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Ese Día
Por Miguel Angel Balanzario-Novelo

Yo creo que ya estaba muerto cuando me eché a correr por que no encontraba mi casa. Además no me dolía el pie y todo era distinto, hasta la calle sonaba de otro modo, como si me hubieran metido la cabeza en agua; y el dolor del pie ya no lo sentía.

Fue en la tarde que me lastimé, jugando. Se me hinchó un poco y dolía nomás de pensar en quitarme los tenis; pero tuve que irme así y en el camino, con el dolor, ir pensando al fin que iba a decirte.

Porque ya no aguantaba ir viéndote nomás, como en un descuido, cuando te acompañaba a las rejas amarillas de tu casa; o acercar apenas mis manos a las tuyas en el vaivén del camión, como si no importara.

Así arrastraba el pie cuando oí todo ese revoltijo de voces y manos que se amontonaban para apretarme el cuello. Una patada me arrancó del aire y caí con las manos crispadas entre las piernas. Las voces se alargaron como un maullido y sentí miedo. Después el aire se me escapaba por el pecho, por la espalda, la voz se me iba por donde quiera que cortaran las navajas. Después corrí sin sentir el pie y la calle se me alargaba en los pasos. Pensé en tu boca, en el lunar de tu boca, y seguí caminando sin encontrar mi casa.

También por eso vine a verte y también por eso me doy cuenta que estoy muerto, porque cuando pegue la cara en la ventana de tu cuarto te revolvías y pude ver tus senos y tu vientre plano, y sólo pude sentir la emoción de estarte descubriendo; como si ya supiera que nada iban a lograr mis manos.

Y me regresé a mi casa.

Todavía la estoy buscando.

© Panóptico, Miguel Angel Balanzario-Novelo
Noviembre 15, 2000