Una de las situaciones que es inevitable enfrentar cuando se establece un negocio es la contratación de empleados. Tarde o temprano, el negocio crece a un tamaño que es imposible atenderlo, y se requiere de ayuda. Y llega el temido momento de contratar un empleado.
¡Y vaya que es temible! No queremos extraños manejando nuestras cosas. No queremos chambones o flojos. Menos queremos que nuestros clientes encuentren caras largas o malos modos. Pero la necesidad ahí está, y no queda más remedio que enfrentarla.
Sea lo más claro posible al poner un anuncio, sea en un medio gratuito o en el periódico. No copie sin razón los anuncios que los "expertos" ponen: ¿por qué ha de contratar gente de menos de 35 años si su negocio atiende a ancianos, que confían más en gente de su edad?, ¿para qué exige "buena presentación" si su empleado trabajará en un cubículo sin tratar clientes?, ¿para que pide preparatoria terminada o posgrado en proceso, si el empleado va a contar cajas?
Al contratar menores de edad, recuerde que la misma ley que prohibe tales contrataciones es la misma que arroja miles de niños a vender en los semáforos y a realizar actividades aún peores. De todos modos, pregunte a los padres del menor. Si su empresa está muy bien establecida o es grande, tendrá que contratar mayores de 14 años, con permiso firmado de sus padres o tutores. Si su negocio es pequeño, emplée al joven así sea menor de 14 años, pero no lo explote: déle beneficios y páguele con justicia. No se intimide: nada más faltaba respaldar una ley presuntamente hecha para proteger a los menores, cuando en realidad deja en la desprotección total a los innumerables niños y jóvenes que necesitan trabajar. Además, un niño o joven que se unen a su negocio desde temprana edad pueden convertirse en los mejores empleados.
Reconozca para sí mismo, y véalo en su ejemplo, que importan más las ganas y la capacidad que la preparación académica. En esta época, los conocimientos prácticos están por encima de los títulos o diplomas. Vea cómo se desenvuelve su empleado en un breve periodo de prueba: si es bueno, contrátelo. Si es malo, así tenga título de Harvard o tres niveles de posgrado, échelo.
Es importante que mientras no haya probado la confianza del empleado, no permita que maneje efectivo. Es mejor desconfiar a no poder estar tranquilo. Sólo usted debe manejar su chequera o la caja del negocio. Los robos hormiga de dinero – cinco pesos ahorita, dos pesos más tarde, seis pesos luego, 20 al final del día – producen verdaderas catástrofes en los negocios pequeños.
Nunca regañe a un empleado delante de un cliente, pero tampoco lo solape. Diga al cliente que estudiará cómo resolver su queja y cuando esté a solas con el empleado hágale ver la forma en que ha de cambiar. El cliente siempre, siempre, siempre tiene la razón.
Tampoco olvide que la palabra empuja pero el ejemplo arrastra. Si usted es déspota con sus empleados, ¿cómo espera que se comporten con sus clientes? Si usted nunca alienta el comportamiento positivo, ¿cómo espera que sus empleados acudan a trabajar con ganas? Si usted no siente entusiasmo por su negocio ¿cómo diablos espera que sus empleados lo sientan?
Sus empleados pueden y deben ser los mejores aliados suyos y del negocio. Pero no basta un sueldo y una serie de instrucciones. Se requiere de supervisión, capacitación, motivación constante y sobre todo, de recompensar los logros y corregir los defectos.