De los muchos hechos que me motivaron a escribir este artículo hay un evento particular que destaca entre ellos. En 1998, acompañé a un distinguido científico a dar una plática cerca de la ciudad de México sobre los aspectos biológicos relacionados con la violencia. Como el científico en cuestión no era muy versado en el contexto general de la violencia social, me pidió que le asesorara y acompañara, cosa que hice con gusto. Es usual que cuando uno presenta un tema en el cual no se siente seguro, la presentación se limite y el material simplemente se mencione de pasada. Cuando mi amigo mencionó algo sobre las estrategias de prevención del delito realizando, entre otras cosas, un ataque frontal contra el graffiti, escuché una risotada de autosuficiencia en la fila detrás de mí. La autora de la carcajada era una "profesional", quizá con maestría o doctorado, especialista en salud pública, que consideraba que tal cosa era una ridiculez.
Se conoce como graffiti las pintas que los jóvenes realizan en bardas, postes, banquetas y demás propiedad pública. Para realizar estas pintas, se usa pintura en aerosol, marcadores indelebles y otros instrumentos, como punzones, para dejar una señal permanente y difícil de borrar. Hay dos tipos principales de graffiti. El propio de bandas, usado para delimitar un territorio, reclutar a nuevos miembros e indicar a los enemigos que están fuera de su territorio, y el graffiti tipo "hip–hop" o "tagger", que representa cerca del 90 por ciento del total de graffitis encontrados en ambientes urbanos.
El graffiti deteriora la propiedad y promueve un ambiente compatible con el delito. Se ha probado que las comunidades deterioradas, donde parece que a nadie le importa el bien común, son caldos de cultivo para la ilegalidad y el crimen. Los estudios originales que dieron origen al concepto de tolerancia cero encontraron que las comunidades donde había ventanas rotas tendían a presentar los mayores índices delictivos. Las ventanas rotas, al igual que el graffiti y la basura, promueven la sensación de desesperanza en la comunidad y también de permisividad total.
El graffiti no es arte: no expresa nada, sino el sentido de territorialidad de quienes lo practican. Se realiza sobre propiedad pública o privada sin la autorización de los dueños o encargados de ella. En muchas ocasiones, se ejecuta sobre señales de tránsito, letreros con nombres de las calles y todo tipo de señalamientos.
La única forma de acabar con el graffiti es establecer una política de tolerancia cero al graffiti. Se han intentado algunas estrategias menos radicales, como la llamada "bardas libres" donde se permite a los graffiteros pintar en bardas especialmente asignadas. La buena intención de la propuesta desconoce la motivación del "tagger" que necesita exponer sus símbolos para lograr prestigio entre sus iguales.
Las "bardas libres" son soluciones inadecuadas para el problema del graffiti por varios motivos: uno, promueven una atmósfera de tolerancia y presentan al graffiti como una actividad deseable, lo que estimula su producción; dos, promueven el deterioro de sitios no considerados parte de la estrategia (por ejemplo, las banquetas y postes adyacentes a la barda libre son usados para probar colores); tres, exportan el rayoneo a las áreas circunvecinas y así se convierten en focos de deterioro para la comunidad circunvecina.
Vale la pena señalar que los mismos graffiteros rechazan la política de bardas libres, ya que para ellos, si no es vandalismo, rayar no tiene sentido. Ellos ven los intentos de confinar su "arte" como un ataque a la libertad de expresión y, además, el sentir que deben seguir reglas hace que pierdan interés. Hay que recordar que la transgresión es lo que presta atracción a este fenómeno, y que los graffiteros suelen abusar de sustancias e involucrarse en delitos, lo que aumenta su prestigio. De hecho, en la comunidad de "taggers" hay una categoría más importante para los vándalos que roban las pinturas en aerosol respecto a aquellos que las compran.
Los "taggers" realizan pintas sobre murales, estos sí artísticos, con motivos alusivos a las fiestas patrias, la convivencia juvenil o la protección del medio ambiente realizados por otros jóvenes con autorización. Esto es una prueba más de que los "taggers" no son sino vándalos y que su interés en una supuesta expresión artística no es sino una argumentación sin fondo.
La ciudad de México se llenó de estas pintas durante las últimas administraciones priístas de la ciudad. En ese entonces, los gobernantes impuestos a la ciudad no tenían el menor interés en el bien común. Sin embargo, las cosas empeoraron con el gobierno libremente electo que tomó posesión en diciembre de 1997 y que supuestamente sí tenía interés en mejorar el entorno urbano. En efecto, el gobierno perredista no sólo no ha emprendido acción alguna contra el graffiti, sino que con su actitud de "tolerancia" lo ha incentivado. Sin embargo, apenas en 1999 tuvieron que intentar luchar contra el graffiti al ver que el hasta entonces impecable Metro de la ciudad de México se había convertido en uno de los sitios más dañados debido a un tipo especial de rayado, realizado sobre los vidrios con clavos y esmeriles. A partir de entonces, pero de manera esporádica algunos monumentos, como los que se encuentran a lo largo del Periférico en la llamada "Ruta de la Amistad" y que fueron donados por diversos países con motivo de la Olimpiada de 1968 son pintados para borrar el graffiti. Por supuesto, a lo imprevisible de las reparaciones se une la falta de vigilancia, y más tardan en pintar los monumentos a que estos vuelvan a llenarse de rayones.
Acabar con el graffiti implica 1) establecer sanciones que realmente se apliquen a los vándalos, 2) iniciar y mantener una guerra sin cuartel para pintar y repintar bardas y monumentos y así eliminar el graffiti, 3) promover la denuncia de esta clase de vandalismo y 4) establecer sistemas de vigilancia comunitaria.
Pero al mismo tiempo, hay que canalizar la energía y creatividad juvenil hacia horizontes realmente valiosos y útiles para ellos y los demás. Esto no es difícil en la medida en que uno entienda que los jóvenes quieren expresarse, y así, se les provean de espacios útiles que no afecten la vida de los demás o la convivencia y estabilidad comunitarias.