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El Precio de la Dignidad
Por
Carlo DiMattia
Este artículo o reflexión iba a versar sobre los spring breakers. Son estos los jóvenes preparatorianos o universitarios que van, durante sus periodos vacacionales, a buscar solaz y esparcimiento, habitualmente en otros países. Hay que reconocer que muchos de ellos buscan sólo eso: descanso sano o quizá aturdimiento. Pero lo hacen relativamente dentro de la ley. Sin embargo, muchos, muchísimos, buscan la orgía al aire libre, el salvajismo desenfrenado y el uso de alcohol y drogas hasta la pérdida de conciencia. Y para estos últimos, los destinos turísticos de México parecen mandados a hacer. Mientras a los mexicanos se les discrimina en esos lugares, cobrándoles en dólares o tratándolos mal, los spring breakers pueden tomar en la calle, tener sexo a la vista de todos, usar drogas que los taxistas venden, destruir bienes públicos y todo frente a la mirada complaciente de la policía. Cancún destaca entre estos sitios preferidos por vándalos disfrazados de turistas. El resultado: unos pocos cientos de dólares cobrados, corales destruidos, playas sucias, proliferación del uso de drogas y de prostitución y mil maravillas más.
Pero no vale la pena gastar más líneas en relatar las actividades de estos jóvenes, vergüenza de Estados Unidos y del mundo. Aunque, dicho de paso sea, nunca entenderé la necedad imperiosa que obliga a los mexicanos a aceptar los defectos como virtudes. Porque no es sólo por pobreza. Hay países pobres que jamás tolerarían abusos a extranjeros advenedizos como se hace en México. Piénsese en el caso de Bután, el pequeño país del Tíbet. Ellos sólo permiten la entrada de un número muy limitado de turistas al año, a quienes cobran muchísimo dinero. Pero el dinero no es un aval para que el turismo, permanentemente monitorizado, haga desmanes y ofenda las costumbres nacionales. Bután es un país prácticamente sin recursos naturales, salvo sus muy cuidados y protegidos bosques. El budismo, además, no permite ostentaciones, de modo que no hay centros comerciales ni "boutiques". Tampoco hay McDonald's, Burger King o salas de cine. Pero hay una larga lista de espera para los turistas que desean visitar el país. El caso de Bután, que tan bien maneja su turismo y saca tanto dinero de su actitud, me recuerda del caso de la chica guapa y difícil con la que todos quieren pero que a muy pocos da entrada. La actitud de México frente al turismo, por el contrario, me parece la de esas prostitutas callejeras del Bronx, que empiezan ofreciendo sus servicios a 50 dólares y se bajan hasta 10 en menos de 5 minutos. Y así como acepta a estos seudoturistas, México también abre sus puertas a cualquier extranjero que llegue a promover la sedición y el caos. A esta nueva pandilla de invasores se les puede considerar simplemente como otra clase de spring breakers.
Esto nos lleva, como siempre, al ámbito de los terroristas zapatistas, rodeados de esta clase de spring breakers, desocupados y rechazados por mil motivos razonables en sus propios países, y que por tanto no dudan un segundo en ir a cualquier otro a propagar sus sucios catecismos y reaccionarias ideologías. México es un paraíso para ellos. Ignorados, ninguneados y despreciados en países que sí tienen respeto por sí mismos, van a México a sabiendas de que la xenofobia es de dientes para afuera y que muchos mexicanos, a través de un proceso ancestral llamado malinchismo, doblan las rodillas ante sujetos que en sus países no llegarían más allá de la cárcel o el tugurio, pero que en México se convierten en verdaderos neo–Quetzalcoatls.
¿Cómo se ha llegado a este extremo? En un intento de allanar el camino para una paz – pero, ¿qué no cesó el fuego hace siete años? – el gobierno de México ha expandido el ámbito de influencia de la guerrilla, antes limitada a una pequeña zona del estado de Chiapas, y ahora ocupante de medio país. Con esto ha logrado convertirse en la burla de las naciones – y en motivo de aplauso de los reaccionarios, los marxistas y demás alimañas – al tiempo que se debilita consistentemente. Su debilidad es tal, que ha perdido todo margen de maniobra. Al permitir que los terroristas chiapanecos se apoderen de la capital de México, ahora no le queda más que tolerar, todo el tiempo que sea necesario, la presencia de los zapatistas y los spring breakers anexados al zapatismo. Ya es imposible, salvo que se recurriera a una represión frenética, sacar a los terroristas de la capital o deportar a sus cómplices extranjeros.
Que quede claro: los zapatistas son terroristas. No vienen a reivindicar los derechos indígenas. No vienen a recuperar la dignidad. Vienen a promover lo que está perfectamente claro aunque ya ahora lo niegan: una dictadura marxista. Son terroristas, sí, y no guerrilleros. Un guerrillero lucha con la cara destapada, de frente, dignamente, por lo que cree que es correcto. En cambio, al igual que la ETA en España, los zapatistas, como buenos cobardes, se esconden tras los pasamontañas. Se le critica al Ku Klux Klan actuar así. A los zapatistas, igualmente racistas e intolerantes, se les aplaude. Cuestión del doble estándar permanente de los izquierdistas, los seudointelectuales y otros antimexicanos.
Y esto ha sido el único logro visible del gobierno de Fox. El cambio prometido en la campaña presidencial de Vicente Fox, el presidente responsable de esta sedición, no se concreta, no llega a nada. No hay más empleos. No hay cambios de fondo. Lo peor, no hay futuro. México sigue de rodillas, y ahora, lo peor, frente al terrorismo interno, disfrazado de reivindicación de los derechos indígenas.
Los nuevos spring breakers, a pesar de atentar contra la estabilidad de México, son tolerados por las autoridades mexicanas y alentados y aplaudidos por los seudointelectuales que plagan todos los medios de comunicación. El máximo descaro de quienes los fomentan es llamar xenofóbicos o racistas a los pocos mexicanos que sí tienen uso de razón y con todo derecho piden la expulsión de estos extranjeros desarraigados. Pero como siempre, hay un doble estándar en todo esto: los mismos mexicanos que piden "tolerancia" para con estos terroristas transnacionales, exigen el principio de "no intervención" para voces como la mía, que critica su aberrante ideología y su descarada promoción de la izquierda. Nada menos la tal Danielle Mitterrand, una oportunista que intenta lograr lo que su inepto marido no pudo alcanzar en vida en Francia, se campea, como un nuevo mesías por todos los círculos mexicanos que se asumen progresistas. En ese malinchismo tan inexplicable, articulistas y editorialistas izquierdistas intentan, con frecuente éxito, allegarse a los franceses, a los italianos y demás europeos presentes en la marcha zapatista. Todos, con la Mitterrand a la cabeza, hediondos de cuerpo y alma, serán quienes cimienten la dictadura fascista en México con la persistente y grotesca connivencia y complicidad del gobierno mexicano. Para eso tienen ya a sus intelectuales orgánicos, como Saramago.
¿Qué tiene que hacer este tipo opinando sobre temas que le son por completo ajenos? Su premio Nobel es en literatura. No ganó el de economía o el de la paz, que quizá lo podrían autorizar a opinar sobre los temas de trascendencia en la agenda indigenista. En realidad a Saramago tan sólo lo acredita estar a favor del zapatismo y nada más. Si estuviera en contra, sería descalificado, así acumulara 10 premios Nobel y 20 doctorados honoris causa – verdaderos, de universidades verdaderas, no como la payasada de doctorado que regaló la payasada de Universidad de Zacatecas al tirano cubano Castro –. Pero algunos mexicanos acomplejados creen que van a encontrar "sus raíces" en medio de una horda de italianos apestosos y haraganes. Y antes de que pierdan los estribos los izquierdistas mercenarios que lean esto, sepan que "mis raíces" están en Italia, pues de ahí procede mi familia, y en Estados Unidos, por que ahí he crecido. Sin embargo, nunca me he sentido César Augusto o Marco Antonio, patricio o ilota, y menos peregrino del Mayflower. Eso de hurgar en el pasado lo dejo a los desarraigados y a los que padecen conflictos de identidad por no encontrar su lugar en el mundo. Siempre es mejor mirar hacia adelante. Pero si en algún momento de debilidad intentara encontrar "mis raíces" no las buscaría en un hatajo de europeos fétidos ni en tribus primitivas y salvajes incapaces de toda evolución.
¿Para qué comentar todo esto? No le veo caso tampoco, amable lector. Ya sé, desde ahora, en qué va a terminar la aventura iniciada el 2 de julio. Aquí, en el corazón de Estados Unidos. En los plantíos de tomate y en la cosecha de la naranja. Aunque la patrulla fronteriza, para darle por su lado al presidente electo por dedazo George W. Bush dice que de octubre del 2000 a enero del 2001 los arrestos, ergo la inmigración ilegal, ha disminuido 22 por ciento, confío más en mis datos porque veo a diario cómo los inmigrantes ilegales no sólo no disminuyen, sino que aumentan lenta pero consistentemente. Preguntaba hace unos días a un amigo por qué no regresaba a México ahora que el PRI había sido derrotado y había llegado el cambio. Su respuesta fue lapidaria: "¿el cambio? ¿cuál?". Y es cierto, yo también me pregunto cuál cambio llegó a México. El cambio llegó, es verdad. Hasta hoy, simplemente para empeorar.
En lo personal estoy harto de la inmigración ilegal de mexicanos, pero no por racismo que algunos idiotas que no me conocen insisten en colgarme. Pocas personas son tan trabajadoras, honestas y decentes como los mexicanos que se aventuran a venir hasta acá. Mi hartazgo frente a la inmigración se debe a que los inmigrantes ni se pueden quedar en Estados Unidos y cada vez que regresan a México, vienen de vuelta a Estados Unidos en peores condiciones. Ganan aquí dólares miserables, que les son robados en su camino de regreso a sus lugares de origen. Se quedan a malvivir unos meses allá en México, y vuelta de nuevo a pasar abusos en la frontera y a vivir penurias en el trabajo marginal que tienen que aceptar en Estados Unidos. Para ellos no hay spring break. Para ellos, el desdén, el desprecio, el abuso por parte de su gobierno, y en muchos casos, la intolerancia y la explotación de este lado de la frontera. Y es que si con la inmigración ilegal a Estados Unidos creen que el gobierno mexicano va a reconocerlos o a crear nuevos empleos – dignos, decentes, bien pagados – en México, están equivocados. Para México es mejor quedar bien con la Mitterrand, con el Saramago o con el resto de los piojosos que con la gente de bien de México. Por eso la marcha zapatista contó con la seguridad que cotidianamente se le niega al mexicano de empresa, de trabajo, de honestidad y de decencia. Y mientras la madre soltera, el padre de familia, el obrero y la estudiante pueden ser violados, asaltados y asesinados, hay operativos casi militares para impedir que los sediciosos terroristas y sus spring breakers sean molestados. Ver para creer.
Mis amigos inmigrantes, si quieren ser respetados tanto por su gobierno como por sus connacionales vuélvanse cobardes. Pónganse un pasamontañas y alléguense basura de izquierda, que en México es abundantísima – aunque ya ven con todo y el superávit la importan de varios países –. Les aseguro que aunque no les van a dar nada, al menos podrán hacerse escuchar. O si no les convence el extremo del izquierdismo, entonces colúdanse con la basura de derecha: amíguense con algún cura traidor a su misión pastoral, con grupos de reprimidos como Provida y vayan a conciertos como el organizado por Televisión Azteca–Televisa, pónganse playeras "por la paz" y ufánense ante sus pares de cómo contribuyen con su trabajo – aburrido, idiota, mecánico, repetitivo, espantoso y miserablemente pagado – a un México que crece. Estos dos polos, igualmente despreciables y penosos, son las opciones que un gobierno debilitado abre para los habitantes de México.
Y el único culpable de que todo no vaya a cambiar un ápice es ese presidente débil. Aquél, en el que los mexicanos depositaron su confianza. Aquél, que prefiere los chistes y la propaganda a gobernar lo que podría ser un gran país. Aquél, que se siente mejor actuando frente a las cámaras que ante quienes lo eligieron. Aquél, que no sabe resguardar la integridad nacional o la dignidad de su pueblo. Aquél, el mediatizado, el veleidoso, el frívolo, el incapaz. Ese, el que prometió soluciones y, hasta el momento, sólo se ha burlado de un pueblo indefenso con declaraciones insensatas y desplantes mediáticos. Me refiero, por si no lo reconocen, al tal Vicente Fox.
© Panóptico, Carlo DiMattia
Marzo 15, 2001
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