Vivimos en una época en que prácticamente en todo el mundo creemos que la democracia es el mejor sistema político en el que se puede vivir. Pero esto no ha sido siempre así, y sólo en los dos últimos siglos empezaron a apreciarse cada vez más las virtudes de la democracia y a desestimarse sus defectos. Durante muchos siglos se le consideró una insensatez. Tal vez ni siquiera en la Grecia antigua donde nació fue tan aplaudida como en nuestro tiempo. Hoy nadie duda que este sistema debería imperar en todo el mundo. Y a casi todos ofende el hecho de que en un país no haya democracia. Tal vez sea porque la democracia implica igualdad de derechos y para la gente de nuestro tiempo no hay mayor justicia que la igualdad.
En una sociedad obsesionada con la igualdad, los términos democracia e igualdad son tan populares que se suelen usar como una regla para evaluar la justicia de una situación. Hemos llegado al extremo de querer aplicarlas en todos los ámbitos de la vida a pesar del absurdo que implica su aplicación en ámbitos como en la escuela, la familia o las empresas. Así, hay quienes desde hace muchos años exigen una universidad democrática pensando en que los alumnos tengan participación al igual que los maestros y directivos en las decisiones que afectan a toda la universidad. Y en la UNAM no está muy lejano el día en que un congreso universitario decida, por ejemplo, eliminar los exámenes departamentales, finales o de cualquier tipo, pues es obvio que a muchos alumnos no les gustan o no les convienen. De manera que los estudiantes podrían fácilmente tomar decisiones en su propio perjuicio y el de toda la universidad.
Desgraciadamente los mismos peligros existen con la democracia política. Los ciudadanos tienen el derecho de actuar en contra del bienestar de la sociedad siguiendo las reglas de la democracia. Por ejemplo, sólo los que ejercen su derecho al voto participan en la elección de su gobierno y deciden por los que no votan. Y peor aún, es muy fácil que los más ignorantes puedan decidir por toda la sociedad. Recordemos como el PRI se mantenía en el poder gracias al voto de la gente del campo principalmente, o sea de los menos instruidos, ya que los más instruidos cada vez votaban menos por este partido. Otro problema es que en la democracia hasta el ignorante y el bribón pueden ser elegidos para gobernar, por eso no nos ha de resultar extraño que veamos gente sin oficio ni beneficio dirigiendo o integrando gobiernos. Resulta difícil que se elija a los mejores hombres para gobernar o como representantes del pueblo. Y aun con una buena elección del presidente, la tarea de gobernar se le puede obstaculizar con una mala elección para el congreso, algo que es muy probable que ocurra en México. Pues una vez elegidos los diputados y senadores, quién puede evitar que se manejen de acuerdo a sus intereses partidarios y personales y no a los de la sociedad que supuestamente representan.
Hasta hace poco no habíamos tenido en México oportunidad de elegir realmente a nuestros gobernantes, sino que nos eran impuestos por una oligarquía. Y el congreso simplemente representaba al mismo grupo en el poder. Ahora que podemos elegir realmente a nuestros gobernantes y representantes corremos el riesgo de estar "demasiado bien representados"; quiero decir que hemos elegido un congreso cuyos miembros se parecen demasiado a quienes integran nuestra sociedad y muchos no precisamente a lo más selecto de esta. Si bien la sociedad está compuesta por gente de bien, gente trabajadora y honesta, así como de gente deshonesta, oportunista, pendenciera, ignorante y rapaz, para estar bien representada no es necesario ni deseable que en el congreso haya gente de todas estas categorías.
En la democracia debe garantizarse la libertad de opinión, pero suele ocurrir que la voz de algunos opaca a la de otros. Una minoría muy activa fácilmente puede imponerse a la mayoría. Desgraciadamente mucha gente de bien es demasiado pasiva y muestra poco interés en los asuntos públicos, mientras que algunos grupos muy activos que entran en la política sólo buscando el provecho propio logran mucho más para su causa. Estos grupos muy politizados pueden estar constantemente dando su opinión o actuando en contra de la sociedad o el gobierno para ser escuchados. La prensa también puede volverse un enemigo importante del gobierno y de la democracia. Aunque es deseable la apertura a la crítica, el tremendo poder de los medios puede obstaculizar las tareas diarias del gobierno y aun destruir las instituciones que sustentan la democracia. Sólo hay que recordar como actuó la prensa en contra del gobierno de Francisco I. Madero.
La democracia al final de cuentas debe mantener un equilibrio para el buen funcionamiento del orden político y social. Se deben garantizar las libertades pero no es deseable que se ejerzan al grado de debilitar las instituciones. A los excesos en el ejercicio de la libertad sólo se les puede enfrentar con la responsabilidad y el cumplimiento estricto de la ley. Pero en México el respeto de las libertades se ha exagerado hasta el punto de permitir que se viole la ley con mucha frecuencia, impunemente. A nadie se le castiga por difamar o calumniar, por ejemplo. Se respeta tanto la libertad de manifestarse que, marchas y plantones bloquean a diario las vialidades en la ciudad de México. Un grupo más o menos bien organizado para el sabotaje puede fácilmente paralizar o secuestrar una institución como la UNAM por tiempo indefinido. La ciudadanía se ha convertido en rehén de activistas políticos mientras los medios y las autoridades rinden homenaje a la supuesta nobleza de los fines que persiguen estos saboteadores.
Los mexicanos no hemos vivido realmente la democracia, pues en casi toda nuestra historia hemos sido gobernados por regímenes autoritarios. En los setenta años de gobiernos priístas vivimos un autoritarismo disfrazado de democracia que en los últimos años mostró una apertura que poco a poco ha ido consolidando una verdadera democracia. Con las elecciones del 2 de julio se dio el paso decisivo para dejar atrás el viejo sistema político impuesto por el PRI. Y tan grandes son las expectativas al iniciar esta nueva etapa, que seguramente son exageradas. Porque la verdad es que los mexicanos hemos soñado tanto con llegar a tener un gobierno democrático que no tuvimos tiempo de reflexionar qué es lo que realmente podremos obtener de vivir en una democracia.
Ahora que se ha dado este paso tan importante es que podemos empezar a darnos cuenta de que la democracia no es la solución a todos nuestros males. Tendremos que aprender a vivir encontrando un nuevo equilibrio entre el ejercicio de nuestros derechos y la responsabilidad por las consecuencias de nuestros actos; entre la participación ciudadana y darle tiempo y espacio al gobierno para realizar su trabajo; entre la defensa de los intereses particulares o de grupo y la de los del resto de la sociedad. Sólo así podremos empezar a encontrar la solución a nuestros problemas sin destruir lo que con tantas dificultades se ha logrado en el orden político. Porque de hecho, por si sola, la democracia no soluciona ninguno de los mayores problemas que vive este país, y sólo nos abre una puerta a un nuevo horizonte de posibilidades y sobre todo nos da la capacidad de sentirnos un poco más dueños de nuestro futuro.