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Educación y Creatividad
Por Alberto Carrillo

Una sociedad necesita transmitir eficientemente su cultura a las siguientes generaciones pues en buena medida la calidad de vida de quienes la forman depende de los conocimientos, los valores y la voluntad para trabajar de su gente. La transmisión de la cultura debería ser de tal forma que se fomente y se asegure el enriquecimiento de la cultura misma y no es despreciable lo que en este sentido aportan a la sociedad la gente con imaginación, creatividad y talentos. Por eso es desafortunado y muy grave el que los encargados de la transmisión de la cultura, maestros y padres de familia sobre todo, puedan estar fallando en esta importante función. El sistema educativo está en una crisis permanente de calidad, por lo menos desde hace varias décadas. Si a esto sumamos que la naturaleza de la educación tradicional no crea las condiciones para el desarrollo de la creatividad - más bien ocurre lo contrario - y que la inmadurez de muchos padres y maestros se encarga de frustrar las aspiraciones y los brotes de talento en los niños y adolescentes, el panorama no es nada halagador. Aun así, no se deja de decir que la niñez y la juventud representan la esperanza de un futuro mejor para nuestro país, aunque todos parecen empeñados en hacer muy difícil que ese futuro mejor se haga realidad.

Ahora se plantea la idea de que hace falta una revolución en la educación, pero la experiencia nos demuestra que estos planteamientos revolucionarios sexenales siempre se reducen a simples cambios de programas y de libros de texto, que a los únicos que benefician es a quienes los elaboran. Y casi siempre en el siguiente sexenio vuelven a realizarse cambios, muchas veces para regresar a algo parecido a los programas y textos que se usaron años atrás. Lo que se necesita, para empezar, es simplemente mejorar la calidad, pero esto no es nada fácil pues implica un cambio de actitud en los cientos de miles de maestros y directores que forman el sistema educativo. Así que siempre será más fácil realizar cambios cosméticos que dan una apariencia de cambio aunque el sistema siga dando los mismos pobres resultados.

Las deficiencias en la educación formal son evidentes pero aun así quienes están involucrados en ella - y algunos despistados también - no pierden oportunidad para hablar bien de la educación pública y hacer alabanzas a la labor de los docentes. Pero los resultados ahí están. Niños, jóvenes y adultos que no saben ni leer ni escribir bien, nada más para empezar. Si bien hay que reconocer que existen buenos maestros, no se puede negar que una gran parte de los maestros son bastante malos. No tienen vocación ni interés real en sus alumnos, y si acaso cumplen malamente con los programas y objetivos impuestos para su clase; difícilmente podrían ser fuente de motivación o inspiración para sus alumnos. Pero no se conforman con ser malos maestros, ya que no es raro que descarguen su frustración sobre sus pobres víctimas - sus alumnos - cometiendo toda clase de injusticias y atropellos a su inteligencia.

A la formación deficiente hay que sumar la pérdida de creatividad en el transcurso de la educación formal. Se trata del efecto de la educación tradicional a lo largo de los años. Se sabe que los niños y adolescentes son menos creativos después de cursar la primaria, menos aún después de la secundaria, y así durante toda su trayectoria en la escuela. El problema está en la naturaleza misma de la educación tradicional, donde el alumno es casi siempre un mero receptor pasivo de información. La naturaleza de las clases, las tareas y trabajos escolares no dejan mucho lugar a la iniciativa, el ingenio o a cualquier aportación individual. Si bien sería deseable que no se perdiera la creatividad y, al contrario, se le fomentara en la escuela, muchos de los intentos por remediar esta situación han dado peores resultados que la educación tradicional. Y tampoco sería deseable que en un intento por lograr ciudadanos más creativos nos olvidáramos de formarlos como gente responsable, constante, disciplinada, civilizada, respetuosa, patriota, etc.

Olvidar estos valores tradicionales puede ocasionar resultados desastrosos como ya se ha evidenciado en programas educativos permisivos como Sumerhill y otros que también fomentan hábitos nada constructivos en un afán de no dañar la capacidad creativa. La lógica de estos programas resulta fácilmente atractiva pero los resultados ponen en evidencia sus enormes defectos.

La educación tradicional es un mal necesario, pero no por eso hemos de dar todo por perdido en cuanto al fomento de la creatividad. No necesariamente la educación tradicional tiene que ser como una segadora que corte de tajo la iniciativa, el talento y la creatividad. Buena parte de la labor que realiza la escuela para destruir la creatividad y la individualidad de los alumnos se debe a que les es más fácil a los maestros hacer todo lo relacionado con su clase poco estimulante o interesante. El aburrimiento y la falta de motivación que se genera en los alumnos definitivamente no es buen terreno para que florezcan la imaginación y la creatividad. Y es que es más fácil dejar tareas y trabajos estándar - donde todos hacen el mismo trabajo y el texto tiene que ser prácticamente igual en todos los trabajos - que revisar la interpretación personal del tema hecha por cada alumno o dejar un tema libre a desarrollar. Es más fácil calificar con preguntas para las que, según el maestro, existe una sola respuesta, que revisar todas las posibles respuestas que pueden ser correctas. En la educación tradicional se privilegia la enseñanza de la teoría sobre la práctica y la experiencia individual. Por ejemplo, se dedica mucho tiempo a analizar la estructura de las palabras y de las oraciones, y seguramente hay mucho que decir sobre ellas, pero lo más importante es aprender a usarlas. La mejor forma de aprender a usarlas es usándolas. En la escuela la práctica casi siempre consiste en conjugar verbos o escribir y escribir oraciones que carecen de conexión unas con otras. Pero el lenguaje es para comunicarse, para expresar algo que es necesario o interesante expresar. Sin embargo, se dedica muy poco tiempo a leer cosas que realmente les interese a los estudiantes o a escribir cosas que realmente necesiten o quieran comunicar.

En la escuela, al igual que en el hogar, ya no hay cabida para la observación y el descubrimiento. Ya todo esta etiquetado, aparentemente a todo le hemos puesto nombre y ahora le toca a la escuela enseñar todos los nombres que nuestra cultura ha acumulado y al alumno le toca colgarle esos nombres en forma "correcta" a cada cosa que ve en el mundo. Estamos privilegiando el etiquetar una cosa antes que observarla directamente para conocerla. Pero esto, en realidad es un proceso "normal" que comienza cuando los padres enseñan a sus hijos muy pequeños el nombre "correcto" de cada cosa que le interesa al niño. Pero el ponerle nombre a una cosa incluso antes de conocerla deja poco lugar para el descubrimiento. Más allá de la nomenclatura, que finalmente permite que las ideas se comuniquen usando conceptos comunes para todos, lo preocupante detrás de este énfasis en las etiquetas es que se fomenta el rechazo hacia aquel que se atreve a observar algo distinto de lo que se supone que todos deben ver.

La escuela también privilegia la enseñanza de la técnica antes que descubrirla por uno mismo. Lo importante es cuántas técnicas el alumno logra aprender, y no tanto lo que pueda lograr con ellas, pues el tiempo para aprender es limitado. Tampoco hay cabida para quien pretenda explorar por sí mismo lo que se puede hacer con determinados materiales o herramientas - es decir, para quien quiere inventar o modificar la técnica - pues no hay tiempo para explorar ni para descubrir. La cultura es una enorme colección de conocimientos, nombres y técnicas que se han acumulado a lo largo de miles de años. Todo esto no puede transmitirse ni siquiera en forma básica en 18 años de educación formal, y menos aún habría tiempo para que cada uno descubriera por sí mismo y recorriera el camino que recorrió la humanidad para generar tanto conocimiento. De ahí la prisa por enseñar y mostrar sólo la técnica antes que permitir el descubrimiento de la técnica, y de enseñar la teoría antes que permitir el descubrir por sí mismo la teoría, enseñar las etiquetas antes que permitir que cada quien observe por sí mismo y describa lo que ve. Si en realidad queremos que nuestros niños y jóvenes participen en el enriquecimiento de la cultura necesitaríamos formarlos como gente capaz de inventar nuevas técnicas, de formular nuevas teorías, de descubrir cosas nuevas y no que sólo sean capaces de aprenderlas.

Tal vez no es tan difícil fomentar la creatividad. Podríamos comenzar por fomentar el interés, la reflexión y la diversidad de opiniones. Difícilmente se puede lograr que alguien se interese en hacer un trabajo o tarea que consiste en copiar una monografía sobre un determinado tema - supongo que estos trabajos se dejan con la esperanza de que en el proceso de leer y escribir el texto algo aprendan los alumnos - lo cual resulta casi siempre una tarea tediosa. Ahora, los que cuentan con una computadora pueden hacerse la vida más fácil acudiendo a una enciclopedia virtual o banco de información, donde sólo tienen que encontrar el tema e imprimirlo tal cual, sin tomarse la molestia de siquiera leerlo. Sería mejor si en lugar de escribir como autómatas todo el tema el maestro les pidiera contestar algunas preguntas. Lo interesante sería que la pregunta exigiera una respuesta producto de la reflexión. Pero es más fácil para el maestro elaborar preguntas para las que se espera una respuesta concreta y única. Entonces el alumno se especializa en buscar lo más rápido posible la palabra clave o el dato donde se encuentra la frase que necesita. Algunos maestros hasta exigen una respuesta textual o en lugar de pregunta hacen una especie de "complete la oración", muchas veces imposible de entender fuera de un contexto muy estrecho. Desde luego que cuesta más trabajo revisar respuestas diversas para una misma pregunta y son más difíciles de calificar como "correcta" o "incorrecta", pero esos son los costos de permitir la reflexión y la diversidad de opiniones.

Una buena costumbre sería la de dejar trabajos escritos con tema libre o en donde se le permita al alumno comunicar algo que sea de su interés. En lugar de pedir que escriban tantas monografías sobre temas obligatorios se les podría pedir que desarrollen algunos temas de su agrado. Seguramente sería más interesante y es la oportunidad para ser creativo al expresarse, además se aprende de lo que aportan los otros y se desarrolla la capacidad para comunicar las ideas.

Otra buena costumbre sería la de fomentar la lectura. Con la lectura de un buen libro, además de entretener y aprender, se estimula la imaginación y se generan nuevos intereses. Pero en ese sentido la escuela no ha hecho una buena labor y el resultado es que la gran mayoría de los mexicanos no tienen el hábito de la lectura.

La realización de un proyecto con tema libre por lo menos una vez al año también es una buena oportunidad para explorar los intereses individuales. Expresarse creativamente, demostrar los talentos y recibir reconocimiento es un buen estímulo. Siempre y cuando los maestros sean capaces de reconocer el esfuerzo y las habilidades, y de alentar el desarrollo de los talentos en sus alumnos.

La educación formal tiene que mejorar, empezando por la calidad de la transmisión de los conocimientos. Tal vez la pérdida de creatividad y espontaneidad sea un costo necesario de la educación tradicional, pero no tenemos porque aceptar el que por facilidad, por falta de tiempo, por falta de imaginación o hasta por franca flojera de los maestros se genere un ambiente poco propicio para las expresiones creativas, la inventiva, el descubrimiento o la innovación. Se requieren maestros dispuestos a realizar un esfuerzo por mejorar la calidad de su trabajo y al mismo tiempo volverse receptivos a las expresiones de creatividad e individualidad, tolerantes y alentadores de la diversidad de opiniones. Encontrar personas con esas cualidades parece una labor enormemente difícil, pero en ese sentido estoy seguro que muchos maestros podrían hacer un mucho mejor trabajo del que han estado realizando hasta ahora.

© Panóptico, Alberto Carrillo
Junio 1, 2001