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La Bella Guadalajara
Por Ignacio González–Angulo

Desde que era niño sentí envidia hacia Guadalajara. Imberbe ciudadano, me abrumaba la idea de que siendo "La Perla de Occidente" una ciudad, con mucho, más grande y bella que mi Tepic, aparte de que las Chivas Rayadas estaban en Primera División mientras que el Glorioso – ¿de dónde?, digo ahora – Deportivo Tepic estaba en la Segunda o de que la capital del Estado de Jalisco se constituía en la obligada pausa en el viaje que tres veces por año tenía que hacer hacia y desde la Ciudad de México, donde el doctor Juan Farill veía mis dolencias relacionadas con la poliomielitis que desde la edad de un año y cuatro meses enfrento. Como sea, siempre sentí la ventaja de Guadalajara sobre Tepic.

Más adelante, leyendo la historia, me he percatado que los nayaritas tenemos razones de sobra para sentirnos en cierto modo agobiados por los excesos que desde tiempos de la Colonia hemos sufrido por parte de los avecindados en Guadalajara. Y es que fue en los tiempos de Nuño de Guzmán en 1560 que lograron ellos el cambio de la Real Audiencia de Compostela a esa ciudad, por lo que aunado a que ya estaba allá el Obispado, poco fue eso para considerarle desde entonces la capital de la Nueva Galicia a Guadalajara, arguyendo con sobrada razón que el arribo a ésta era – y lo fue por muchos siglos – más expedito que llegar a Compostela. Después de eso, Tepic primero como VII Cantón y después como Territorio persistió en un período de aislamiento que duró más de 400 años.

Guadalajara siempre ha sido bella. Ya desde tiempos de la Reforma, Ignacio Manuel Altamirano describía en su prosa alegre y cantadora que Guadalajara era "una ciudad de soberbias y blancas torres y cúpulas con elegantes edificios brillando entre el fondo verde oscuro de sus dilatados jardines, de callecitas risueñas" y si bien creo que para ver lo siguiente hay que buscarlo bien, don Ignacio relata que "las cercas de las casas están cubiertas con millares de parietarias donde se asoman la oscura copa del nogal, el zapote de hojas brillantes, la magnolia de grandes y blancas flores y el naranjho con sus pomas de oro".

Descripción auténtica, sin duda, de lo que durante mucho tiempo constituyó el aire romántico y sereno que constituye la provincia, cosa que en los tiempos modernos se vio más palpable puesto que siendo paulatino y firme el desarrollo de Mazatlán, Sinaloa y Puerto Vallarta, en Jalisco ha sido tal que todo esfuerzo por acrecentar la infraestructura urbana de Tepic siempre queda deslucida. Estuvo a rango tan elevado la incomunicación que de hecho la televisión llegó a nuestra entidad hasta el último trimestre de 1968. A eso habría que agregar el alto grado de aislamiento en que se ha vivido siempre, pues si de carreteras hablamos el solo recordar esa sinuosa Carretera Internacional en los tramos de "La Galinda" y "Plan de Barrancas" es volverse a estremecer de pensar en los grandes riesgos que era atravesar de lado a lado ambos parajes. La comunicación aérea de los último tiempos era un sueño impensado y por supuesto la travesía por mar se vuelve descabellada con solo creer que podríamos viajar a San Blas para embarcarnos digamos: ¿a Los Angeles? ¿a San Francisco? bueno, ¡Acapulco o Manzanillo de perdis! ¿no?

Del ferrocarril ni hablar; el servicio de pasajeros era prestado en tan deplorable estado que solamente los habitantes de las remotas rancherías hacían uso de él. A grado tal fue la incomunicación que en los tiempos en que Roberto Gómez Reyes era el gobernador se le denominó a nuestra tierra como "El Triángulo del Silencio" cuyos vértices lo constituían Mazatlán al noroeste, Guadalajara al sureste y Puerto Vallarta al suroeste por aquello de solamente en esos lugares se oían los jets.

Esta situación que termina su primera etapa, viéndolo con objetividad, el día que el ex–gobernador Celso Delgado inauguró el aeropuerto de Pantanal, la segunda etapa cuando se inauguró la Maxipista de la Sierra y estamos esperando la tercera que la construcción de la Autopista de la Costa hasta La Concha, Sinaloa. Entonces y sólo entonces podremos decir que estamos bien comunicados. Entonces y sólo entonces podremos contar todos con una amplia visión de las cosas que tenemos, de las que nos faltan por tener y de lo que debemos hacer para tenerlas.

Mientras tanto seguiremos viajando a Guadalajara y seguiremos envidiándole todas las cosas que tiene. Porque Guadalajara tiene un empeño por salir adelante que ya lo quisiéramos los nayaritas. Guadalajara cuenta con una selectividad rayana en el acierto para elegir a sus gobernantes que nosotros apenas el 4 de julio pasado comenzamos a vislumbrar.

Porque ahora, maduro, me doy cuenta que desde que tengo uso de razón lo que de verdad le envidio a Guadalajara son sus calles, sus anchas avenidas, sus verdes parques bien cuidados, sus calandrias y su tren ligero, su estadio con sus equipos (varios, muchos) en Primera División, sus bibliotecas, sus universidades, sus tapatías, sus restaurantes variados y sus plazas comerciales.

Estuve por allá el lunes y de nueva cuenta me sentí abrumado al perderme en las obras de vialidad que se suscitan en la avenida Vallarta, la que accesa desde la carretera a ésta, nuestra tierra. Obras que servirán para dar mayor fluidez a la circulación de vehículos que profusamente obliteran las principales rutas y arterias por las que pululan los tapatíos en afanosa actividad.

¡Y qué atractivo es tanto para quien vende como para el que va a comprar el recorrer tantas y tantas opciones que brindan los centros comerciales aledaños a los grandes almacenes! Eso por supuesto obliga a pensar. ¿Por qué será que con nosotros no podemos tener esos nuevos estilos de comercio?

Y hablaba líneas atrás de sus restaurantes, que los hay en diversos tipos y estilos, abrumados por la diversidad elegimos la comida japonesa que por aquí tenemos que conformarnos con el mentado sushi que no es otra cosa que queso crema rodeando rebanaditas de marisco o carne, mientras que allá pudimos degustar desde el sencillo tepanzaki hasta el syabu–syabu de delicado y fino sabor, pasando por los sushimis, primos lejanos por la rama materna de nuestro ceviche y por la rama paterna del filete tártaro del medio oriente.

Y entre tragos de dry vodka y sake caliente, mi familia y yo pasamos una agradable tarde que versó en la letanía de saber cuál es la mejor cocina, si la china o la japonesa y como la china es la que más comúnmente conozco pues yo me incliné por opinar que es mejor la nipona, ¿usted que opina? A propósito, ¿sabe usted cocinar chop–suey? Porque fíjese que me dicen los conocedores que la verdad ante todo, el chop–suey no es originario de China, sino que es un platillo de chinos exiliados. Como sean las cosas el chop–suey se prepara así:

Provéase de 1 kilo de frijol de soya germinado, ½ kilo de puerco picado, o camarón o pollo, 2 zanahorias grandes, 8 cañas de apio, 2 cebollas, 2 dientes de ajo, 2 cucharaditas de maicena, ½ tasa de salsa de soya, aceite, sal, pimienta y consomé.

Procure que la carne, las verduras y la cebolla estén cortados en trozos alargados. Luego fría en un poco de aceite con una pizca de sal las verduras, las cebollas y el germinado, todo por separado, sacando cosa por cosa y pasándolas a una cacerola honda. En otro poco de aceite con sal se fríe el ajo y la carne. Cuando la carne esté cocida sin que dore, se le agrega la salsa de soya y se junta con los demás ingredientes. Se añade sal, pimienta y consomé al gusto. Antes de servir se vuelve a poner todo en la lumbre a que espese el jugo. Se sirve con arroz blanco cocido y salsa de soya.

Nota: Si deseas saber más sobre el autor consulta su página.

© Panóptico, Ignacio González–Angulo
Noviembre 15, 2000