Opine en el foro Correo Instrucciones para colaboradores Vínculos Quiénes somos Mapa del sitio


 

¿Por Qué te Fuiste?
De Eduardo Liceaga-Martínez

Un día, antes del anochecer, exactamente en el momento en que todos lo gatos son pardos, se entreabrió la voz de mi esperanza para pedirte por favor que no te fueras. Te dije – Quédate por favor... por favor quédate –. Pero tú, como si nunca hubieras existido, me diste la espalda y te encerraste en el olvido.

Yo sabía que este momento llegaría. Yo, si no de cierto, siempre intuí que te irías dejando todo mi cuerpo trémulo, pero de frío, blando como las palabras flacas que salen por debajo de aquellas puertas de los cuartos donde platicaban las señoras de cosas de mayores. Es curioso, siempre quise saber que color eran esos murmullos, de que textura estaban bañadas esas pequeñas vocecillas que escurrían debajo de la puerta. Nunca lo supe. Llegué a mayor y no tuve que cerrar la puerta, porque no existía nadie de quien esconder mis susurros... Mis flacas cavilaciones.

Como te decía, ¿por qué te me escapaste así?, sin avisar, sin darme una señal de tu descontento conmigo. Después de tantas cosas que pasamos juntos, después de todos los proyectos que tenía contigo, y que ahora, nomás no hallo como realizar. Eres muy desobligada, tienes razón en que no te traté como merecías, pero es que no te conocía bien, no sabía como tratarte en un principio. Es que todos opinaban.

Luego, cuando más o menos te agarré el modito, las cosas cambiaban y todo se enmarañaba, se enjutaba y se retorcía de tales modos que me espantaba solo de pensar el cómo iba yo a poder cambiarte para enfrentar esas vicisitudes. Nunca reclamaste, solo ahogados reproches detrás de mis orejas, a mi espalda ¡pues!. Pero nada como para que yo pensara que te me ibas a ir así nomás.

Te dije – no te vayas –, porque todavía hay muchas cosas que hacer, gente que conocer, esos zapatos nuevos que había que comprar, el viaje tan esperado, la mujer que nunca te dí. Porque aunque creas que no, siempre supe que te gustaban fuerte las mujeres, que ansiabas besarlas y abrazarlas y tal vez, hacerles todas esas cosas de que hablan los suspiros que se escurren por debajo de las puertas.

Aunque nadie me puede reprochar por dejarte ir, porque no hay nadie a quien le importe, yo si te voy a extrañar, y más porque desde que te vi partir, ya no hablo, ni respiro, ni como, ni fumo, ni voy al parque a ver a las mujeres que tanto te gustaba ver pasar. Porque desde que te fuiste, y yo ya lo había intuido desde antes, estoy muerto... porque tu, VIDA, te me fuiste y estoy absolutamente seguro, que ya no vas a regresar.

© Panóptico, Eduardo Liceaga-Martínez
Diciembre 15, 2000