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Vicente Fox, ¿Malos Augurios?
Por
Eduardo Liceaga–Martínez
En estos días en que todos vemos con regocijo el cambio de poder del sistema anquilosado pero asombrosamente poderoso que nos gobernó o desgobernó durante casi todo el siglo pasado, es tiempo de hacer algunas reflexiones.
Por principio de cuentas, la génesis de toda estructura de poder se basa en normas fundamentales y objetivos, que aunque por definición están constituidos por la simple ambición de poder, en la praxis encuentran forma y estilo para convertirse en bandera de gobierno: izquierda, derecha, centro y sus múltiples combinaciones.
A principios del siglo pasado nos encontramos con un conglomerado de caudillos y líderes que amenazaban con fracturar a México en varios países, manteniendo y acrecentando sus cotos de poder regional por encima de los esfuerzos aglutinantes de los "órganos" gubernamentales de la capital. Es así que el país, envuelto en las llamas del conflicto post–porfiriano, se veía encaminado hacia una disgregación del poder y en consecuencia, la atomización regional.
¿Pero qué pasó? Un grupo de visionarios intelectuales engendrados al fragor de la cruentas batallas revolucionarias y la sistemática del pensamiento político moderno, en un esfuerzo de concertación, le pusieron nombre y apellido a los elementos reales de poder que existían en la nación, dotándolos de un régimen jurídico y estatus político, bajo los gritos de batalla: Sufragio Efectivo, No Reelección; Tierra y Libertad, y La Tierra es de quien la trabaja. Podemos decir que el PRI, en su manifestación como PNR, nació como un partido de izquierda, oscilando eventualmente hacia el centro y en estos últimos años, coqueteando oportunistamente con la derecha.
¿Cómo es que, habiendo nacido con tan altos ideales, la práctica del poder político en México se haya ido degradando a tal punto de constituirse en una red de complicidades a todos los niveles, con ojos ciegos y oídos sordos de los problemas de los hombres y mujeres oprimidos que le dieron origen?; ¿Son los peores años del partido que agoniza los que ejerció el poder en el estilo más derechista al que se haya apegado en toda su historia?; ¿Si un partido de izquierda y centro–izquierda, como lo fue el PRI se alejó tanto como pudo de las luchas sociales, que se puede esperar de un estilo de gobernar cortado con las tijeras del capitalismo crudo y descarnado?
Si las vemos en retrospectiva, las esperanzas que engendró el movimiento revolucionario superan por mucho a las generadas por el gobierno del presidente Fox. Si observamos desapasionadamente los ideales y principios rectores que dieron origen al régimen que nos gobernó durante tantos años, vemos que son más nobles y sensibles que la cultura del liberalismo a ultranza proclamada por el novel presidente y su promesa del cambio (sin especificar qué, cómo, cuándo). Y finalmente, con todos sus asegunes, el axioma revolucionario de Sufragio Efectivo–No Reelección, de algún modo rindió frutos e impidió que las atrocidades fueran mayores a las que ya todos conocemos.
Fox veladamente da a entender, en su discurso, que para un desarrollo adecuado de un país se debe recurrir a la permanencia y continuidad en el poder, es decir, apoya y es posible que promueva una reforma constitucional que le permita "continuar", hasta en tanto no considere que el país "ya ha alcanzado los objetivos y metas" que lo conviertan en un país desarrollado… Ojalá me equivoque por el bien de todos, pero si al nuevo presidente se le pasa un poco la mano, terminará, como le ha pasado a tantos y a tantos (Tito, Castro, Pinochet, Noriega, Fujimori, etc.) transformándose de salvador a tirano, de demócrata a dictador, de héroe a villano, y dentro de 70 años, estaremos buscando quien nos prometa de nuevo un cambio o por lo menos nos venda con atino un pedazo de esperanza.
© Panóptico, Eduardo Liceaga–Martínez
Enero 15, 2001
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