Algunos de los problemas que vivimos actualmente en nuestro país se refieren a conflictos en los que las diferencias ideológicas pueden más que las coincidencias en materia de lo que es mejor para los mexicanos. Tal es el caso del conflicto entre estudiantes del CGH y las autoridades en la UNAM, el viejo conflicto de Chiapas entre el EZLN y el gobierno Federal, y ahora también puede ser el caso de la nueva relación que tendrán los partidos políticos con el gobierno federal dentro y fuera de las cámaras legislativas.
Los conflictos ideológicos no son nuevos en nuestro país. Actualmente hemos llegado al punto en que se desarrollan conflictos en donde no sólo se toleran las expresiones radicales sino que se permite el uso de la fuerza y la transgresión de las leyes para la defensa de una ideología bajo el disfraz de fines nobles y altruistas. Parece que estuviera de moda que en los problemas recientes en nuestro país una de las partes se atrinchera en un territorio y toma una posición que impide cualquier vía que pueda llevar a la solución del conflicto. Para colmo, la otra parte que es el gobierno federal mostrando una falta casi total de autoridad posterga las decisiones y se convierte en un mero observador, seguramente con la esperanza de que el tiempo traiga de alguna manera la solución al problema o por lo menos que la ciudadanía se vuelva menos sensible con el tiempo ante el problema no resuelto.
Hoy el conflicto de Chiapas se encuentra estancado sin interés de ninguna de las partes en resolverlo y la solución al problema de la UNAM no se vislumbra cercana y amenaza con correr la misma suerte que el problema de Chiapas. La solución pacífica de cualquier conflicto tendría que venir de la negociación, pero para que esta tenga lugar se requiere que las partes estén interesadas en resolver el conflicto. Luego una vez que se da, es requisito indispensable la buena fe de ambas partes, esto quiere decir, que la disposición a negociar sea verdadera, y eso significa que, tanto los argumentos que se esgrimen sean reales y sensatos, y por último, que exista una mínima disposición a ceder por lo menos un poco de terreno en los planteamientos originales. Si no existe veracidad en la negociación entonces es un mero engaño y si no hay flexibilidad en los planteamientos entonces no es negociación sino intento de imposición.
La importancia de que en una negociación ambas partes estén dispuestas a no ser ni vencedoras ni vencidas estriba en que ambas posturas son infértiles y en una sociedad con un sistema de reglas establecido significa que no se desea participar en el sistema. La postura del "todo o nada" no es válida en una negociación, pues implica rigidez en los planteamientos y al mismo tiempo la disposición a perder y por lo tanto dejar de obtener algo por lo que se ha luchado. No se puede representar a una de las partes en conflicto cuando se está dispuesto a no ganar nada en aras de una lejana victoria total. Negociar significa querer obtener algo para su causa y así acercarse más a la realidad ideal por la que se lucha. En una democracia hay negociación y cuando se negocia existe un interés por cambiar la realidad y al mismo tiempo la aceptación de que esto sólo se puede lograr poco a poco. No se puede ganar todo en una sola jugada.
La izquierda viene de una tradición en la que el cambio sólo podía llegar de forma abrupta, por medios drásticos y violentos; no había aceptación de las reglas del juego, sino el deseo de imponer unas nuevas. El ideal de la revolución planteaba un cambio radical en el sistema pero con la caída del comunismo esa tradición perdió fuerza en casi todo el mundo y ahora las izquierdas buscan una nueva identidad. Hoy la izquierda mexicana ha transformado su postura, hay aceptación de las reglas del juego pero en el fondo no olvidan la tradición de que el cambio debe ser total. La aceptación de las reglas no sirve si no se sabe jugar. Les falta avanzar a la fase en la que no sólo se aceptan las reglas sino que aceptan entrar al juego. El juego consiste en tratar de ganar terreno en la dirección que los acerque al ideal de país por el que se lucha. En el juego de la democracia no hay ganadores y perdedores absolutos, sólo se gana parcialmente.
Los actuales movimientos inspirados en la ideología de izquierda como el del CGH o el EZLN aparentan ser una lucha que propone mejoras, cambios en favor de la justicia social, pero en el fondo subyace el deseo de derrumbar el sistema o por lo menos de ser un obstáculo a este último. Incluso los partidos de izquierda manejan un lenguaje de aceptación de las reglas pero la ciudadanía percibe su inmadurez política, por eso sus propuestas sólo son aceptadas por quienes tienen algún resentimiento contra el sistema y por lo tanto concuerdan con su postura inflexible.
En el problema de Chiapas ya ha habido negociaciones y se han firmado acuerdos, aunque a la hora de llevarlos a cabo ambas partes se las han arreglado para no continuar ni con la puesta en marcha de los acuerdos ni con la negociación para hacerlo. El resultado ha sido cero beneficios para los pueblos indígenas. Si el interés del EZLN es realmente el beneficio de los pueblos indígenas ¿dejarían pasar tanto tiempo sin forzar una solución que empezará a redituar en beneficios para los afectados?. Es válido preguntarse que hubiera pasado si los zapatistas hubieran ido cosechando beneficios para la causa indígena mediante la negociación. ¿En qué situación se encontrarían ahora los pueblos indígenas después de seis años de cambios, suponiendo que estos hubieran sido para su bienestar y desarrollo?
En el conflicto de la UNAM tenemos también una combinación de autoridades incapaces contra una organización aferrada a una postura inflexible. A pesar de que las autoridades han cedido en buena medida ante los requerimientos del CGH esto no ha ayudado a suavizar la postura de esta organización. Las peticiones del CGH resultan imposibles de satisfacer y aunque se les concediera todas sus peticiones, es casi seguro que surgirían unas nuevas, convirtiéndose en un juego interminable de pedir y conceder. En el fondo esta organización no lucha por beneficios concretos para los estudiantes sino que apuesta a objetivos más ambiciosos, como un cambio radical en el sistema. Ante metas tan elevadas los perjuicios ocasionados a la universidad son poca cosa y si por ellos fuera, el paro de la UNAM hubiera continuado indefinidamente.
Mientras haya grupos que apuesten a la destrucción del sistema en el que vivimos y gobiernos débiles e incapaces seguiremos viendo conflictos como el de Chiapas o el de la UNAM. Mientras la izquierda partidista no logre olvidar las posturas radicales que la caracterizaron en el pasado, seguirá siendo una oposición inútil y de poca participación en la vida política del país. Es válido preguntarse qué inspira a estos movimientos, la lucha por sus principios o simple dogmatismo. Quienes no sepan negociar conseguirán cada vez menos en el futuro y la realidad les cobrará caro su inflexibilidad.