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Creatividad y Progreso
Por Alberto Carrillo

Siempre me he preguntado por qué si los mexicanos somos un pueblo que se supone creativo, en el país no se observa una abundancia de creaciones originales. Me refiero a creaciones realmente útiles, porque sí abundan las artesanías y toda clase de objetos que pueden ser utilitarios pero generalmente sólo sirven de adorno de esa clase. Tal vez sea porque la inclinación de los creadores mexicanos es mucho más hacia el arte y lo ornamentario. Pero, aunque valioso, el arte no contribuye mucho al progreso material de una sociedad.

Casi todas las grandes culturas de la antigüedad se destacaron por sus obras artísticas y las culturas de mesoamérica no fueron la excepción. Desgraciadamente el arte fue casi el único campo que realmente desarrollaron los mesoamericanos. En el altiplano de México, los aztecas y otras culturas nahuas desarrollaron técnicas interesantes como la de las chinampas, construyeron canales, calzadas y diques en las lagunas del valle y hasta acueductos para traer agua potable. Pero aunque sí existían los conocimientos para realizar este tipo de obras para el desarrollo y bienestar de la comunidad con los aztecas, en el resto de los territorios de mesoamérica no se desarrollaron, por lo menos no en forma significativa. Con excepción de los utensilios de cerámica y de su medicina herbolaria, no desarrollaron tecnologías útiles para su vida cotidiana. Es muy frecuente encontrar pirámides y todo tipo de construcciones ceremoniales, que tienen poca utilidad para el progreso material, el bienestar o la supervivencia de una comunidad, pero lo que no vemos en la mayor parte del territorio es que se hayan construido represas, canales de riego, acueductos, terrazas, casas de piedra o de otro tipo de materiales resistentes, caminos, puentes de materiales perdurables, etc. Tal vez no hubo tiempo para que se extendiera el uso de construcciones para fines utilitarios.

La verdad es que la inventiva y creatividad de un pueblo no es suficiente para mejorar su vida; en México hay mucha gente creativa - tal vez no más que en cualquier otro lugar del mundo - pero parece que esto no ha servido para mejorar la vida de los mexicanos. Aunque sí han habido algunos inventos mexicanos, la realidad es que las tecnologías mexicanas son rarísimas en la industria actual. La inventiva no es necesaria para el progreso pero el conocimiento sí. A falta de inventos propios las culturas se apropian de los inventos de otras culturas. Así, no hace falta ser inventor para tener los conocimientos para aplicar una determinada tecnología. Hemos aprendido a usar muchas tecnologías y somos buenos usuarios de tecnologías extranjeras, pero tampoco estas las hemos seguido desarrollando. De cualquier forma el conocimiento tampoco es suficiente para el progreso material de un pueblo - lo curioso es que sí hay en México gente con inventiva, gente con conocimientos sobre todo tipo de tecnologías y gente con capital para invertir - pues también se requiere voluntad y organización para el trabajo. La verdad es que no somos un pueblo muy emprendedor.

Es el trabajo lo que puede hacer la diferencia en el progreso material de un individuo y de un pueblo. Abundan los ejemplos de pueblos en los que su gente logró, sin ayuda de grandes o complejas tecnologías, convertir marismas en terrenos productivos; que a falta de tierras robaron terrenos al mar y los hicieron habitables; que de un terreno lleno de piedras hicieron un campo de cultivo productivo, etc. Y mejorar un terreno, construir un camino o un puente, ganarle terreno al mar o traer agua de lejos son obras que requieren muchas veces de años de trabajo. Al final resulta que los pueblos más trabajadores son ahora los más prósperos. No es casualidad que donde hay un clima más extremoso - como en Canadá o Escandinavia, o bien el de Arabia e Israel - ahora sean los países en donde la gente tiene el mejor nivel de vida en el mundo. Donde se requiere trabajar duro para sobrevivir, la falta de voluntad para trabajar o de organización es un lujo que nadie se puede dar.

Frecuentemente en México decimos que la gente del campo sabe hacer muchas cosas y trabaja mucho. Sin embargo, vemos que sus casas y sus corrales son rudimentarios, sus campos son pobres y dependen de las lluvias, no tienen fosas sépticas ni pozos de agua; muchos carecen de caminos, de puentes y de medios de transporte. Seguramente muchos dirán que es porque el gobierno no les ha construido toda esa infraestructura y es cierto que no reciben ayuda pero, desde la antigüedad se construían caminos, canales y puentes, y no existía la maquinaria pesada. En China existen canales para riego que fueron construidos hace tres mil años y sistemas que bombean el agua a terrenos más altos mediante molinos movidos por la fuerza de animales de la misma antigüedad. En Europa existen grandes acueductos de más de dos mil años de antigüedad. No quiero decir que obras de tal magnitud sean fáciles de llevar a cabo, por el contrario, son tremendamente difíciles y lo son porque requieren de muchísimo trabajo.

No sólo los pobres del campo viven sus carencias así, casi todos los mexicanos, ricos y pobres, de la ciudad y del campo carecen de la voluntad y de la organización para llevar a cabo trabajo en beneficio de la comunidad y a veces hasta para trabajar en beneficio individual. No es raro escuchar a gente que pasa años con necesidades en espera de que el gobierno les construya lo que necesitan en su colonia. Tampoco es inusual que, ante la necesidad, sólo unas pocas personas se organizan para llevar a cabo una obra en beneficio de toda su colonia y la mayoría de sus vecinos no quieren colaborar ni con dinero ni con trabajo.

Parece ser que a los mexicanos nos gusta vivir esperanzados en un futuro mejor pero no nos esforzamos en construirlo. Y nos gusta creer en el mito de que los mexicanos somos muy trabajadores, creativos y sensibles. Nos enorgullecemos de un supuesto pasado glorioso y aunque parezca increíble hay quienes se ríen de otros pueblos, como del de Estados Unidos, porque "no tienen una historia y unas raíces como las nuestras", o del de Australia "pues son descendientes de presos". Como si nuestro pasado histórico nos hiciera más valiosos que otros. Ya es tiempo de que dejemos atrás nuestra supuesta grandeza histórica, que no nos sirve para nada, y empecemos a trabajar para mejorar nuestro presente y futuro. Ya es tiempo de que afrontemos la realidad de nuestro país. Somos un país pobre, poco preparado y poco envidiado. Estamos atrasados en todas las ramas de la industria, tenemos una población enorme y cada vez somos más y seguimos destruyendo nuestro ambiente para satisfacer nuestras necesidades.

Más que enorgullecernos inútilmente de nuestra historia mejor aprendamos de ella. Los aztecas eran un pueblo ignorante, pobre y sin una gran tradición histórica cuando llegaron al valle de México; pero tenían una gran voluntad y llegaron a ser un poderoso imperio. No tenían grandes conocimientos, y los pueblos vecinos los consideraban bárbaros, pero aprendieron de ellos, se apropiaron de sus tecnologías y las usaron en su provecho. Eran pobres pero, de un pequeño terreno en medio del lago casi inhabitable e inapropiado para sembrar, construyeron una gran ciudad, crearon terrenos artificiales para el cultivo, calzadas para comunicarse con tierra firme, diques para controlar las aguas de los lagos y acueductos para traer agua potable a su ciudad.

De los aztecas sólo nos queda el nombre del que proviene el de nuestro país. Su cultura y su carácter fueron destruidos por la conquista. Al igual que los aztecas nos enfrentamos a un mundo en el que muchos tienen más riqueza y mejores tecnologías que nosotros, pero eso no es un impedimento para el progreso, porque mucho de ese conocimiento está disponible para ser aprendido por nosotros. Salir de la pobreza y la improductividad realmente depende de nosotros mismos. La voluntad para trabajar es nuestro patrimonio más valioso. Debemos decidir entre seguir siendo simples consumidores de tecnologías extranjeras o usarlas y desarrollarlas para nuestro progreso material, entre hablar de nuestro gran orgullo y amor por México o demostrarlo trabajando para crear algo de lo que valga la pena enorgullecerse.

© Panóptico, Alberto Carrillo
Mayo 15, 2001