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La Revolución en el Campo
Por Alberto Carrillo

La pobreza de la mayor parte de quienes viven del campo es uno de los problemas más viejos e importantes que enfrenta nuestro país en el inicio del nuevo milenio. Durante décadas los gobiernos mexicanos han usado el discurso de la justicia para el campo y el combate a la pobreza, sin embargo este sector está cada vez más atrasado con respecto al resto de la sociedad y es incapaz de salir de su situación por sí mismo. El ideal revolucionario de tierra y libertad ha mostrado ser insuficiente para lograr una vida digna y satisfactoria para quienes viven del campo. Más que una revolución armada los campesinos requieren que se les den las armas para enfrentarse a los retos del desarrollo.

La mayoría de quienes viven en el campo son los más pobres del país y muchos de los pobres de las ciudades provienen de estos pobres del campo. Las políticas de los gobiernos priístas han dejado como resultado un campo fraccionado en pequeñas parcelas con una capacidad productiva apenas suficiente para mantener a quienes trabajan la tierra. La llegada al campo de campañas de salud, pequeñas clínicas y algunas escuelas ha propiciado el aumento de la esperanza de vida de los campesinos y con ello el crecimiento de la población en el campo. El excedente de población ha emigrado a las grandes ciudades y a los Estados Unidos.

La situación de pobreza ha mantenido en el descontento a la población del campo, pero los campesinos no son capaces de percibir cuales son las causas de su pobreza ni cómo salir de ella. Durante generaciones los campesinos han reclamado tierras, pues la posesión de la tierra les brinda seguridad, aunque esta sólo les asegura una existencia precaria. Las tierras se han repartido pero ante el crecimiento de la población en el campo la demanda ha aumentado y es imposible dar tierras a los nuevos adultos del campo. Los que ya poseen tierras reclaman ayuda del gobierno para poder sembrar y cosechar y el gobierno federal ha respondido a esta demanda durante años mediante una política de créditos, pues los campesinos en su mayoría no son sujetos de crédito para los bancos privados. Se combinaron ineficiencia, corrupción y una política paternalista para hacer que este proyecto fuera incapaz de lograr sacar al campo de la improductividad con contadas excepciones.

En los últimos años muchas voces se han alzado proponiendo que sea el gobierno quien saque al campo de la pobreza. Van desde quienes proponen la intensificación de las políticas paternalistas de siempre hasta las "guerrillas" que han retomado el ideal zapatista de la revolución. La pobreza del campo se ha usado como bandera y como discurso político por muchas personas y partidos, sin embargo, ninguno de estos hace nada por mejorar la situación de los campesinos, pues se considera que es el gobierno y sólo el gobierno quien debe resolver el problema del campo. Tal es el caso de la guerrilla zapatista, quienes supuestamente pretenden ayudar a los campesinos indígenas, pero su papel se limita al de simples intermediarios o negociadores ante el gobierno federal, y en los últimos años ni siquiera han negociado.

En el sexenio de Salinas se reformó la ley con respecto al ejido, lo que en teoría posibilitaría una mayor inversión privada en el campo, pues al ser propietarios de la tierra los campesinos podrían ser sujetos de crédito para bancos e inversionistas. Después de más de un sexenio de que se llevó a cabo la reforma aún no se ve interés por invertir en las tierras que antes eran ejidales. Si los gobiernos no hacen algo por promover la inversión en el campo difícilmente cambiará la situación. Pero quizá la obligación de un gobierno no vaya más allá de proporcionar los servicios básicos, salud y educación a todos los sectores de la sociedad. Entonces, ¿a quién corresponde la tarea de sacar al campo de la improductividad y la pobreza?

La opinión generalizada es que al campo lo que le hace falta es dinero y tecnología, sin embargo, estos no son suficientes para hacer del campo un negocio rentable, como lo percibieron en la Fundación Mexicana para el Desarrollo Rural, también se requiere saber administrar, vender y comprar, como en cualquier negocio. El arquitecto Alfonso Urbina miembro de esta fundación explicó en una entrevista con Sergio Sarmiento cómo a través de la capacitación a las familias campesinas han logrado convertirlas en empresarios del campo. La fundación formada por empresarios apoya actualmente a miles de familias campesinas para obtener créditos de los bancos, los capacita para saber como gastar el dinero, para vender sus productos, para adquirir los insumos necesarios y hasta para pagar los prestamos adquiridos. Con el tiempo estas familias han logrado mejorar sus ingresos, organizarse en cooperativas de servicios con otras familias, pagar sus deudas con los bancos y convertirse en sujetos de crédito por sí mismas.

El trabajo de la fundación ha sido muy valioso para miles de familias del campo, sin embargo constituye sólo un pequeño avance ante la magnitud del problema del campo, pues hay millones de familias campesinas sumidas en la improductividad y la pobreza. Tendría que ser el gobierno federal quien se encargará de coordinar los esfuerzos para cambiar la situación en el campo. Deberá seguirse una estrategia diferente a la que se ha llevado a cabo durante décadas. Las políticas paternalistas de apoyo al campo sólo han servido como paliativos a la pobreza en que viven millones de campesinos, los ha hecho dependientes y los ha llevado a depositar cualquier esperanza de cambio en las acciones del gobierno. El ejemplo de la Fundación para el Desarrollo Rural muestra que la mejor manera de sacar al campesino de la pobreza es apoyándolo para que lo haga por sí mismo. De manera que aprendan a hacer de su trabajo un negocio rentable y a convertirse ellos mismos en empresarios. El objetivo es capacitarlos para ser empresarios independientes, apoyarlos mientras lo logran y por último, dejarlos trabajar y progresar por sí mismos, una vez que son capaces de hacerlo.

Seguir como hasta ahora, equivaldría a tomar el papel de simples espectadores de la problemática del campo y ver como se perpetua la pobreza de los campesinos. La sociedad civil puede y debe participar en ayudar a resolver la situación de los menos favorecidos, pero el problema del campo es de tal magnitud que sin la intervención del gobierno sería imposible resolverlo algún día. La tarea del nuevo gobierno es difícil, pero no imposible. Tendrá que convertirse en capacitador, asesor y promotor de los nuevos negocios del campo. Existe un espacio enorme para la creatividad a la hora de idear soluciones a la problemática particular de cada región.

El campo requiere de una revolución que transforme la vida de los campesinos, que les permita progresar e integrarse al desarrollo de la sociedad. Probablemente sea la única manera de lograr la justicia que no llegó por medio de la revolución mexicana. El cambio de gobierno es una gran oportunidad para cambiar el papel que este ha desempeñado en la sociedad. Desde siempre se ha aceptado el papel del gobierno como promotor de la salud y la educación. Ya es tiempo de que el gobierno participe seriamente como promotor de la productividad y el desarrollo de todos los sectores de la sociedad, estimulando al mismo tiempo la independencia y la responsabilidad. Después de todo, tenemos un gobierno enorme en recursos humanos, no creo que sea mucho pedir que trabajen en esta nueva tarea.

© Panóptico, Alberto Carrillo
Agosto 3, 2000