No debería sorprender el hecho de que Vicente Fox haya elegido para su gabinete casi sólo rostros nuevos y sobre todo gente ligada estrechamente a la actividad empresarial. Sin embargo, a pesar de que ya se había anunciado desde la campaña electoral que tipo de gente había de integrar el nuevo gabinete, algunas personas parecen sorprendidas o simplemente molestas con el perfil empresarial de los seleccionados. Habría que preguntarles qué personas esperaban que seleccionara Vicente Fox como las mejores para ocupar cada puesto en el gabinete. Realmente hubiera resultado imposible darle gusto a todos los mexicanos con la selección de los miembros.
Sería muy difícil decir que se eligieron a los mejores mexicanos para formar el gabinete, pero en general la elección ha dejado una buena impresión, por lo menos en varios sectores de la sociedad. Obviamente hay una gran distancia entre la idea de Fox y la de muchos perredistas y priístas respecto a quiénes son los mejores hombres, como lo expresó Diego Fernández cuando dijo que tendría que llegar un gobierno perredista para ver en el gabinete a "luchadores sociales" sin oficio ni beneficio. De haber ganado el PRI la presidencia podríamos haber esperado con seguridad un gabinete plagado por gente que ha tenido muchos puestos en administraciones anteriores. Este gabinete es algo totalmente nuevo para los mexicanos y de tener éxito sentaría un precedente importante para desterrar las antiguas tradiciones que regían para conformar los equipos de trabajo en el sector público.
Desde los años ochenta un nuevo tipo de político comenzó a incursionar en este ámbito. Empresarios cansados de ser espectadores, decidieron ser promotores del cambio, entre estos nuevos políticos están Manuel J. Clouthier, Francisco Barrio y Vicente Fox. La carrera política de Vicente Fox fue tan vertiginosa que a tan sólo doce años de que inició llega a ser presidente de la república. Desde que fue gobernador de Guanajuato comenzamos a ver un nuevo tipo de servidores públicos que, sin haber tenido experiencia previa en el sector público, se caracterizan la mayoría por tener antecedentes exitosos en el sector privado ya sea como empresarios o ejecutivos.
Fue a finales de los ochenta cuando la izquierda partidista comenzó a ser una presencia importante en la vida política nacional y otro nuevo tipo de político comenzó a hacerse notar. Representados por disidentes del PRI y dirigentes populares de toda índole, lo que los ha caracterizado es el resentimiento hacia un sistema político y socioeconómico que a su entender no los ha dejado progresar. En los últimos años algunos han tenido un ascenso rápido de agitadores sociales a miembros importantes del PRD, y de ahí han pasado a ser diputados locales o federales o a formar parte de un gobierno perredista. Ser luchador social o liderear movimientos de protesta en México resulta muy redituable; la falta de preparación o de experiencia laboral no es obstáculo para incursionar en la política. No sería nada raro que quienes liderearon el CGH en el paro de la UNAM llegaran en unos años a ser dirigentes partidistas, diputados o funcionarios de algún gobierno perredista.
El antiguo modo priísta de repartir los puestos para servidores públicos ahora está siendo desplazado en el gobierno federal por nuevas maneras de reclutamiento. Hasta hace poco la regla había sido reclutar a los subalternos por amiguismo y compadrazgo, por cobro de favores y para llenar cuotas de poder. Ahora la nueva regla parece ser el compromiso en el trabajo a realizar y para que funcione se requiere sin duda de rendición de cuentas y mecanismos claros de evaluación. De esta manera el éxito o el fracaso de un funcionario público dependerá en primer lugar de una buena elección de quienes trabajan para él y de su capacidad para lograr resultados con su equipo de trabajo.
En las administraciones priístas nunca ha habido una verdadera rendición de cuentas; muchos funcionarios simplemente van brincando de puesto en puesto en las diferentes ramas del sector público. Hacer un trabajo mediocre nunca fue obstáculo para ascender en su carrera como servidores públicos mientras siguieran gozando del favor de algún poderoso. A muchos de ellos se les acabó la fiesta con la derrota del PRI el pasado 2 de julio. Antes la única manera de caer en desgracia era la venganza política o ser parte de algún escándalo. Tal vez por eso el político mexicano se ha caracterizado por su falta de valor, pues se supone que el que no arriesga no pierde. No siempre sucede así; recuerden a Cuauhtémoc Cárdenas al frente del gobierno del Distrito Federal, tomó la típica actitud cautelosa y decidió no enfrentar los grandes problemas de la ciudad para no crear conflictos que lo perjudicaran en sus aspiraciones presidenciales. Y no enfrentó ningún conflicto pero la ciudadanía le reprochó su pasividad negándole su voto.
En México necesitamos funcionarios públicos con valor; gente que no deje de actuar por temor a equivocarse, gente que no tema perder su puesto por hacer lo correcto. En este sentido es una ventaja el que el nuevo gabinete esté formado por gente que no está preocupada simplemente por conservar su trabajo por ser su único modo de vida, y que no está pensando en qué puesto le tocará en la próxima administración. El nuevo presidente puede ser un buen ejemplo para los políticos mexicanos, porque parece ser alguien que no teme enfrentar el costo político de tomar decisiones impopulares si son por el bien del país. Creo que ya tuvimos suficientes políticas populares y populistas en las administraciones pasadas, donde sólo se tomaban medidas impopulares cuando ya no quedaba otra salida.
En algunas áreas son muchas las ventajas de importar una visión empresarial. Hasta ahora los funcionarios de las administraciones priístas no han logrado mejorar la productividad ni la calidad de los servicios que otorga el gobierno y los mismos servicios en el sector privado son generalmente mucho mejores. Seguramente esto se debe a que en el sector privado lo primordial es el cliente, pues de la buena calidad del servicio dependen en gran medida las utilidades de las empresas. Mientras que en el sector público no existe el concepto de cliente y el financiamiento proviene del presupuesto gubernamental, de modo que los ingresos están asegurados a pesar de la mala calidad de los servicios que se otorgan. Es mucho lo que una visión empresarial puede aportar en áreas como educación y salud por ejemplo. Es urgente mejorar los servicios de salud y aumentar la calidad de la educación, pero está claro que no hay recursos suficientes para incrementar los gastos de las dependencias gubernamentales por lo que se requiere hacer más con menos dinero.
Creo que está claro el porqué del gabinete empresarial de Vicente Fox, y sin embargo hay quienes insisten en confundir a los empresarios en el gobierno con un gobierno para los empresarios. Tal vez sea el miedo de ser desplazados lo que los hace rechazar a los nuevos servidores públicos provenientes del sector privado. Sería positivo para el país que se olvidaran las viejas formas de reclutar a los servidores públicos para privilegiar la eficiencia en el gobierno, pero esto claro dejaría sin oportunidad a vividores y oportunistas de obtener privilegios y poder. Claro que siempre tendrán la oportunidad de llegar a ser diputados o senadores o de acceder a cualquier puesto de elección popular, pues es uno de los privilegios que garantiza la democracia.