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Educación, ¿un Camino Hacia el Exito?
Por Alberto Carrillo

La educación formal es una de las herramientas que permiten a los ciudadanos adueñarse del control de su propio desarrollo, aprovechar las oportunidades que brinda la sociedad y al final de cuentas lograr una vida digna y satisfactoria. En México, donde la mayor parte de la gente tiene acceso a alguna educación formal por parte del estado y una minoría tiene acceso a la educación privada, la calidad de la educación que se recibe sirve como un filtro para separar a quienes gozarán de gran libertad para elegir su camino profesional y solvencia económica de quienes vivirán con muchas limitaciones. Los gobiernos se esfuerzan en hacer creer a la sociedad que se ha logrado mucho en la educación en México y que tenemos instituciones de gran nivel. Pero la verdad es que muy pocos de quienes se forman académicamente dentro del sistema de escuelas públicas pueden acceder a las mejores oportunidades de empleo y desarrollo.

Desde la escuela primaria el mexicano proveniente de una familia promedio, que sólo puede acceder a la educación gratuita, comienza a rezagarse con respecto a quienes provienen de una familia que tiene los recursos para pagar una escuela privada. No es que todas las escuelas privadas tengan un gran nivel; las hay de todo tipo, desde las muy exigentes que cuidan mucho de su prestigio hasta las que se conforman con mantener contentos a los padres de familia para no perder clientes.

Sin embargo, en casi todas las escuelas públicas se da el fenómeno de que unos pocos alumnos, uno o dos de cada grupo entran en un círculo virtuoso donde el esfuerzo en lo académico se ve recompensado con felicitaciones y buenas notas y esto a su vez es un estímulo para realizar un mejor esfuerzo que los lleva a aprovechar mejor los recursos de que disponen. El aprovechamiento de estos alumnos los pone muy por arriba del promedio de sus compañeros. La gran mayoría de ellos se conforma con asistir a clases, cumplir esporádicamente con algunas tareas y si no alcanzan a aprobar los exámenes, sus maestros se encargan de estirar la escala de calificaciones e inventar todo tipo de trucos para darles una calificación aprobatoria. En la escuela pública típica la exigencia es tan laxa e incapaz de influir en el desarrollo de los alumnos que prácticamente éstos se desenvuelven solos, obedeciendo únicamente a factores ajenos a la escuela, como su capacidad individual, la relación con sus padres y la influencia del medio en el que viven.

Seis años de primaria sólo sirven para que la mayoría de los niños apenas sean capaces de leer y escribir, realizar las operaciones aritméticas básicas y tener algunas vagas ideas sobre historia y geografía. Desde este nivel los alumnos aprenden que no es necesario hacer un gran esfuerzo para seguir adelante en la escuela, pues las exigencias son mínimas. Si difícilmente pueden entender lo que leen, resulta imposible que desarrollen el gusto por la lectura. Ni el paso por la secundaria, el bachillerato y muchas veces la universidad lograrán corregir la mala ortografía, las dificultades para redactar ni su limitado vocabulario.

Por su parte los maestros se sienten víctimas del sistema, no sienten ningún aprecio de sus superiores por su trabajo y se quejan de los bajos salarios. Aprenden a sobrevivir en un sistema que ni los premia por su esfuerzo, ni los castiga por los mediocres resultados. La mayoría de los maestros se toman la molestia de revisar las tareas y calificar los exámenes, pero casi nunca se preocupan por los alumnos con bajo aprovechamiento, los que tienen problemas de aprendizaje o de otro tipo, pues consideran que esa tarea no les corresponde o no les pagan lo suficiente para hacer ese trabajo "extra".

Los padres de familia podrían ser los más interesados en exigir una escuela de calidad para sus hijos, pero desgraciadamente no perciben o no les interesa la baja calidad de las escuelas. Ya sea por su poca preparación, por la poca atención que ponen en sus hijos o por simple conformismo, en raras ocasiones llegan a expresar una queja o a exigir una mejor educación para sus hijos. No es raro que ante la evidencia del bajo nivel de una escuela algunos padres expresen su resignación ante el hecho de que "todas las escuelas están igual". Son muchos los padres que usan la escuela como instrumento para deshacerse de sus hijos por unas horas y también los que esperan que en la escuela se los eduquen, dada su incapacidad para hacerlo ellos mismos, de manera que la escuela les resulta igualmente útil a pesar de su baja calidad.

En las secundarias se repite el mismo esquema de alumnos mal preparados y apáticos, que además entran en la rebeldía de la adolescencia y maestros que se debaten entre su propia inconformidad, la indiferencia de los alumnos y la intransigencia de los directores. Para resolver estos problemas se recurre a prácticas que corroen más el nivel académico de la escuela pero que deja contentos a alumnos, padres, directores y maestros. Se inventan formas de calificar en las que se valoran excesivamente la asistencia, las tareas entregadas, las participaciones en clase, los apuntes limpios y ordenados, que finalmente se promedian con unos subvaluados exámenes. Si esto no es suficiente para aprobar a los peores alumnos, el maestro tendrá que inventar algún truco nuevo, pues el director muchas veces explícitamente les prohibe reprobar más de dos o tres alumnos por grupo, ya que eso podría traerles problemas con autoridades de la Secretaría de Educación Pública.

Las autoridades educativas están al tanto de los problemas del bajo rendimiento académico, y para esto se instrumentan cambios cada seis años por lo menos, para elevar los promedios, aunque sea artificialmente. Se cambia la escala de calificaciones de números a letras o de letras a números según sea el caso; se establece el cinco como mínima calificación; se califica por bimestres, trimestres o por mes de acuerdo al último sistema vigente; se juntan varias materias en una sola o se separan si ya están juntas; se convoca a realizar nuevos textos o a cambiar los programas. Todo esto con el objeto de elevar los promedios de calificaciones y poder mantener una circulación constante de alumnos hacia los siguientes niveles escolares sin importar en lo más mínimo el aprovechamiento, pues no se tiene contemplado el que un alumno repita de grado en la escuela secundaria.

En el ingreso al bachillerato o nivel medio superior se inician los conflictos con matices políticos. Por un lado la oferta de escuelas de este nivel ofrece una gran variedad de modalidades y calidades. Por otro lado la demanda se aglutina en torno a unas pocas escuelas, en la capital son las que pertenecen a la UNAM, Preparatorias y Colegios de Ciencias y Humanidades, y a las Vocacionales que pertenecen al Politécnico. Las primeras son preferidas por el famoso pase automático al nivel de licenciatura, y las segundas por su mejor calidad. Año con año miles de estudiantes concursan en un examen para ingresar a estas escuelas. Los resultados del examen siempre han evidenciado el bajo nivel de los egresados de secundaria, aunque en los últimos años el examen único para las escuelas de nivel medio superior de la capital hizo más cerrada la competencia y elevó el nivel de los aspirantes. Desgraciadamente el examen único está a punto de desaparecer gracias a la ineptitud de las autoridades universitarias.

Las protestas de los estudiantes y padres de familia se repiten cada año. Ellos exigen un lugar en la escuela de su preferencia, y estas son las que están orientadas hacia una carrera universitaria, pero las políticas educativas tratan de promover el que más estudiantes ingresen a las escuelas que preparan profesionales técnicos. Pero en esta sociedad en la que se menosprecia el estatus de técnico casi todos quieren ser abogados, médicos o ingenieros. Hace pocas décadas algunos intelectuales de izquierda señalaban que el gobierno permitía el ingreso masivo de estudiantes a los niveles medio superior y superior como un medio para mantener entretenidos a quienes podrían demandar un cambio en la sociedad, brindándoles una oportunidad de escalar posiciones en la sociedad mediante una educación mediocre. Hoy en día los diferentes sectores de la izquierda piden y exigen que se abran más espacios en este mismo sistema, pues el medio académico se ha convertido en una forma de sobrevivir y desarrollarse para quienes comparten esta ideología, además de ser un semillero para sus nuevos activistas políticos.

No es de extrañar que los activistas de izquierda se conviertan en defensores de todos los vicios de la universidad, pues gracias a la vigencia de reglamentaciones absurdas estas personas se han adueñado de las universidades. Es el caso del pase automático en la UNAM, que es una burla a la sociedad porque permite el acceso indiscriminado de los estudiantes de las escuelas preparatorias y CCH de la UNAM al nivel licenciatura, e impide el acceso a muchos estudiantes que son mejores porque no hay casi cupo para quienes provienen de otras escuelas.

La UNAM tiene todos los recursos para ser una buena universidad, las instalaciones y muchos maestros son muy buenos, pero el nivel de compromiso que se exige a los alumnos es muy bajo. Aún así muchos alumnos desertan a lo largo de toda la carrera, el nivel de reprobación es muy alto y quienes logran egresar tienen serias dificultades para encontrar empleo. Sin embargo, cursar una carrera universitaria es tan sencillo que con estudiar una hora diaria en promedio se pueden obtener calificaciones entre buenas y excelentes. La mayoría de los estudiantes en nivel licenciatura no estudian más de tres horas por semana en promedio, muchos ni siquiera lo hacen media hora por semana. Aun así, muchos estudiantes se las arreglan para aprobar en alguna de las muchas oportunidades que proporciona la universidad. No es raro que muchas empresas ni siquiera se tomen la molestia de entrevistar a los solicitantes de empleo que provienen de alguna universidad pública.

Es obvio que para corregir la mediocre preparación que reciben quienes sólo pueden acceder a las escuelas públicas debe hacerse algo desde los niveles básicos y medios, pero la tarea parece titánica pues habría que acabar con la cultura de la falta de compromiso que se da entre los profesionales de la educación. Además tendrían que desaparecer las políticas gubernamentales que sólo se interesan en mejorar los números en cuestión de educación. Las universidades pueden resolver sus problemas en forma independiente, pues a pesar de la mala preparación con que ingresan los alumnos a la universidad es mucho lo que puede hacer para convertirlos en buenos profesionales. La mayoría de los estudiantes universitarios están teniendo un rendimiento mucho menor a su capacidad gracias al bajo nivel de compromiso que se les exige. Si han de aspirar a competir con los egresados de las mejores universidades privadas, más que pedir que se les facilite obtener un título, deberán exigir que el título al que aspiran tenga el valor que supuestamente representa.

© Panóptico, Alberto Carrillo
Septiembre 1, 2000