Durante la campaña presidencial del 2000 el entonces candidato Vicente Fox hablaba de "educación con valores" e "impulsar los valores" dentro de sus propuestas para transformar la educación en el país. Aunque ahora se les ha olvidado, en su momento provocaron cierta polémica pues son muy variadas las interpretaciones que se pueden dar a tales declaraciones. Se aludía a la "formación en valores como fuerza transformadora de nuestra forma de actuar y de pensar" y de lograr una cultura de respeto a la dignidad de la persona y sus derechos, orientada a la solidaridad, el servicio y el compromiso. Sin embargo, lo primero que se les ocurrió a los más suspicaces fue que sí se trataría de enseñar valores religiosos en las escuelas, en virtud de la estrecha relación del candidato con la iglesia católica. También surgieron dudas acerca de cómo se llevaría a cabo la formación en valores, pues como ocurrió con todas las propuestas de campaña, tampoco se explicó concretamente en qué consistía.
Claro, el mensaje del candidato respecto a la educación en valores sonaba bonito. Pero hasta ahora no se vislumbra todavía lo que probablemente se llamará la "cruzada nacional por la educación" o algo por el estilo. Afortunada o infortunadamente – depende del punto de vista que se mire –, aunque llegará a lanzarse este proyecto, es muy posible que se quede como los demás "cambios" impulsados por este gobierno, es decir, en meros anuncios de buenas intenciones.
La discusión del tema de la formación de valores no debería posponerse si ha de llevarse a cabo una reforma en este sentido. ¿Acaso ya se está llevando a cabo? Entonces debería darse a conocer. De poco servirá al gobierno federal hacer planes que nunca se pongan en marcha o sean rechazados por la población en general, los maestros o los partidos políticos. Empezando por las cuestiones como qué valores se han de enseñar en las escuelas; sí debe utilizarse la escuela para transformar los valores de la sociedad; hacia dónde habría que transformar a ésta y quién tomará esas decisiones; si es la escuela un lugar donde deben enseñarse valores; y si los maestros son los actores sociales adecuados para formar valores.
El hogar y la escuela son los ámbitos más influyentes en la formación de niños y adolescentes, de manera que su influencia en la formación de valores existe, quiérase o no. En sí, cada ámbito de la vida exige de ciertas reglas de comportamiento, simplemente para poder funcionar. La escuela educa en valores como la responsabilidad, el respeto, la tolerancia, la salud, el patriotismo y hasta la cooperación, al fomentar el desarrollo de aquellas cualidades que son necesarias para cumplir con sus objetivos institucionales. Como es bien conocido, no siempre logra los resultados deseados, por ejemplo en el intento por fomentar el amor a la patria o el trabajo en equipo.
La escuela transmite los bienes de nuestra cultura a las nuevas generaciones. Suponemos que su labor debe preservar los valores que imperan en nuestra sociedad por un lado, e intentar hacer realidad algunos de los ideales aceptados en la sociedad por el otro. Al fortalecer los valores imperantes en la sociedad funciona como una preparación para lo que los jóvenes habrán de afrontar en la vida adulta. Pero hay quienes creen que la escuela debería ser algo más, y que podría utilizarse como un instrumento para transformar a la sociedad hacia la utopía con la que sueñan, a través del fomento de ciertos valores que deberían ser deseables. En la práctica, difícilmente habría acuerdo en cuanto a cuáles son esos valores.
No es tan sencillo como ponerse a soñar con la sociedad que queremos y luego transformar a la escuela en un laboratorio para producir jóvenes a la medida de nuestras expectativas. Primero porque no existe algo como una "sociedad ideal", pues en una sociedad libre existen tantos ideales de sociedad como ciudadanos hay en ella. Y además, entre los objetivos de la escuela no está el de realizar ingeniería de la conducta.
Un proyecto para la formación de valores podría tener una gran influencia en el futuro de nuestros jóvenes. Seguramente se desataría una feroz discusión si se llegara a proponer que en la escuela se enseñen valores fuera de los que son propios del ámbito escolar, incluso si no se pusieran en juego cuestiones religiosas o morales muy particulares.
No todos están de acuerdo con los valores que se fomentan en la escuela hoy en día. La escuela promueve la competencia de varias formas, entre ellas el premiar las mejores calificaciones en el área académica o deportiva. Promueve también el reconocimiento de acuerdo al mérito, por ejemplo al calificar de acuerdo a una escala. Pero hoy en día no faltan quienes se oponen a que se fomente la competencia y el reconocimiento del mérito, por considerarlos negativos. Hay quienes piensan que la competencia sienta las bases de lo que llaman el capitalismo salvaje, y en su visión tal vez sería más adecuado premiar a todos por igual, tanto al que llega primero como al que llega en último, reconocer como iguales el esfuerzo pequeño como el grande, calificar a todos con 10, con MB o simplemente como aprobados. Este sistema se ha puesto en práctica, curiosamente en Estados Unidos, y sus resultados indican que más que crear una sociedad más cooperativa y solidaria, fomenta el desinterés, la indolencia, y una sociedad más atrasada e improductiva, además de una sensación de frustración crónica entre los talentosos y más capaces. Tal vez se confunde el reconocimiento de acuerdo al mérito del individuo con el respeto hacia la capacidad diferente de cada individuo. Todos los alumnos merecen respeto y son dignos de recibir amor y atención, pero merecen distintas calificaciones de acuerdo a la capacidad mostrada. Para bien o para mal, es imposible acallar la necesidad humana de medir, discriminar y de apreciar lo que nos parece mejor en las personas y en las cosas. Aunque nuestras apreciaciones pueden ser subjetivas se basan en la realidad objetiva de que los seres humanos no son igualmente aptos en cada diferente campo de competencia.
En la vida real existe con gran frecuencia la falta de cooperación y la competencia desleal, pero la escuela no tiene por qué fomentar la competencia tramposa ni la simulación del mérito. La verdad es que no es incompatible la competencia con la cooperación. En la vida, para competir eficientemente, se suele requerir de una buena cooperación con otros. Tal vez se podría cuestionar que la escuela no ha fomentado en igual medida la cooperación, la solidaridad y la unión como ha hecho con la competencia. A los mexicanos nos caracteriza la falta de unión y de cooperación, y tal vez esta sea una de las claves de nuestra debilidad como nación. En la escuela se practica el trabajo en equipo como una preparación para la vida adulta pero hasta ahora ha sido ineficaz para fomentar la unión y la cooperación. Por otro lado la escuela intenta fomentar el amor a la patria, pero este intento se queda casi siempre en practicar una simple admiración por los símbolos patrios y por nuestra supuesta gloriosa historia. No se llega a promover ideales o acciones concretas relacionados con el presente, y menos con la vida cotidiana.
¿Es el maestro el canal adecuado para educar valores? De hecho el maestro educa valores aunque no lo quiera, porque los valores, más que enseñarse explícitamente, se viven. El problema con los maestros es que tanto sus cualidades positivas como negativas son un ejemplo para sus alumnos. Hablar de valores puede ser útil si se considera que sirve para tomar conciencia de su existencia y que esto puede ayudar a conocerse uno mismo. Pero hablar de valores sin practicarlos o incluso practicando lo contrario a lo que se enseña lo convierte en un sin sentido que quién sabe que efectos tendrá en los alumnos. Algunos maestros son un buen ejemplo para sus alumnos al practicar el respeto, la justicia, la tolerancia y una autoridad racional dentro del salón de clases, pero otros son todo un muestrario de debilidades humanas, empezando por el poco respeto que tienen por sus alumnos y sus demostraciones frecuentes de que se puede abusar del poder que se tiene para cometer todo tipo de injusticias. Ojalá que la actuación de los malos maestros sólo sirva como un anticipo de lo que encontraran los alumnos en su vida adulta y no como un ejemplo a seguir. Quizá el valor más importante que debe mostrar un maestro en el salón de clases es el respeto hacia sus alumnos, pero entendido como el reconocimiento de su valor como personas, es decir a través del acercamiento y del trato justo.
Valdría la pena evaluar qué es lo que está logrando actualmente la escuela en nuestros niños y jóvenes, incluyendo la formación de valores para comenzar una verdadera discusión de cómo orientar tales esfuerzos. La escuela es efectivamente un instrumento de transformación social. Pero es un instrumento con muchos defectos. Es importante hacer cambios en la escuela, no tanto para lograr la utopía de unos cuantos sino para mejorar aquellas áreas en las que estamos fallando como sociedad.