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El Síndrome de Alcohol Fetal
Por Gerardo Ochoa

Conforme avanza la ciencia, más y más enfermedades comienzan a abatirse y algunas, incluso, a desaparecer. Se ha podido erradicar completamente la viruela. La poliomielitis está por desaparecer. Algunas causas de mortalidad, como las diarreas en la infancia, muestran un franco descenso. Son aquellas enfermedades que pueden combatirse firmemente con fármacos, vacunas o intervenciones quirúrgicas las que han ido desapareciendo del horizonte epidemiológico mundial y en particular del tercer mundo.

Sin embargo, es precisamente en el tercer mundo donde la prevención realiza su peor papel. En parte es por la ausencia de una red educativa eficaz. En los países tercermundistas, como México, la escuela se aboca más bien a reproducir la cultura dominante y la ideología que a realmente educar. Un graduado de preparatoria, en nuestro país, no sabe absolutamente nada que sirva para su supervivencia o incluso para el mercado laboral. Sin embargo, las deficiencias educativas, que son graves en estos rubros, son increíblemente deficientes en el ámbito de la prevención.

Por ejemplo, casi nadie usa casco cuando anda en bicicleta. El uso de cinturones de seguridad se trató de hacer obligatorio, y aparecieron en venta cinturones falsos que podían engañar a la policía, que finalmente desistió en la aplicación de esta ley. Todos los días se ve gente de toda edad cruzando la calle justo por debajo de pasos de peatones. Y así llegamos a las alteraciones del cerebro del feto por efecto del alcohol consumido por la madre.

El alcohol siempre tiene efectos nocivos en el feto. Produce desde alteraciones dispersas, llamadas efectos fetales del alcohol, hasta un cuadro grave, florido y bien caracterizado llamado síndrome de alcohol fetal. Tanto en los efectos dispersos como en el síndrome pleno destaca la alteración al sistema nervioso. Estas alteraciones se manifiestan como retraso mental e impulsividad sobre todo. Los grados van desde los muy ligeros, casi imperceptibles, hasta los muy graves.

Dejando de lado los efectos fetales del alcohol, cuya frecuencia es difícil de determinar por lo variables que son, el síndrome de alcohol fetal en sí tiene una frecuencia muy elevada, estimada de 1 por cada 300 hasta 1 por cada 2000 nacidos vivos. Es decir, su frecuencia iguala o supera a la del síndrome de Down. Lo lamentable es que el Down no puede prevenirse, y el síndrome de alcohol fetal sí. La prevención es tan sencilla como no tomar alcohol en el embarazo.

Sin embargo, así de sencilla como es, no se lleva a cabo. En el mundo, el síndrome tiene una incidencia de 1.9 por cada 1000 nacidos vivos. Sin embargo, en Canadá es de sólo 0.6 por cada 1000 nacidos vivos. Canadá es un país, donde en efecto, hay programas educativos intensos para prevenir el síndrome. En Estados Unidos, la incidencia va desde 0.26 por cada 1000 nacidos vivos entre los blancos de clase alta, a 1.95 por cada 1000 en los hispanos y negros, y llega a un elevado 9.8 por 1000 entre los indios de las planicies del sureste, con menos recursos educativos y graves problemas con el alcohol. Estas cifras muestran que la educación disminuye la incidencia del síndrome. Por cierto, la incidencia del síndrome de alcohol fetal en el grupo de mujeres alcohólicas sin importar el componente étnico, es de 43 por cada 1000 nacidos vivos.

En términos generales, cerca del 30 a 40 por ciento de los hijos de mujeres que consumen grandes cantidades de alcohol en el embarazo pueden desarrollar el síndrome. El restante 60 o 70 por ciento de sus hijos puede tener desde los efectos fetales del alcohol o llegar a ser normales.

En México se desconoce la magnitud del problema. Eduardo Jurado, un famoso pediatra fallecido en años recientes, estimaba que el 16 por ciento de las embarazadas consumía alcohol "al menos en forma moderada". Igualmente, se desconoce el costo que para la sociedad tienen estos individuos afectados en su inteligencia y con proclividad a la violencia. En Estados Unidos, se estima que el costo de la atención institucional y médica para cada caso es de 1.4 millones de dólares a lo largo de su vida. El costo anual de sólo el síndrome de alcohol fetal se calcula en 75 millones de dólares, pero si se suman los atribuidos a los efectos fetales del alcohol, se alcanza la astronómica cifra de 321 millones de dólares por año.

El niño que sufre daño cerebral por alcohol, además de su deficiencia mental que lo puede convertir desde un sujeto que fracasa con frecuencia en la escuela hasta un verdadero dependiente de atención continua, es impulsivo y puede llegar a ser violento. Como niños son precoces en el inicio de su vida sexual, tienen problemas con la autoridad y pelean con sus compañeros, y más grandes suman a esto la impulsividad en el trato con sus jefes en el trabajo y la irresponsabilidad con sus parejas.

La rehabilitación o la terapia son muy importantes, pues aunque los daños en el sistema nervioso no pueden revertirse, la impulsividad puede modularse y el retardo mental aminorarse si el niño recibe la terapia adecuada desde temprana edad. Esto no ocurre así frecuentemente, ya que los médicos desconocen el padecimiento, al grado que cuando cumplen 6 años, tan sólo 11 por ciento de los niños con el síndrome han sido diagnosticados correctamente.

Lo peor es que el consumo de alcohol en el embarazo no sólo es fomentado por gente de muchos círculos sociales, con el conocido "que tanto es tantito", sino que incluso algunos médicos recomiendan el consumo de alcohol, sobre todo en forma de cerveza, como un estimulante para la lactancia materna, lo cual por cierto es totalmente falso.

El alcohol no tiene ninguna utilidad en el embarazo. En ninguna etapa es benéfico y siempre tiene el potencial de producir un daño. La posibilidad de que un niño sufra un daño por alcohol fetal aumenta con la dosis, y podría compararse a la compra de billetes de lotería: si uno compra un sólo número, es poco probable que se lo saque; si compra dos, ya aumentó al doble la posibilidad. Conforme más alcohol se beba, más probabilidad habrá de que el niño resulte con daños cerebrales. Claro, que igual que con la lotería, con un poco de mala suerte – en este caso – un poco de alcohol puede producir una gran cantidad de daño.

En pocos casos la prevención ofrece tantas posibilidades de éxito como en este. Pocas víctimas de una enfermedad están tan indefensas frente a ella, y quedan tan severamente dañadas, como los niños afectados por el consumo de alcohol en la gestación. El costo social es muy alto; el costo personal, de gran sufrimiento. El compromiso de la sociedad para evitar la ingesta de alcohol en las mujeres embarazadas es insoslayable. Contar con las mejores posibilidades es lo mínimo que merecen sus hijos al nacer.

© Panóptico
Febrero 1, 2001