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Graffiti
Gerardo Ochoa Vargas
¿Por qué un fenómeno importado, sin relación alguna con la cultura mexicana, se ha convertido en el elemento central de la degradación urbana en diversas ciudades medianas y grandes de México? Y más importante todavía, ¿qué puede hacerse para erradicarlo del paisaje urbano?
Ventanas Rotas
La teoría de las Ventanas Rotas, elaborada por James Q. Wilson y George Kelling, se basa en la premisa de que el crimen es el resultado inevitable del desorden. Estos criminólogos encontraron que el crimen, en cualquier centro urbano, era mayor en las zonas donde prevalecía el descuido, la suciedad y el maltrato a los bienes públicos. Una ventana rota en un edificio, si no era reparada pronto, era el preludio para que todas las demás fueran pronto dañadas.
Esta relación ya había sido reportada por Zimbardo, y se relata con más detalle en prevención general. En 1969, Zimbardo condujo un experimento muy interesante: dejó dos autos abandonados, de igual marca, modelo y color, uno en Palo Alto, California, y el otro en el Bronx, Ciudad de Nueva York. Como era de esperarse, el primero permaneció una semana intacto, mientras que el otro fue robado y semidestruido. Sin embargo, la suerte para el automóvil de Palo Alto cambió cuando el mismo Zimbardo le rompió una ventana.
La conclusión es clara: un auto con una ventana rota que permanece sin atención, es un auto que a nadie importa, y por tanto se le puede saquear.
Si una comunidad presenta signos de deterioro y aparenta no importar a nadie, mostrará como consecuencia un aumento del crimen. Las manifestaciones más comunes de este deterioro son las ventanas rotas de los edificios abandonados y el graffiti. De hecho, como en el experimento de Zimbardo, sirven como inductores para ocasionar epidemias de inseguridad.
Durante los ochenta, el Metro de la Ciudad de Nueva York se convirtió en el arquetipo de la inseguridad neoyorkina. Los usuarios, hartos de sufrir asaltos violentos, intimidaciones, robos, o de viajar en vagones deteriorados, cubiertos de graffiti y lentos, empezaron a abandonarlo y, conforme lo hacían, aumentaba el deterioro e inseguridad de las instalaciones.
A mediados de los 80 Kelling fue contratado por la autoridad de tránsito de la Ciudad de Nueva York como consultor, y llevó a la práctica, junto con el director del Metro David Gunn, la teoría de las Ventanas Rotas. Más tarde se les uniría William Bratton como director de la policía del Metro. Sus objetivos inmediatos fueron dos: acabar con el graffiti, y perseguir a los pequeños delincuentes, como quienes entraban sin pagar, estaban en estado de ebriedad o hacían cualquier tipo de desmán en el interior de las instalaciones.
Había una razón para esto: si se comete una transgresión, por pequeña que sea, y se deja sin perseguir, siempre habrá imitadores. Si alguien entra sin pagar al Metro y las personas observan que se sale con la suya, pensarán "y por qué yo no". Así de poderoso es el motor de la imitación alentada por la impunidad.
Las críticas no se hicieron esperar por parte de aquellos que esperaban soluciones más radicales y aparatosas para crímenes mayores. Pero Kelling argumentaba que la única forma de acabar con la inseguridad era perseguir los pequeños delitos.
Porque quienes cometen pequeños delitos, también están involucrados en los mayores. En la experiencia neoyorquina, el arresto de personas que no habían pagado su entrada al Metro o hacían uso indebido de sus instalaciones, mostró que 1 de cada 7 tenía una orden de aprehensión por algún delito mayor, y 1 de cada 20 portaba ilegalmente un arma.
La batalla implacable contra el graffiti también arrojó buenos resultados. Como el graffiti era el emblema de la decadencia del transporte colectivo subterráneo, su eliminación elevó la confianza de los usuarios en que las cosas estaban cambiando.
Cuando Rudolph Giuliani llegó a alcalde de la Ciudad de Nueva York en 1994, William Bratton fue nombrado director del Departamento de Policía de Nueva York, y aplicó estrategias similares pero más amplias: combatir el graffiti, atacar las transgresiones menores como orinar o arrojar basura en la vía pública con todo el peso de la ley. Así, con la persecución de delitos menores que a su vez permitían atacar a los mayores, y creaban comunidades más limpias, más cuidadas, las cuales no estimulaban la comisión de delitos.
El éxito de la Tolerancia Cero y de la aplicación de las enseñanzas de la teoría de las Ventanas Rotas rompió con muchos prejuicios que existían en la concepción del delito como algo debido a defectos genéticos, a la mala educación, a la falta de oportunidades y otras hipótesis más o menos bien fundamentadas. Mostró que el delincuente no es una especie de autómata, incapaz de dejar de cometer delitos, sino que es un individuo sumamente sensible a los cambios ambientales de su entorno inmediato. Por tanto, la mejoría en ese entorno es una mejor estrategia, a través de no tolerar las transgresiones menores, que perseguir los delitos mayores.
Los resultados de tales políticas, resumidas en prevención general, debería dar, al menos, algo para pensar a sus críticos. Lamentablemente, la mayoría son dogmáticos y actúan en función de agendas previamente acordadas, intereses de grupo o prejuicios, y sólo por excepción con un convencimiento legítimo – aunque equivocado – de mejores alternativas para combatir al crimen.
El Caso Mexicano
A mediados de los años setenta, en la Ciudad de México comenzaron a circular camiones de transporte urbano de pasajeros llamados Delfines y – más escasos – Ballenas. Duraron en buenas condiciones hasta fines de la década, pero alrededor de los 80, conforme la anomia iniciada en 1976 se apoderaba del país, comenzaron a deteriorarse. Primero fueron pequeñas pintas con pluma en los asientos, luego navajazos, más tarde destrucción de los armazones de madera, el estrellamiento y rotura de las ventanas y, para cuando fueron sustituidos por los camiones de la Red Ortogonal de la Ruta 100, casi todos eran por completo inservibles. El tolerar los pequeños descuidos, parte del proceso de decadencia iniciado en esos años, resultó ser muy costoso.
El deterioro nunca había sido significativo en el Metro de la Ciudad de México sino hasta mediados de los noventa. Con la reputación de ser una de las instalaciones más limpias y cuidadas del mundo, el entorno del Metro dio un viraje alrededor de 1995, cuando una variedad especialmente destructiva de graffiti, llamada scratch, comenzó a deteriorar los vidrios de esas unidades. El scratch se practica con piedras, punzones o esmeriles sobre superficies de metal, vidrio y plástico, formando letras y símbolos a través de múltiples rayones.
El scratch, junto con otras formas de graffiti, proliferaron en la Ciudad de México a partir de 1992. Antes era una actividad limitada a bandas, y las zonas donde éste era frecuente eran las de Observatorio, Tacubaya y alrededores. Pero se popularizó y se extendió a toda la ciudad, donde actualmente es difícil encontrar lugares completamente exentos de graffiti.
Graffiti
Para que un graffitero pueda progresar en el mundo del graffiti, debe darse a conocer. Esto lo logra solamente a través, primero de los tags. De ahí irá progresando hacia las bombas, los deltas y finalmente a las piezas, consideradas por algunos como elementos con valor artístico.
El tag es la firma, usualmente simbólica, del nombre o seudónimo elegido por el graffitero. Son esas rayas aparentemente sin sentido, pero que en realidad representan letras. Sin importar qué tan talentoso o hábil para dibujar pueda ser un aspirante a graffitero, no puede intentar hacer piezas sin haber pasado primero por un largo periodo como tagger. Si lo hace, su pieza será denominada toy, es decir, el trabajo de un neófito.
No me voy a detener más en la taxonomía del graffiti, pero quiero enfatizar que si se alienta una forma de graffiti, se alientan todas. Por tanto, la única forma de luchar contra él es declarar una tolerancia cero al fenómeno. Las políticas de bardas libres, en las cuales se dejan ciertas zonas para que los graffiteros realicen sus obras, sólo sirven para extender el graffiti a otras áreas.
No todos los jóvenes que usan patineta realizan graffiti, como algunas personas suponen. El graffiti y el uso de patinetas puede coincidir, pero los adolescentes que practican con seriedad el deporte de la patineta, llamados skaters, no realizan graffiti y de hecho deploran que se les confunda con graffiteros.
¿El Graffiti es Arte?
Entrar en discusiones sobre el valor artístico o no de esta expresión es inútil. Como no hay parámetros universales que definan qué es arte o no, discutir sobre esta base no lleva a conclusiones útiles o fructíferas.
Sin embargo, hay dos cuestiones dignas a considerarse en estas discusiones:
- El graffiti muchas veces se realiza sobre otras modalidades artísticas: graffitis que desfiguran monumentos públicos e incluso zonas arqueológicas. Por lo visto los graffiteros, tan ansiosos en demostrar que lo suyo es arte, no respetan el arte de los demás.
- Ni tampoco el de sus compañeros. Pisar, en el argot del graffiti, significa realizar un graffiti sobre el de algún otro graffitero. Es decir que ni ellos son capaces de respetar el arte de alguien quien comparte sus ideas.
No se deje engañar: el arte no se impone ni se realiza a escondidas, a altas horas de la noche.
Relación con el Crimen
Mis entrevistas y relaciones con jóvenes graffiteros me han confirmado lo que muchos autoasumidos como expertos en la materia ignoran: en efecto, muchas veces el graffiti se realiza con el simple ánimo de molestar y no porque haya una necesidad de expresión artística o ideológica en el graffitero. Aun cuando la hay, el graffitero sabe bien que hay otras opciones para expresarse, que su arte es efímero y despreciado casi universalmente, y que en realidad tiene el objetivo de popularizarlo entre la comunidad de graffiteros. No he podido realizar un estudio profundo para determinar el grado de correlación con consumo de sustancias ilícitas, abuso de alcohol, otras actividades antisociales, pero los investigadores deseosos en incursionar en este campo encontrarán que es alto.
Singapur había mantenido una férrea disciplina contra el graffiti, penalizando con azotes públicos y seis meses de cárcel esta clase de vandalismo. Sin embargo, recientemente adoptó medidas más liberales, permitiendo el graffiti en el parque del Consejo Nacional en Grange Road. En opinión de Corrigne Kang, titular de comunicaciones del Consejo, "mientras el graffiti no tenga palabras obscenas o ataques religiosos, es una expresión sana". Aunque el graffiti ha podido ser limitado a esta área, la apertura ha tenido consecuencias: después de adoptar esta medida, el delito se desbocó. Durante los primeros seis meses de 2002 los robos aumentaron 62 por ciento, el hurto en tiendas 34 por ciento, las violaciones 62 por ciento, el arrebatar el bolso a damas 35 por ciento y los atentados al pudor 26 por ciento.
Por supuesto que el graffiti no es causa directa de estos delitos, pero es parte del conjunto de eventos que crea las condiciones adecuadas para que se cometan. Esta ola delictiva ha sido atribuida a que el país está apenas saliendo de una recesión, y también que después de los ataques del 11 de septiembre las fuerzas del orden han descuidado los asuntos domésticos para enfocarse a la lucha contra el terrorismo internacional. Sin embargo, cuando los aparatos y mecanismos del control social de una sociedad se debilitan o relajan, se ha encontrado consistentemente un aumento desbocado de fenómenos antisociales.
El caso de Singapur merece un comentario adicional, en el sentido de que presenta una de las tasas de delitos más bajas del mundo, y por tanto, cualquier aumento incide fuertemente en las comparaciones porcentuales, las tasas y otras mediciones del delito: si en un determinado país hay, por ejemplo, dos violaciones anuales, una más corresponde a un aumento de 50 por ciento.
Acciones Nacionales
El 10 de octubre de 2002 se declaró un intento serio para llevar a cabo la política de tolerancia cero en la Ciudad de México. El gobierno de López Obrador será asesorado por Rudolph Giuliani y colaboradores, para la instrumentación de esta política.
Es de esperarse que la medida dé resultado en uno o dos años, y eso si se aplica siguiendo todos los estándares preestablecidos o patrón de éxito: combate a todas las formas de transgresión y vandalismo, persecución de la corrupción policiaca y seguimiento constante de las cifras – reales, no las inventadas para los discursos – del delito.
Acciones Comunitarias
Si usted desea acabar con el graffiti en su comunidad entienda que deberá librar una batalla sin cuartel contra los vándalos que lo practican, y que esa batalla siempre culminará con la erradicación del graffiti, si es paciente.
La única alternativa es eliminar los graffitis tan pronto aparezcan. No pierda tiempo enfrentando a los graffiteros, pues irritarlos sólo aumentará el graffiti. En cambio, cada día siguiente elimine todos los graffitis que puedan haber realizado.
Organícese con sus vecinos de la calle y, de preferencia, de toda la manzana. Pero no se desanime si sólo logra convencer a unos cuantos: han habido éxitos rotundos en calles solas, lo mismo que en grandes unidades habitacionales, donde los vecinos declaran la tolerancia cero al graffiti. Y a veces la batalla es ganada por unos cuantos.
No ceda a los chantajes de graffiteros que piden espacio para mostrar lo que llaman su arte. Si cede a dejarles algunas bardas, eso servirá como aliciente para la aparición de nuevos graffiteros y para la extensión del graffiti a áreas fuera de las permitidas.
Sólo a través de una coordinación vecinal, donde la mayor parte de los vecinos colaboren, puede usted esperar éxito. Si sus bardas son las únicas limpias en una cuadra o calle llena de graffiti, su batalla durará años.
Durante las primeras dos o tres semanas, el graffiti reaparecerá tan pronto como usted lo elimine, pero después de este periodo irá disminuyendo, hasta casi desaparecer por completo. Recuerde que el graffitero busca ser reconocido, y como no siempre es capaz de robar los aerosoles de pintura que usa, suele invertir mucho de su dinero en ellos. Por tanto, se irán alejando de un territorio que no permite que el graffiti dure ni siquiera 24 horas.
Siempre es conveniente contar con el material para eliminar el graffiti tan pronto como vuelva reaparecer.
Fuentes
- Phil G. Zimbardo. Why Americans are growing more violent. Sacramento Bee, F1, F4. 1969
- James Q. Wilson, George L. Kelling. Broken Windows. Atlantic Monthly, 249(3): 29-38, 1982
- Malcolm Gladwell. The Tipping Point. Fist Edition. Little, Brown & Co., 2000
- Catherine E. Ross, Sung Joon Jang. Neighborhood disorder, fear and mistrust: the buffering role of social ties with neighbors. American Journal of Community Psychology, 28(4): 401-402, 2000
- Richard J. Lundman. Prevention and control of Juvenile Delinquency. 2nd edition. Oxford University Press, 1993
- Singapore Police Force.
- Singapore Department of Statistics.
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