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Prevención General
Por Gerardo Ochoa

La inseguridad pública no es una mera apreciación particular o un supuesto. Es una realidad. En México, en 1980 había mil 173 delitos por cada 100 mil habitantes; para 1997 habían aumentado a 2 mil 969. Estas cifras no deben verse como datos crudos o intrascendentes: representan el atropello de los derechos, la sensación de inseguridad, el haber perdido a un familiar o un amigo, el sentir que no vale la pena trabajar porque en cualquier momento nuestro patrimonio puede ser robado o destruido, etc.

Frente a eso, la respuesta típica de la sociedad es aumentar el número de policías y las cárceles. Ambas estrategias no han servido para detener el número de delitos. De hecho, en México hay más policías que en muchas ciudades, como Nueva York y Londres. Y la cárcel, pues todos sabemos que con la corrupción y con el ambiente propio que la convivencia con los más violentos genera, sólo sirve para hacer más malo a quien a ella llega.

La batalla contra la delincuencia no se ha perdido. Lo que ocurre es que no ha sido llevada a cabo con la estrategia debida. Una de esas estrategias puede ser la Prevención General.

La Prevención General se ejerce cuando se atacan problemas menores para evitar la aparición de problemas mayores que son ya netamente delincuentes. Sin embargo, aunque incluye a la tolerancia cero, la supera.

La tolerancia cero es no tolerar las transgresiones menores para evitar la aparición de delitos. Se basa en la teoría elaborada por Phillip Zimbardo, en 1969. Zimbardo hizo un experimento con dos coches iguales: uno lo dejó en un área residencial de La Joya en California, y otro en un barrio peligroso del Bronx en Nueva York.

Como era de esperarse, al coche en el Bronx rápidamente le robaron todo y lo dejaron destruido. El coche en La Joya permaneció una semana sin daños. Hasta aquí el experimento no arrojó nada que no se supiera.

Sin embargo, cuando el mismo Zimbardo le rompió un vidrio al coche en La Joya, rápidamente corrió la misma suerte que el que había sido dejado en el Bronx. El resultado del experimento es que aquello que parece que a nadie le importa y que parece abandonado rápidamente origina daño, vandalismo y robo.

En la tolerancia cero, que logró reducir en 40 por ciento el índice delictivo en Nueva York, lo que se hace es perseguir los delitos menores porque esos deterioran a las comunidades. Si una comunidad está sucia, con las ventanas rotas, llena de graffiti y demás, pronto se llena de vagos, vendedores de droga y toda clase de delincuentes. En cambio, si se borran los graffitis, se persigue a quienes destruyen árboles y demás, la comunidad sigue siendo atractiva y la gente la cuida, y por supuesto, esto por sí mismo evita que el crimen prolifere.

En la Prevención General se incluye esta lucha contra el delito menor, pero esta se extiende hasta llegar a las causas mismas del delito.

Por ejemplo, en la Prevención General habría que evitar que un niño padezca deficiencia de hierro. Cualquiera preguntaría en este momento ¿qué tiene que ver la deficiencia de hierro con la delincuencia?

Resulta que la deficiencia de hierro afecta la capacidad del cerebro para aprender. Los niños que padecen deficiencia de hierro son menos capaces de progresar en la escuela. Como les empieza a ir mal, a veces dejan la escuela. Y el dejar la escuela es un hallazgo muy relacionado con cometer delitos.

Claro que no basta con algo tan simplón. La Prevención General abarca muchas más tareas. Incluye el buen trato a los niños, enseñarlos a ser independientes, a defenderse del abuso sexual y otras mil cosas. También abarca estrategias como enseñar a los padres a criar bien a sus hijos, a evitar el maltrato infantil y otras cosas.

Se trata, pues, de un esquema muy amplio, pero también muy barato: en vez de gastar en más cuerpos policiales, se invierte en educación de las personas.

Si deseas saber más sobre la prevención general, ve a la página de Praeventio.

© Panóptico
Septiembre 1, 2000