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La Fiesta Brava
Por Redacción/Panóptico en colaboración con The NewStar Magazine
La Fiesta Brava
De acuerdo al libro de Gilpérez, antes de entrar en la
arena, el toro ha sido sometido en el toril __una espantosa
mazmorra__ a horribles malos tratos y vejaciones, como la de
recortarle los cuernos, hacerle padecer el peso de enormes
sacos de arena durante horas, y en ocasiones golpearlo en
forma continua, etc. A veces se les administran cantidades
masivas de sulfatos (sales de epson) en el agua para inducir
diarrea severa, dolores intestinales y agotamiento en el ruedo.
El veterinario en jefe de la plaza de Las Ventas en Madrid
reveló que los toros reciben hasta 25 kg de sulfatos, cuando
tan sólo 4 o 5 kilogramos serían una dosis masiva brutal.
Este veterinario también descubrió que los toros son sedados
en ocasiones, usando Combilin, un fármaco hipnótico y
tranquilizante; a esto hay que añadir los malos tratos que
siguen, para entender por que el toro llega al ruedo en un estado
de completo desorden. Sus cuernos son mutilados, con un
doble fin: causarle dolor y disminuirlo, y también hacerlo
perder la referencia de distancias y que sus cornadas sean
poco certeras. Al final de esa tortura prolongada, sus pies son
bañados con thinner para que no pueda quedarse quieto;
sus ojos recubiertos de vaselina para que disminuya su ya
muy deficiente visión. Luego lo golpean con instrumentos
punzantes e hirientes para obligarlo a entrar en el ruedo.
El pobre animal, despavorido, trata de huir, sin saber
que es una trampa para martirizarlo y, encima, burlarse de él.
Empiezan las faenas. Para debilitarlo y desangrarlo,
amén de impedir que levante la cabeza, se lo somete a tres picas.
A veces no basta. El toro Almendrito fue sometido a 43
picas en 1876. Cuando excepcionalmente un toro no está
medio muerto tras la segunda o tercera pica, se le infligen
picas adicionales hasta que ha perdido casi toda su vitalidad y
comienza a desfallecer.
Empieza la diversión
Imagen: Fuente no especificada |
La pica es, por disposición legal, de acero cortante
y afilado, y está rematada por un arpón de 10 cm, seguido
por una cruceta o varias; la cruceta es un disco que casi
siempre penetra profundamente en el cuerpo del animal;
el picador, con pericia, abre en el toro un boquete
enorme, que en promedio alcanza 40 centímetros de
profundidad, girando con saña su instrumento de tortura, y va
perforando y despedazando los órganos internos del animal.
La hemorragia así causada provoca un torrente de sangre,
que se vierte abundantemente no sólo a través de las
heridas externas, sino casi siempre también por la boca.
Los encargados de dar muerte al toro, que siempre
niegan la crueldad de su espectáculo, aceptan sin embargo que
los puyazos deterioran excesivamente las zonas musculares
y provocan sangrías inaceptables. Los técnicos del
toreo coinciden en que un solo puyazo destroza al toro, y
prefieren que dicho destrozo sea efectuado en tres tiempos "para
mayor goce de la afición." Cuando los veterinarios y
ganaderos solicitan que disminuya el tamaño de las puyas, lo hacen
para desviar la atención, pues ya mencionamos que la actual
puya tiene una longitud de 10 centímetros hasta la cruceta, y
sin embargo causan boquetes de hasta cuarenta centímetros
a base de empujar, girar y profundizar.
El toro disfruta la corrida
Imagen: Fuente no especificada |
En ocasiones, el toro escapa a las picas, y entonces,
de manera discreta, es llevado de nuevo al interior de
los chiqueros, donde se le apuñala y golpea sin piedad
para convertirlo en un guiñapo antes de volver al ruedo.
Luego vienen las banderillas, también de acero cortante
y punzante. Algunas banderillas tienen un arpón de 8 cm, y
se les llama de castigo, a las cuales es sometido el toro
cuando ha logrado zafarse de una de las picas; las otras son un
poco menos largas. Los garfios o arpones hincados
profundamente por los banderilleros en el cuerpo del toro causan un
gran dolor con cada movimiento del animal, porque giran y
se voltean, prolongando hasta el último minuto de su vida
el desgarre y ahondamiento de las profundas heridas
internas. No hay límite al número de banderillazos: tantos como
sean necesarios para dejar al toro medio muerto.
Cuando el toro alcanza este estado lastimero, el
matador entra en el ruedo en una celebración de bravura y
machismo, a enfrentarse a su acérrimo enemigo: un toro
exhausto, moribundo y confundido.
El torero hace entonces las suertes con el capote, rojo
no porque este color excite al animal, que es ciego a los
colores, sino para que no se note la sangre que salpica. En
otras ocasiones, se torea a caballo. El rejoneador coloca
las banderillas en el toro, y al final, el toro será muerto por
el rejoneador, ya sea a pie o a caballo, usando una especie
de lanza llamada "rejoneador de la muerte." La suerte de
los caballos utilizados es similar a la de los caballos de
los picadores.
Finalmente, se le da la puntilla para intentar seccionar
la médula espinal. Si la médula no es seccionada sino
sólo dañada, el toro no está realmente muerto, sino con un
cierto grado de parálisis y es arrastrado vivo y consciente. Para
citar sólo un caso, en Murcia, en septiembre de 1979, el toro
se levantó cuando era arrastrado.
Finalmente, se le da la puntilla para intentar seccionar
la médula espinal. Si la médula no es seccionada sino
sólo dañada, el toro no está realmente muerto, sino con un
cierto grado de parálisis y es arrastrado vivo y consciente. Para
citar sólo un caso, en Murcia, en septiembre de 1979, el toro
se levantó cuando era arrastrado. Aun en el caso de que la
médula sea e seccionada, la cabeza del toro queda sensible
durante unos minutos, por lo que siente perfectamente el dolor
al cortarle las orejas. En realidad, casi nunca llega el toro
muerto al segundo acto de la carnicería, en la trastienda de la
plaza donde no hacen falta lentejuelas para descuartizar.

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© Panóptico, The NewStar Magazine
Julio 12, 2000
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