobierno mexicano minimizar las epidemias, con el pretexto de no crear pánico en la población. Pero mientras no se asuma con seriedad el reto que ellas representan para la estabilidad del país, es decir, para la seguridad nacional, no se les podrá hacer frente con todos los elementos necesarios y la urgencia debida.


Le recomiendo leer este editorial de Sergio Sarmiento, donde se tocan algunos puntos respecto a Giraldo y la posición aquí expresada.


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