Opine en el foro Correo Instrucciones para colaboradores Vínculos Quiénes somos Mapa del sitio


 

Apéndice 2: Los Caballos en la Tauromaquia
Por Redacción/Panóptico en colaboración con The NewStar Magazine

Los Caballos en la Tauromaquia

Los toros no son las únicas víctimas. También los caballos sufren en estos espectáculos. Casi siempre se usan caballos viejos, y muchos resultan heridos y muertos. Aterrorizados por el olor del toro, algunos tienen que ser sedados antes de salir al ruedo. Se les cortan las cuerdas vocales, para que sus gritos y chillidos no molesten a la audiencia. Además se les tapan los ojos. El peto no alcanza a protegerlo de las cornadas, y en realidad sirve para que el público no vea como son destripados. Si esto ocurre, se les lleva a los toriles, donde los intestinos son devueltos a su lugar, se "amacizan" con estopa, serrín o trapos, se les cose, y así son devueltos al ruedo. Aunque no sea destripado, es habitual que el animal sufra roturas múltiples de costillas, y pocos de los que empiezan la temporada la terminan, ya que nadie se preocupa de ellos y, sin curar, son enviados a nuevas plazas en deficientes medios de transporte, para acabar muriendo al cabo de seis o siete corridas.

En corridas locales pequeñas, a veces los caballos son sustituidos por burros.

Testimonio

"Yo he estado en el patio de caballos de la plaza de toros de Madrid una tarde de corrida. Yo he visto a los monosabios hundir sus manos en el sangriento vientre de los caballos para rellenar con estopas las tremendas heridas Un incesante dolor corría por las patas de los infelices animales, y sacudían su lomo y su cola mutilada el temblor de un sufrimiento horrible. La sangre goteaba difícilmente a través de los puñados de hebras enrojecidas. Después, para reanimar a la bestia moribunda arrojaban contra ella el agua de un balde y la víctima del largo martirio volvía a vacilar bajo el peso del picador, y tornaba al ruedo. Yo podría haber escrito después de aquella visita un artículo estremecedor, suma de crueldades presenciadas y oídas, compendio de impiedades, de brutalidad, cuyo recuerdo se obstinase en la memoria de las gentes de buen corazón. Sólo algo igualaría al horror de este artículo: su inutilidad. Por eso no lo he escrito. Quiero ahora únicamente contar un episodio para que el lector compruebe que no acumulo adjetivos de modo gratuito por entenebrecer caprichosamente un cuadro. He aquí ese episodio. Había un caballo loco entre los adquiridos para una corrida. Nadie quería montar en él, ni era prudente hacerle aparecer en el ruedo. ¿Imaginan ustedes cómo se consiguió domar sus enfermizas impetuosidades? Piensen algo abominablemente monstruoso. ¿Lo han pensado? Pues peor aún. Le saltaron los ojos. Le arrancaron los ojos fríamente, tranquilamente. Anonadada por el dolor, la bestia salió con manso paso a la arena. ¿Es posible que no haya en la ley un castigo para estas espeluznantes revelaciones de maldad?."

Hechos presenciados en el desolladero de Las Ventas por Wenceslao F. Flores, en su libro "Perros, gatos y otras amistades"

Apéndice Siguiente
Apéndice Anterior
Inicio del Reporte

© Panóptico, The NewStar Magazine
Julio 12, 2000