Opine en el foro Correo Instrucciones para colaboradores Vínculos Quiénes somos Mapa del sitio


 

El Aborto en México
Por Carlo DiMattia

Antes de empezar, aclaro que ni apoyo ni ataco al aborto. No tengo una posición en contra del mismo, pero también me parece ridículo que las discusiones frente al mismo se realicen como si se estuviera debatiendo un procedimiento anticonceptivo. El aborto no lo es. Es un procedimiento quirúrgico delicado, que pone en peligro la vida de la madre y que elimina la vida potencial del producto de la concepción. A mí me sorprende la necedad de quienes se enfrascan en la discusión de tan radical método sin pasar por la muy necesaria ponderación de los métodos anticonceptivos.

Primero habría que analizar quienes son las mujeres que abortan. A riesgo de ser esquemático, casi todos los embarazos no deseados que culminan en abortos se deben a dos clases de mujeres. En primer término, tenemos a las irresponsables, que quedaron embarazadas por haber tenido relaciones sexuales sin el cuidado adecuado o, peor aún, por creencias religiosas primitivas que las excluyen del uso de métodos anticonceptivos seguros. Siguen, quizá, las que deben su embarazo a una relación sexual impuesta, como es el caso de una violación o de un abuso sexual – si bien éste debe ser visto, siempre, como una violación –. Un tercer grupo, que es minoría y no quise incluir, es el que practica abortos eugenésicos – realizados cuando el feto presenta alguna anomalía que amerita, a juicio del evaluador, su eliminación –. Se trata de abortos limitados a quienes tienen los recursos para hacerse procedimientos caros como la amniocentesis y otros similares, y están fuera del alcance del común de la población.

En esos tres casos es la mujer quien tiene que tomar la decisión de abortar o no. Sólo ella.

Sin embargo, esto no es así. Hay grupos que han decidido, así sin más, que son los portavoces de la mujer. En México, se distinguen dos principales.

Por un lado tenemos el encabezado por la iglesia católica y los grupos paraeclesiásticos que de ella dependen o derivan. En México, destaca en este sentido Provida, aunque hay otros similares que igualmente agrupan a fanáticos sinvergüenzas de la misma clase. Supuestamente bajo el lema de proteger la vida, y cegados por sus creencias, atacan violentamente a todo tipo de campaña que pretenda precisamente disminuir el aborto con el uso de métodos anticonceptivos. No es de extrañar esta contradicción. Yo procedo de una familia y comunidad católica y por eso estoy más que acostumbrado a la infinita hipocresía de los católicos y de la iglesia – no de la religión; los católicos casi nunca practican las enseñanzas católicas y sólo dejan de ella el más grosero fundamentalismo fanático –. Nunca hay que olvidar que la iglesia no es sino un órgano de conservación y propagación de poder. Para la iglesia católica, el interés por la vida es tan ajeno como el cálculo integral para los retrasados mentales.

En el otro lado, y en el mismo fundamentalismo, tenemos a los grupos de izquierda (*) y en particular a las feministas. En general, se dedican a promover la legalización del aborto y su aplicación indiscriminada, únicamente para lograr prebendas personales y poder político. En eso son iguales a sus contrapartes. Dicen ignorar – asumo que lo ignoran, porque la izquierda no se caracteriza por su cultura – que la legalización del aborto en Estados Unidos no ha dado los resultados que se esperaban. Sigue siendo la sexta causa de mortalidad materna en Estados Unidos, sin contar un subregistro de algo así como el 50 por ciento ya que estas clínicas abortistas son líderes en la evasión fiscal. Cerca del 10 por ciento de las mujeres que abortan terminan requiriendo transfusiones por las hemorragias que presentan. Casi el 25 por ciento de las que se someten a abortos del segundo trimestre desarrollan esterilidad, debida sobre todo a infecciones – de modo que el mito de que si el aborto se hace en manos profesionales aumenta su seguridad es eso, un mito –. El 42 ó 44 por ciento de los abortos provocados con prostaglandinas se complican. Eso tira también por tierra el mito de "métodos más seguros" en el contexto de la legalización.

Para ser justos, hay que reconocer que ambos grupos, los de derecha y de izquierda son igualmente espurios, interesados sólo en su pervivencia y los ámbitos de influencia que quieren consolidar. Ninguno tiene el menor interés ni en el bienestar de la madre ni del niño.

El ámbito de decisión individual de la mujer no debe ser violentado por extremistas de estas clases. La mujer, dentro de sus posibilidades y de su libertad individual, es quien debe decidir si recurre o no al aborto. Esta decisión debe ser muy bien evaluada por ella y, llegado el caso, por su pareja. Pero tan sólo por ellos.

Por supuesto, insisto de nuevo, que no se trata de que las mujeres, en un arrebato de irresponsabilidad y con el lema idiota de "hacer con nuestro cuerpo lo que deseemos" recurran al aborto sin ton ni son como forma de luchar contra los embarazos no deseados. Para eso están los métodos anticonceptivos, que deben ser promovidos sin reservas. Los grupos fundamentalistas que se oponen a esta promoción que debe empezar temprano en la educación formal deben ser ignorados, porque finalmente no tienen interés sino en sus agendas de poder y en matizar la discusión con elementos que no vienen al caso o simplemente con mitología.

El aborto sí es el fin de la vida del producto. Pero antes de recurrir a ideología lacrimógena para analizarlo, habría que preguntarse si vale más la pena dejar en el mundo un niño maltratado, abandonado o severamente limitado, que recurrir a un procedimiento radical pero a veces necesario.

(*) Uso izquierda con su acepción en América Latina: procomunista, en contra de la libertad de los individuos y los pueblos (por eso apoyan al tirano Fidel Castro) y promotora de la preeminencia de los derechos del Estado sobre los del individuo.

Nota: Carlo DiMattia es italo-estadounidense y vive en Nueva York, Estados Unidos.

© Panóptico, Carlo DiMattia
Noviembre 1, 2000