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Tortas Hospitalarias
Por Ignacio González-Angulo

"Aurora va al pan, Clemen a la crema, Gaby compra cebolla y jitomate y yo la carne", me platica mi esposa que empeñosa dirige a su grupo de enfermeras afanadas en colectar dos mil pesos para festejar a los médicos del quirófano del Hospital General Tepic el próximo 23 de octubre, "Día del Médico". Ellas venden tortas con el propósito de alcanzar esa cantidad que se le asignó a este equipo para entregarlo antes de que acabe septiembre.

Entusiastas todas ellas, las preparan con comedimiento tal que parecieran ser el tortero Armando Martínez aquél que describiera Artemio del Valle–Arizpe en San Juan de Letrán de la Ciudad de México que disque "en un alarde de habilidad partía a lo largo la telera para luego clavando los dedos en el extremo de cada tapa rasgaba la migaja para extender en una un lecho de lechuga picada y luego rebanadas de lomo, queso de puerco, jamón, sardinas, milanesa o pollo picadito, según fuera el apetito del cliente, usando un enorme cuchillo con el que tasajeando el aguacate cubría con generosidad la otra tapa, a la que también añadía trocitos de chorizo y chile chipocle, que volvía a cubrir con una generosa capa de frijoles refritos, para luego juntar ambas tapas con un apretón ramoneado para evitar la salida del los ingredientes que asomaban coquetos por los bordes invitando al engolosinado transeúnte que comenzaba a aguar su paladar, con los ojos ávidos del placer en lontananza".

Y es que ellas no se quedan atrás en cuestiones habilidosas, porque profesionales que son, en equipo laboran todo el día atendiendo los enfermos que son operados día con día en ese hospital, que ya atienden al de los cálculos en la vesícula infundiéndole tranquilidad ante la angustiosa e inminente operación, que a la señora que al no poder parir tuvieron que hacerle cesárea y tiene la ansiedad de ver a su recién nacido, o la que harta de parir desea ligarse las trompas uterinas, sintiendo sin embargo atavismos culposos por atentar contra la vida, según los curas. Quizá más de alguna vez han soportado las estridencias de cirujanos malenquistados o majaderos a secas, o anestesiólogos enamorados – como yo de todas ellas – de sus campaneantes siluetas disimuladas en el pijama quirúrgico que a algunas exalta y a otras atenúa.

Una prepara los fierros, otras las ropas, otra más asea los utensilios, otra atiende al enfermo, alguna más asiste al cirujano y quizá más allá atiendan al anestesiólogo. Se dan tiempo para charlar, chismear, ser cortejadas o cortejar – yo las asedio a todas horas y muy enfáticamente a mi esposa que anda como una más entre todas –, que al fin mujeres y hombres entremezclados entre cuatro paredes y encerrados por más de seis horas en común complicidad a algo se debe llegar, sin duda.

¡Quirófano del Hospital General Tepic, que en lontanza aprecio desde mi nuevo acontecer de administración médica, sin dejar de considerarlo como mi reducto final, mi trinchera – "mi sector" – diciéndolo a la manera de los priístas cuando perdían piso en sus devenires políticos!

Abnegadas mujeres estas enfermeras que no se percatan quizá (eso parece aunque no lo es así pues si algo NO tienen es lo de ser tontas) de lo que cotidianamente tienen que enfrentar en la lucha contra la enfermedad y ¿por qué no?, también contra la muerte; ellas siguen con lo suyo. Cuquis rebana el bolillo, Mona lo desmigaja y luego entre ambas lo embarran de crema, Aurora parte la carne y Gaby pica la cebolla, el chile y el jitomate, para luego entre todas rellenar las tortas suavizándolas con aguacate y envolverlas en pequeñas bolsitas acomodándolas en una hielera que luego recorre la zona. Se vende a diez pesos, con materiales de primera calidad, ¿gusta usted?.. pero de eso hablaremos otro día aunque si quiere escríbame a indalex@quepasa.com.

Nota: Si deseas saber más sobre el autor consulta su página.

© Panóptico, Ignacio González-Angulo
Septiembre 15, 2000