No hay duda que la temperatura del planeta está aumentando. No hay duda que el nivel del mar está elevándose. No hay duda que esto a casi nadie le importa.
Los niveles de bióxido de carbono han alcanzado 370 partes por millón (ppm). Se estima que antes de que la catástrofe sea comprendida, se establecerán entre 600 y mil 200 ppm. Aun con la concentración actual, diversos problemas ya han aparecido. Di cuenta de ellos en mi anterior artículo (Los Inicios del Desastre), pero quizá, por la amplitud del tema, no pude hacer énfasis en el más importante: la desaparición de civilizaciones.
Nueva Zelanda ha recibido a casi cuatro mil habitantes de las islas Tuvalu. La cifra representa más de la tercera parte de los habitantes del país. Sin embargo, esto es sólo el inicio de la evacuación, que empezó desde el año 2000. Australia y otros países de la región ya han contemplado la inminente inmigración del resto de los habitantes de Tuvalu y, asimismo, de los de varias otras naciones isleñas del pacífico.
Esta catástrofe, de dimensiones incalculables, no importa a casi nadie. Asombrado al principio por la indiferencia, he llegado a aceptar lo inevitable: el hundimiento de todos esos países, demasiado pequeños y poco poderosos para poder enfrentar la infeliz codicia de países para los que sólo importan sus intereses mezquinos.
El argumento de que la elevación del nivel del mar afectará por igual a países ricos y pobres con ciudades costeras es injurioso. Sin importar la pérdida representada por el hundimiento de la Ciudad de Nueva York, de Sydney, de Auckland o cualquier otra perteneciente al mundo desarrollado o semidesarrollado, hay opciones para sus habitantes: tierra adentro, el mar no llegará.
¿Pero qué hay de las naciones compuestas por pequeñas islas?
Hoy mismo se están sumergiendo en el mar para convertirse en un mero recuerdo. Sus habitantes, quienes tendrán que ser absorbidos por distintos países, irán perdiendo sus tradiciones y riqueza cultural. Sus lenguas se extinguirán y, en una suprema ironía, harán suyos los mismos hábitos consumistas que llevaron a sus naciones al olvido. Las aguas se cerrarán finalmente sobre todas esas islas, que me vieron crecer. Yo nací en Nueva Zelanda, pero he vivido siempre en pequeñas islas, hoy condenadas y tan poco importantes para la moda de la globalización y el consumo. Serán, pues, una suerte de nueva Atlántida. Parte de un reclamo que habrá de venir varios siglos después.
Nota del Editor. Ryan Feldman es residente de Darwin, Australia.