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Réquiem por Estados Unidos
Por Carlo DiMattia

"De la virtud nace la calma;
de la calma el ocio;
del ocio, el desorden;
del desorden, la ruina".
Nicolás Maquiavelo
Discursos

"Al abrir los ojos, mi tristeza creció incontenible.
Nada era nuevo. Nada había cambiado.
Los mismos ritos, la misma ceguera.
Vi un futuro sombrío. Todo había sido en vano...".
Jeffrey Andrews
American Tales

A una velocidad increíble, Estados Unidos se está hundiendo. Ese estado de decadencia largamente anunciada se concreta ya, hoy mismo, como una realidad.

Una economía debilitada, una ciudadanía entumecida, una falta de nacionalismo que aterra. Más grave, una crisis que no es percibida como una catástrofe. El daño se extiende, pero se le entiende como normal y se le asume como cotidiano.

En los albores de la historia estadounidense, la moral pública y los actos de gobierno tenían como eje los principios religiosos protestantes que fundaron la nación. Con todos sus dogmatismos, dieron impulso a un proyecto nacional que pronto se convirtió en el imperio más poderoso de la historia humana. La moral ciudadana era maniquea, sí, y los estadounidenses del pasado eran felices sintiéndose compasivos y buenos, y asumiéndose como ejemplos para el resto del mundo. Con lo grosero y arrogante que esto pudiera parecer al resto del mundo, tal actitud alimentaba, en el interior de Estados Unidos, la conciencia de que el destino manifiesto no era una concepción puramente territorial o militar, sino moral y educativa. Muchos de los más grandes errores militares y políticos de Estados Unidos se produjeron porque honestamente los ciudadanos y el gobierno pensaban que actuaban en la legítima defensa de otros pueblos y naciones. Con más o menos cambios, así avanzó Estados Unidos, digamos, desde su fundación y hasta alrededor de 1955.

Conforme hubo un cambio hacia la necesidad de crear más y más satisfactores, se abandonó este modelo conservador y apareció uno que favorecía el pragmatismo, la lucha económica, la rivalidad y el consumo. La aparición de los medios electrónicos de comunicación legitimó este nuevo estado de las cosas. La moral pública empezó a decaer. La familia inició una degradación que originó modelos de identidad inadecuados.

En los sesenta, la década perdida, el absceso comenzó a supurar. La crisis de valores creció. La familia se replegó. Aparecieron los hippies y otros modelos de relación social antifamiliares y antiestadounidenses. La epidemia de drogas llegó para quedarse. La mal llamada revolución sexual, un eufemismo para etiquetar la promoción de la promiscuidad y las desviaciones sexuales, terminó con lo poco que quedaba de respeto y recato en la sociedad.

La oscuridad plena, sin embargo, comenzó en los setenta y no parece detenerse a la fecha. Fue entonces cuando la llamada industria del espectáculo asumió como propia la misión de llevar lo más sucio, bajo y degradante al público, y rápidamente lo que una vez fueron programas con argumentos, se convirtieron en escaparates de violencia, degradación, crimen y estupidez. En Estados Unidos, el sector de esta industria del entretenimiento que más rápidamente crece es el de la pornografía. Tanto que sus ventas son mayores que las de la multinacional McDonald's. Más allá de lo moralino o de las posiciones sostenidas por los fanáticos religiosos, habría que cuestionar la salud mental de un pueblo que gasta billones de dólares en este tipo de material y que no se limita a lo que podría considerarse pornografía de buen gusto, sino a la exposición sin ambages de pedofilia, zoofilia, escatología, necrofilia y otras muchas más.

La educación de la juventud pasa por su peor época. Programas nuevos surgen, pero sólo para hundir más el de por sí pésimo nivel académico de los estadounidenses. Hay programas distintos, cada uno más idiota que otro. Está la "educación de la autoestima" (self-esteem education) que aboga por que los educandos aumenten su autoestima aunque no logren méritos académicos. Los niños no aprenden quebrados o a leer, sino que usan las clases para halagarse unos a otros y a cantar himnos sobre ellos mismos. Esta tendencia, que apareció a mediados de los setenta, se basó en la simplona – idiota – idea de que la gente exitosa tiene alta autoestima, ergo la alta autoestima produce gente exitosa. Como resultado, en los distritos escolares donde se le impulsó, ahora los niños no saben leer, ni siquiera deletrear, pero eso sí, se sienten felices con su bestial ignorancia. Apenas hace dos años causó una conmoción mayúscula el que una gran proporción de alumnos de preparatoria no pudieran identificar el Océano Pacífico en un atlas, no fueran capaces localizar la capital de Estados Unidos en un mapa nacional y no supieran siquiera la capital de su estado de residencia, ya no digamos de otros. Muchos no sabían que Estados Unidos tiene 50 estados y no conocían que sólo tenemos frontera con dos países y dos océanos. Todos ellos eran ex-alumnos del sistema de la "educación de la autoestima". La promoción de la más profunda mediocridad, implícita en este esquema, llega a extremos: se eliminan los cuadros de honor, para evitar que los alumnos menos dotados se sientan mal consigo mismos, y en los torneos deportivos se dan trofeos a todos, sea que ganen o pierdan. En una prueba mundial realizada en 1998 frente a 40 países, los niños estadounidenses de octavo grado fueron los más bajos en matemáticas y ciencia, pero evaluaron su desempeño por encima del promedio de los demás participantes. Los niños coreanos mostraron menos autosatisfacción respecto a los demás participantes, pero obtuvieron el primer lugar. Este sistema ha probado ser magnífico, sí, para elevar el conformismo, la apatía, la mediocridad y la autocomplacencia.

Más siniestro, sin embargo, es el sistema de la "aclaración de valores" (values clarification) en el que se impulsa que los alumnos definan su propia moral. Parten de supuestos considerados de vanguardia, como "todo es relativo", "nada es bueno y malo en sí mismo", "cada quien debe definir lo que es moral e inmoral" y así, se atenta contra la misma formación familiar de los valores. Con un descaro e ímpetu que hubiera dejado pálidos a los más acendrados tiranos soviéticos, la Asociación Nacional de Educación de Estados Unidos (National Education Association, NEA), ha impulsado conflictos contra algunos padres que han intentado luchar contra este tipo de lavado de cerebro. Y conforme los valores se relativizan y "cada quien define lo que es bueno y malo" algunos niños deciden, un mal día, que "no es malo matar a los compañeros que me molestan" o "nada tiene de malo acosar sexualmente a una compañera". Los hechos ahí están. No arguyan conmigo, sino con las estadísticas.

Pero el supuesto relativismo no tiene su contrapeso. Fanáticos imbéciles lograron, después de mucho cabildear, que el darwinismo no se enseñe más en varios estados. La tendencia empezó en Kentucky y Kansas. Ya no más fósiles, teoría de la evolución u origen de las especies. ¿Los dinosaurios?, un fraude. Así como todavía hay gente que cree que la tierra es plana, y que los viajes interplanetarios son inventos realizados en estudios de cine o televisión, hay quienes creen realmente que los fósiles y los dinosaurios son parte de una conspiración contra la Biblia. Y esos, precisamente esos maniáticos fundamentalistas, son los que han logrado que ahora, en algunos estados, en vez de darwinismo se enseñe creacionismo, la ridícula doctrina basada en un dios prestidigitador o mago que crea cosas del barro y les sopla para dar vida. En su ignorancia fanática, los que impulsan al creacionismo obvian que la misma Biblia implica ser un libro simbólico y no literal. Adán, Eva, la Creación y demás son meros simbolismos, y no son incompatibles por lo tanto con la evolución en cuanto símbolos. Así, Estados Unidos está siendo disputado por dos grandes grupos de fanáticos extremos igualmente ignorantes: unos promoviendo el relativismo y los otros el fundamentalismo. Extremos pero igualmente unidos en contra de la educación y del país.

Por si esto no bastara, más y más gente empieza a considerar que en todo caso la escuela no importa. Sí, sostienen que estudiar no importa. La revista Forbes reveló en 1999 que 11 de los 40 estadounidenses más ricos no concluyeron sus estudios universitarios, y muchos esperan por tanto el golpe de suerte. La gente no quiere trabajar. Muchas granjas en el corazón de Estados Unidos están abandonadas. Hay ya verdaderos pueblos fantasmas en Kansas, Nebraska, Iowa y otros estados porque sus dueños vendieron sus terrenos para especular en el mercado bursátil o crear empresas de Internet que no venden sino aburrimiento o estupidez. Una crisis agrícola se está gestando, pero los hombres grises de Wall Street piensan que las acciones, futuros, warrants y demás son comestibles.

Queda ya claro que en la escuela estadounidense la idiocia florece con singular lozanía, pero en los hogares las cosas son peores. Debido a la incoherencia de un sistema económico que supuestamente es el más fuerte del mundo pero que ha generado que uno de cada cinco niños estadounidenses sea pobre, los hijos pasan solos horas y horas porque ambos padres deben trabajar. Su única cuidadora y compañera inseparable y permanente es la televisión. Antes la preocupación eran las caricaturas violentas. De ahí se pasó a los programas violentos para adultos. Luego a los videos musicales supuestamente satánicos. El impacto real de esos programas en la violencia individual o social fue y sigue siendo debatido, y realmente los argumentos nunca han sido concluyentes en uno u otro sentido. Pero ahora hay algo más. Programas que enseñan lo peor del espíritu humano: necios, idiotas convencionales que hacen gala de impudicia, convencionalismo y vaciedad espiritual. Gritones obsesos, que quieren vender a como dé lugar su visión segmentada de las cosas. O bien monstruos deformes, obesos monumentales, desviados sexuales, fanáticos religiosos, transexuales operados, delincuentes y enfermos mentales que quieren que sus espeluznantes defectos sean no sólo disculpados, sino aceptados e incluso consolidados como "estilos de vida alternativos" para seducir a débiles morales en sus redes de "salvación espiritual", de "búsqueda de uno mismo" o de lo que ahora se llama tolerancia. Si antes el temor era una relación directa entre ver y ejercer violencia, ahora hay uno más grave, entre la producción de una sociedad tumefacta, que se jacta de sus defectos y para la cual lo único que importa es resolver su increíble, creciente e inapagable aburrimiento así sea a través del homicidio o el abuso.

Sobre Internet, ni qué decir. La mayor parte de la gente la desperdicia. Internet se ha convertido en la más brillante herramienta y el más oscuro abismo. Y es realmente innecesario comentar qué sector de Internet es el más visitado, más solicitado y más creciente. Y la tendencia sigue. No hay forma conocida capaz de paliar el inapagable y espantoso aburrimiento del común de la gente.

Lo peor es que la crisis, ya dije, no es identificada más que por unos pocos que no somos suficientes para detenerla. Es un monstruo de mil cabezas que además se alimenta a sí misma. A más aburrimiento y estupidez, más consumo de basura y conformismo, que a su vez induce la disminución, todavía más, del nivel de los programas, contenidos, sistemas escolares y demás. Y no quisiera entrar al problema de las drogas, que es tan enorme, y que también se alimenta del horripilante aburrimiento social de la decadencia de Estados Unidos, que bien podríamos usar ahora "En las drogas confiamos" ("In Drug We Trust") en vez de "en Dios confiamos" ("In God We Trust"). ¡Y todavía algunos senadores insensatos creen que con echar la culpa a otros países pueden desviar la atención de que es la degradación de Estados Unidos lo que trae las drogas al país!

Para rematar, los pocos jóvenes y adultos que se escapan y rechazan esta forma de "vida" son etiquetados como fenómenos (freaks) o raros (weirdos), en la acepción más peyorativa que ambos términos pueden tener. Antes, el idiota y el incapaz se refugiaba. Ahora, es amo y señor. Antes, el talentoso y el brillante recibían reconocimiento. Ahora son despreciados, obligados a ocultarse y se les relega.

Al terminar estas líneas, estoy seguro que muchos mexicanos deben estar felices de que a mi país le vaya mal, y en parte entiendo y a veces, no crean, comparto este odio crónico contra una nación que ha mostrado los dientes en muchas ocasiones contra su vecino del sur. Aunque por cierto también lo ha ayudado mucho, así sea con un interés. Estados Unidos es un vecino difícil de manejar, pero no imagino qué hubiera sido de México con Japón, la ex-URSS o Alemania como países limítrofes. Mejor ni especular.

Sin embargo, los mexicanos que gozan con los problemas de mi país deberían ser más reflexivos. Porque serán esos mismos problemas los que México enfrente. En los años cincuenta, el problema de drogas y de la decadencia familiar en Estados Unidos se consideraba un hecho transitorio, pasajero. Se creía que bastaba con la entonces fortísima influencia de la familia para contrarrestarlo y limitarlo. Ahora, eso mismo se cree en México, a pesar del increíble crecimiento que el uso de drogas muestra sobre todo entre los más jóvenes. Y el enorme aburrimiento crónico de los jóvenes mexicanos está ahí. Si yo lo detecto a pesar de estar tan lejos de México, supongo que los habitantes del vecino del sur lo notarán todavía más.

Sentirse bien con la decadencia estadounidense es, pues, una alegría infundada. México avanza hacia ese mismo grado de degradación social, y si se añade la casi nula identidad nacional característica de México – digan lo que digan –, es posible que la decadencia sea tan real y quizá más profunda que en Estados Unidos.

Me extenderé sobre este punto de la identidad nacional en México hasta mi próxima columna.

© Panóptico, Carlo DiMattia
Mayo 1, 2001