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El Agua, Esencia de la Vida (I)
Por
Eduardo Liceaga Martínez
Esencia de la Vida
No vende tanto como las superproducciones o novelas baratas, pero es tema recurrente en innumerables piezas literarias, cuentos, investigaciones, películas y documentales. Resultan emblemáticos los porcentajes que se manejan como porciones que componen tanto al planeta como a los seres vivos, que según el investigador o la fuente pueden variar de entre un 70 por ciento y 85 por ciento para el globo terráqueo y en los animales desde un 99.9 por ciento en el caso de las medusas hasta el variable 65 por ciento o 75 por ciento de los seres humanos, pasando por los demás organismos vivos, que sin duda están también compuestos en gran medida por agua.
Se dice, y puede ser muy atinada la consideración, de que la vida inició hace millones de años en el agua, y que a lo largo de un proceso evolutivo lento pero inexorable, se desarrollaron todas las especies que conocemos en la actualidad, y las que no conocemos también, incluyendo la nuestra. No por nada se asigna la Tierra, como la mejor definición en contraste con los demás planetas conocidos, el nombre de "el planeta azul"; y no por nada hemos visto en incontables zagas intergalácticas que los indefensos seres humanos somos asolados por razas extraterrestres que sin empacho exterminarían toda forma de vida en la Tierra para quedarse con el preciado líquido.
Elemento Fundamental en el Desarrollo de Civilizaciones
En todos lo libros sagrados, desde los Vedas y el Popol Vuh hasta la Biblia, se hacen referencias puntuales sobre la importancia que tiene el agua como parte fundamental en el proceso creador y de desarrollo del ser humano. Instrumento de creación y destrucción de Dios o los dioses, principio y fin de todas las cosas en algunas culturas; pero sin lugar a dudas reconocida como la esencia básica del desarrollo humano en todos los tiempos y en todas las formas de pensamiento. En los principios de las culturas que ahora conocemos, siempre encontramos ríos, lagunas o mares que sirvieron de cimiento al encumbramiento de grandes civilizaciones. Aunque sea por inciertos recuerdos estudiantiles es posible recordar casi por cualquier persona el Ganges, el Tigris, el Éufrates, el Delta del Nilo, el Amazonas, el Mississippi, el Po, el Indo, el Támesis, el Danubio, el Río de la Plata, etc., y siempre asociados a culturas florecientes que determinaron el pensar y actuar de las culturas modernas. Qué decir de la presa Hover que se constituyó como una de las obras de ingeniería hidráulica más portentosas del mundo moderno y que entre otras cosas se le atribuye como el detonador del desarrollo económico de Estados Unidos, tras la depresión de los años treinta. Imposible olvidar el valle lacustre de Anahuac, donde se construyeron las bases de asentamiento de la ciudad de México, como una de las más grandes del mundo.
Cuando el Destino nos Alcance
En la actualidad, entre los que saben del asunto, se dice que la tercera guerra mundial no será motivada por posturas radicales de corte político, económico o religioso – como siempre ha sido –, sino que, por muchos factores concurrentes, el conflicto más probablemente se deba a enfrentamientos armados para obtener agua potable. Esto no es mera ficción. Existen antecedentes de comunidades ejidales que se han liado a balazos por el dominio de un pozo para sembrar o darle agua a sus animales, por sólo mencionar a México. Este hecho, según se cree, provocará las luchas más salvajes y encarnizadas, porque en ello van intereses más importantes o trascendentes que las ideologías, ya que la lucha será por la vida misma. Estos agoreros del desastre pueden estar equivocados en el número de la guerra y en su proporción universal, es decir, puede ser que no sea la tercera guerra o que no involucre a todos los países del orbe, pero lo que si es un hecho es que tarde o temprano encontraremos conflictos "graves" en la obtención y manejo del agua.
Un Suicidio a Largo Plazo
En este sentido una de las grandes tragedias, si no es que la más grande, lo constituye la actitud que toman las personas frente al problema del agua. Esto es, que como la vemos caer del cielo y encharcarse en las calles, o saliendo de la llave con un simple giro de mano, dan por hecho que cada vez que se les ocurra va a estar ahí. Vamos a la playa y se nos pierde la vista en un cuerpo azuloso, o nos resguardamos bajo un techo cuando se nos deja caer un nutrido chubasco que nos llena el alma de sentimientos encontrados como alegría, frustración, amor, infinidad, pequeñez, pero sobre todo de una gran seguridad en que esas informes y enormes masas de agua, serenas o en movimiento, jamás se van a terminar. Gran error. El problema es grave y es momento de poner manos a la obra.
Producto de esa ilusión óptica, tanto personas como gobiernos se vuelven mezquinos ante el tratamiento que hay que darle al agua. Tan sólo en Estados Unidos se gasta más en comida para mascotas que todo el presupuesto destinado por todos los gobiernos del mundo para desarrollo tecnológico en materia de tratamiento, purificación y reutilización del agua. Partiendo de estas esquemáticas irresponsabilidades globales por parte de la llamada civilización, vayamos al entorno que no rodea. Ejemplo inequívoco de la irresponsabilidad y el mal manejo son las prácticas suicidas de construir asentamientos humanos – regulares e irregulares – sin la previsión necesaria para crear las estructuras de contención y tratamiento de las aguas residuales. Por regla general son encausadas a los escurrimientos naturales que se encuentran constituidos por barrancas o ríos que en su camino se incorporan con cuerpos de agua mayores y que finalmente son depositados en el subsuelo o terminan contenidos en lagos, lagunas o el mar.
Dentro de estas descargas de aguas residuales, las menos malas – es un decir – son las constituidas por los desechos de las personas, porque finalmente son desechos orgánicos de relativa fácil dilución y destrucción mediante procesos naturales, y fácilmente reincorporados a los ecosistemas. Claro que si estos desechos se multiplican y se convierten en millones de metros cúbicos al año, como pasa en las grandes ciudades, no es un problema menor.
Seguimos con los desechos industriales. La industria, como resultado de sus procesos productivos, arroja a las alcantarillas todo tipo de químicos y metales, que por estar procesados y no encontrarse en la naturaleza, se incorporan al agua produciendo una contaminación irreversible o al menos difícil de revertir. Tal es el caso de los aceites, detergentes – incluyendo los que usamos para lavar la ropa – y determinados compuestos metálicos. Existen normas oficiales para descargar aguas residuales con niveles aceptables de los elementos que se han mencionado, sin embargo, éstas normas oficiales siempre determinan porcentajes de sustancias por volúmenes de agua. Así, lo único que hacen muchos industriales es diluir los residuos que presentan mayores niveles de toxicidad, con agua potable para dar los niveles requeridos por las normas oficiales. Es decir, le echan agua limpia al agua sucia con el objeto de dar marcas oficiales. ¡Qué maldito desperdicio!
Pasemos a los agricultores. Este caso es diferente, pero igualmente alarmante, y todo se resume en que dada la resistencia que presentan determinadas plagas en la actualidad, hay que utilizar insecticidas más tóxicos, mayor cantidad del mismo insecticida, mayores aplicaciones de éste o una combinación de insecticidas para matar a la misma plaga que antes se moría a la primera; esto, aunado al uso de fertilizantes químicos, hace que esta combinación de químicos penetren el suelo y terminen incorporándose a los cuerpos subterráneos de agua.
Nuestra Gotita en el Desastre
"¡Qué horror! Pero qué inconscientes son esos urbanistas, esos industriales y esos agricultores que nos están aplicando muerte lenta a todos nosotros". Pues para cerrar la cadenita suicida, en nuestras casas contribuimos sustancialmente en la debacle:
Tenemos depósitos de 20 litros en el excusado.
Lavamos el coche y el patio a cubetadas en el mejor de los casos y a mangerazo limpio por costumbre.
Tenemos tuberías en nuestras casas con fugas desde hace años y la última vez que nos acordamos de la tubería de cobre fue cuando se desprendió el yeso de una pared o del techo por la humedad;
Dejamos la llave abierta mientras lavamos los platos;
Abrimos la llave de la regadera cinco minutos antes "en lo que se calienta", o dejamos correr el agua mientras nos rasuramos.
En razón de estas "prácticas, se estima que cada ser humano en un ambiente urbano gasta, en promedio para satisfacer todas sus necesidades diarias, un total de 60 litros. Así, una familia de cinco personas gasta aproximadamente 300 litros diarios o 2 mil 100 litros a la semana, 8 mil 400 litros al mes o cien mil 800 litros al año. O dicho de otro modo, 20 millones de habitantes en el Valle de México consumen en promedio, y sin incorporar a la cifra los procesos productivos o de limpieza de las calles, edificios y vehículos, mil 200 millones de litros diarios de agua. Del mismo modo, pensemos en el parque vehicular del Distrito Federal y el área conurbada, y asumiendo que fuera de 3 millones de vehículos, mismos que fueran lavados una vez a la semana con una sola cubeta de 15 litros, resultarían en el gasto de mil 440 millones de litros al año, sólo para mantener presentables los cochecitos. ¿Es fácil entender la magnitud de esas enormes cantidades de agua que se van por la coladera?
Y tan sólo para complementar este ejercicio, hay que mencionar que más del 60 por ciento del agua no es pagada por los usuarios. Declaran en ceros, hacen pozos y tomas clandestinas, modifican los medidores o los descomponen regularmente, rompen la tubería deliberadamente para que sea imposible determinar si se consumió o se cayó por la coladera, etc.
Después, claro, se preguntan muy extrañados por qué escasea el agua en determinadas zonas de la ciudad. Y, claro, los que más reclaman son los que menos pagan y los que más desperdician.
El problema es grave, pero no se complica sólo por el problema técnico. Hay otros factores dignos de tomar en cuenta y que trataremos en la siguiente parte de este artículo.
© Panóptico, Eduardo Liceaga Martínez
Julio 15, 2001
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