Los miembros de los diferentes partidos políticos hablan mucho de las diferencias que existen entre los proyectos de cada partido. Se habla de proyectos "neoliberales" y de proyectos con "sentido social". Mientras para unos lo más importante es el crecimiento económico, para otros lo es contrarrestar la mala distribución de la riqueza. Muchos consideran que su mayor capital político está en su gran "conciencia social" y su lucha contra el "neoliberalismo salvaje". Todas estas palabras, a final de cuentas, deben traducirse en cómo gastar los dineros públicos. Y es ahí donde los conceptos e ideologías salen sobrando y las supuestas grandes diferencias en los proyectos políticos se reducen notablemente, pues el margen de maniobra para elaborar el presupuesto de cada año es realmente pequeño.
Decidir en qué se gasta el dinero no es una cuestión trivial y no es exagerado decir que nuestro futuro depende de ello. Sin embargo parece que para los diputados de los distintos partidos es simplemente un medio para quedar bien con la gente. Pues es fácil gastar el dinero de los demás, sobre todo si eso sirve para adornarse y ganar votos. Y si a esto le agregamos que los encargados de decidir y aprobar el presupuesto y los de gastarlo no serán responsables de pagar las consecuencias de una mala inversión o las deudas que se generen no es de extrañar que actúen en forma irresponsable. Por estas razones los gobiernos siempre son malos administradores, sean de izquierda o de derecha. Desgraciadamente tenemos que depositar mucho poder en unas cuantas personas pero con muy poca responsabilidad sobre lo que manejan.
De los intereses que persiguen los políticos en el gobierno dependerá el que la sociedad invierta bien su dinero o simplemente se despilfarre, que aumenten nuestras riquezas o sólo aumenten nuestras deudas. No deberíamos apreciar tanto los beneficios inmediatos como los beneficios duraderos, de que nos sirve disfrutar ahora lo que tendremos que pagar mañana a un alto costo. En las familias como en los gobiernos está de moda adquirir ahora y pagar después, lo cual puede ser benéfico si se tiene capacidad para pagar y dependiendo de que es lo que se adquiere. No siempre endeudarse es malo, muchas veces es la única forma de progresar o de sobrellevar una mala situación.
Dejando de lado las situaciones de crisis o de emergencia donde endeudarse para salir adelante es la única salida, tal vez la única razón válida para endeudarse sería invertir en el crecimiento. Sin embargo, en México todos los años los gobiernos federal y estatales acostumbran endeudarse como una forma normal de financiamiento. Pero los que pretenden favorecer a quienes menos tienen y al mismo tiempo generan un mayor endeudamiento es muy probable que estén perjudicando más de lo que ayudan. Pues el dinero es un bien que obedece a la ley de la oferta y la demanda y los gobiernos, al endeudarse, se convierten en grandes acaparadores o demandantes de dinero por lo que su costo se eleva. El costo del dinero son los intereses. De manera que al cubrir el déficit de sus presupuestos mediante deuda los gobiernos elevan las tasas de interés, y esto terminará traduciéndose en mayor inflación que siempre perjudica más a quienes menos tienen.
Por otro lado, un gobierno está obligado a invertir bien el dinero de los contribuyentes, sobre todo si este se financia en parte mediante deuda, pues son los contribuyentes quienes terminarán pagando las deudas del gobierno. Hay por lo menos tres formas en las que los gobiernos acostumbran invertir el dinero público. La más sana de estas formas sería el invertir el dinero en un negocio rentable donde, si todo sale bien, las utilidades del mismo negocio deben pagar la inversión y enriquecer a la sociedad. Este sería el caso de invertir en infraestructura petrolera o eléctrica, o en la construcción de carreteras de cuota. Pero el problema de que el gobierno invierta en negocios es que es un pésimo administrador y sus empresas terminan siendo siempre poco productivas.
Otra forma sería invertir en obras de infraestructura para beneficiar a la población, a la industria o al mismo gobierno sin que se generen necesariamente utilidades. En este caso lo invertido no produce dinero para pagar la inversión pero se generan otro tipo de ganancias que al final de cuentas enriquecen a la sociedad. Sería el caso de la construcción de escuelas, hospitales, caminos y puentes, donde hay un beneficio claro para la población al mejorar su educación, salud, comunicaciones, etc., que se obtiene de obras que permanecen para ser utilizadas durante muchos años. En esta misma categoría quedarían las becas para estudiar que no generan utilidades directamente pero sí producen un beneficio a futuro.
Y el otro caso es cuando se invierte en subsidiar actividades económicas poco productivas o en ayudas económicas a familias de escasos recursos, donde indudablemente se generan beneficios, pero sólo mientras se mantiene el subsidio. En cuanto éste desaparece, reaparece la misma situación de pobreza o improductividad, es decir que no se genera un beneficio permanente o a futuro. Sería el caso de los programas de ayuda como PROGRESA y PROCAMPO, que sirven como un ligero paliativo para la pobreza de algunas familias y para la improductividad del campo; en estos casos no hay crecimiento, sólo una mejoría temporal.
En apariencia lo más fácil y menos costoso es generar beneficios inmediatos regalando dinero. Sin embargo eso no enriquece a nadie, excepto temporalmente, y además se fomenta la improductividad y la dependencia con mayores costos a largo plazo. Generar crecimiento y beneficios reales no es tan sencillo; como casi todo lo que vale la pena, cuesta trabajo, tiempo y hasta sufrimiento. Dice el dicho que hay tiempos para sembrar y tiempos para cosechar. Es claro que los tiempos actuales son todavía de sembrar, y no hemos sembrado lo suficiente por lo que no es posible esperar una cosecha abundante. Aunque en las últimas décadas se le han pedido sacrificios a la clase trabajadora mexicana para afrontar las crisis no se ha generado un verdadero crecimiento, de manera que el sacrificio ha sido inútil.
Actualmente los mexicanos tenemos una economía más o menos estable pero tenemos salarios promedio muy bajos, unas industrias muy dependientes de insumos importados, un campo sumamente improductivo, una educación en promedio baja y de mala calidad, un sistema de salud muy deficiente, transportes y comunicaciones insuficientes, carencia de agua y energía eléctrica, y un medio ambiente muy deteriorado. Obviamente no hemos trabajado e invertido lo suficiente como para aspirar a mejorar el nivel de vida de la población. Y a esto tenemos que agregarle que tenemos gobernantes y representantes creen que podemos endeudarnos eternamente para demostrar su "gran preocupación" por las clases menos favorecidas.
Alguien debería decirle a los señores diputados que ya basta de endeudar al gobierno para que ellos puedan hacerla de Santa Claus cada fín de año, regalando para el siguiente año el dinero que no se tiene. Que ya basta de hacerse los supuestos defensores de la soberanía nacional y que permitan la inversión que necesita la industria eléctrica. Ya que el gobierno no tiene los recursos para invertir en infraestructura eléctrica, esperemos que no estén pensando en un mayor endeudamiento.
También sería necesario que alguien le diga al señor López Obrador que deje de hacerle al Robin Hood rebajando el costo del boleto del Metro y en lugar de eso invierta en construir más líneas del Metro que tanta falta hacen. Aunque el boleto barato parece una gran ayuda en realidad no lo es, pues la mayor parte de la gente de la ciudad tiene que tomar dos microbuses además del Metro para llegar a su trabajo o escuela, y otro tanto de regreso. Y esto ocurre porque las líneas actuales del metro son insuficientes, de hecho tendrían que construirse por lo menos cuatro veces más kilómetros de líneas del metro para igualar la cobertura del metro de otras grandes ciudades del mundo. Si la red del metro llegara a cualquier punto de la ciudad entonces sí se beneficiaría realmente a los pobres, pues con un sólo boleto se llegaría a cualquier parte.
Es un buen ejemplo de buena inversión el del Metro de la Ciudad de México. Es costoso, lleva años construirlo, y las excavaciones son molestas para habitantes y automovilistas, pero produce grandes beneficios a mediano y largo plazo. Invertir en el metro no sólo generaría menos gastos de transportación para la población sino que ayudaría a resolver los graves problemas de vialidad y de contaminación en la ciudad. Pero este gobierno capitalino ha resuelto no construir más Metro en los próximos dos años bajo el supuesto de que no saben en dónde hace falta y dónde no. Como si no hiciera falta en todas partes de la ciudad.
Parece que el gobierno capitalino al igual que los diputados federales prefiere invertir en las populares acciones y obras de beneficio inmediato para la gente pobre que en obras de beneficio real, que siempre son a largo plazo. Pues prefiere "ahorrarse" el dinero de invertir en las lentas y costosas obras del metro, a cambio de los beneficios inmediatos de los boletos baratos. Mientras tanto los problemas del transporte, la vialidad y la contaminación, con cientos de miles de vehículos que se agregan a la circulación cada año son cada vez más graves. De manera que los habitantes de la ciudad y del país tendrán que afrontar las consecuencias de tener gobernantes y representantes populistas. Entonces tendrán que pagar los costos de recibir beneficios hoy y de no haber invertido en su futuro.