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Una Boda y Un Funeral
Por José López

¡Hombre, don Chente! Vaya sorpresota que nos dio con su boda. Arrancó comentarios de júbilo y de renacimiento. En más de uno – y una – tuvo un efecto de la aplicación masiva de un antidepresivo y, en otros, de Viagra mental. Tuvo ese aire de misterio, de decisión súbita y de discreción que suele atribuirse, por los estudiosos de estas cosas, a un embarazo no deseado o a un compromiso impostergable, cuando el protagonista no es un presidente. Pero que por mí no quede. ¡Felicidades! Aunque, como es natural, tengo algunos comentarios que hacer y no crea que me voy a quedar en la superficialidad del halago. Digo, para no perder la costumbre.

Y es que me resulta tan, pero tan tonta la actitud que han seguido los medios frente a la famosa boda. A últimas fechas, a usted ya nada más le preguntan bobadas. Si su objetivo era aplacar las críticas de los medios, mis respetos, porque lo logró en buena medida. No le va a durar mucho, pero pudo obtener un respiro.

La ceremonia, es decir, el bodorrio en sí, estuvo más desangelado que el ritual de apareamiento del calamar del Golfo. Así fue organizado a propósito después del disparate de las toallas. La aparente sobriedad republicana de la boda y efectuarla ese mero día fue, además, para dar realce, contundencia, emotividad y sensiblería bananera al aniversario de su triunfo el 2 de julio del 2000. Lo único malo es que andaba en México y nada menos que en visita oficial, don José María Aznar, el presidente de España, y el pobre quedó por completo opacado por el casamiento. Claro que, en plan filosófico, Aznar habrá reflexionado que no hay problema. Total, al rato compran otro banco y ahí muere.

De todos modos, y aún sabiendo lo del affaire de las toallas, la sobriedad de la boda me sorprendió. Yo imaginaba – pues ya hace tiempo que presentía que usted se iba a casar con Marthita –, que cuando la famosa boda tuviera lugar se haría en la Catedral. Medio mundo estaría invitado, incluyendo al príncipe de los pigmeos y al rey feo del carnaval de Veracruz, y claro, con todos los gastos pagados, como es costumbre. Los secretarios harían las veces de monaguillos o de monjas, según el caso, excepto Sari Bermudez, que se la pasaría toqueteando y llenando de pringas y dedazos todos los tesoros artísticos de la Catedral. Tampoco fungiría como acólito Carlos Abascal, pues estaría ocupado organizando un Auto de Fe frente al Sagrario Metropolitano, con todo y quema de herejes y antifoxlupanos, los cuales vestirían sambenitos con los colores del PRI o PRD y leyendas como "se opuso al IVA", "tepocata / víbora prieta" o "leyó Aura". A la boda usted llegaría a caballo, escoltado por todos los cadetes del Heroico Colegio Militar, y Marthita arribaría más tarde en una carroza, como la Cenicienta. Usted, previamente, habría invitado al Papa a oficiar la misa y, como el Pontífice habría muerto de un síncope ocasionado por las carcajadas, la ceremonia correría a cargo de Norberto Rivera o quizá de Sandoval Iñiguez, quien aprovecharía para decir que tiene nuevas pruebas sobre el asesinato del cardenal Posadas Ocampo, del archiduque Francisco Fernando, de John Lennon y de Julio César. La novia entraría a la Catedral acompañada por el Coro de Niños Cantores de Viena y podría constatar, conforme se acercara al altar, la asistencia de lo más granado de la sociedad mexicana. Bueno, sólo de los que no estuvieran en Almoloya. Unicamente el respeto al recinto religioso impediría que algunos de los asistentes, como el gobernador del Estado de México y Emilio Azcárraga dieran alaridos, como harían si estuviera entrando Maddona al Auditorio Nacional. La foxlupanada, jubilosa, presenciaría tan singular acontecimiento en el Angel de la Independencia, donde se pondrían pantallas gigantes, pues el acceso al zócalo sería sólo con invitación. Los gritos, las hurras y las lágrimas no faltarían. Señoras gordas de cuerpo y delgadas de encéfalo comentarían, enternecidas y moqueando, que "por fin se casó nuestro presidente Fox". Diez días completos durarían los festejos con fuegos artificiales, arcos triunfales y reparto a diestra y siniestra de manotas de plástico, de esas que se usaron en la campaña, con los dedos formando la "V" de IVA, digo, de victoria.

Pero afortunadamente, usted nos ahorró tan bochornoso espectáculo. Aunque sólo en parte, porque ahora no faltan a cada rato los "beso, beso, beso" y que usted le chifle a Marthita como si de un can se tratara. ¿Acaso se está vengando con la pobre Marthita de las rechiflas que usted ha recibido – y seguirá recibiendo – de la ciudadanía cada vez más desencantada?

Volviendo al casorio, hay que reconocer que su boda tuvo efectos inmediatos. El más grotesco fue que, como ya lo dejé ver, los mismos que hasta el día anterior le criticaban hasta la forma de comer ostiones, pusieron cara de idiotez astronómica y cursilería infinita como respuesta a la boda. Y el problema no se limitó a la cara. Nada más lea los editoriales del 3 de julio, y verá el efecto devastador de su matrimonio en las neuronas. En los noticieros que llegué a ver, dijeron que "los diarios del mundo comentaron la boda del presidente Fox". Pues le diré. Si su mundo se limita a Estados Unidos y España, tiene razón. Recién Marthita comentó que "se dedicaron mil 350 páginas a la reseña de la boda en los periódicos mundiales". Aunque de la cifra no estoy seguro, sí sé que andaba entre el mil y el dos mil. Vamos a ver. Casi todos los periódicos importantes tienen página en Internet, de modo que no se requiere ser un Einstein para averiguar la cifra exacta o aproximada. Obvié a los periódicos españoles y estadounidenses – muchos de los cuales, por cierto, no mencionaron la boda –. Busqué en páginas de periódicos ingleses, coreanos, japoneses, neozelandeses y otros más. Cuando llegué al número 500, desistí. ¿De dónde sacó ese dato? ¿Acaso compró mil 350 ejemplares del mismo periódico? En efecto, algunos periódicos sí mencionan la boda, pero la mayoría lo hacen entre la nota que comenta el inicio de la temporada de caza de conejos en Vermont y la que anuncia el cierre de una fábrica de coladeras en Singapur. Es decir, en el espacio donde, en menos de cinco renglones, se reseñan brevemente diversas noticias del mundo. No se los tome a mal. En México tampoco tendría mayor cobertura la boda de quien ahora gobierne Níger.

¿A quién creen que engañan? Quisiera pensar que a nadie, pero no es así. Por lo menos, como mencioné, a muchos editorialistas sí. Pero, con todo y lo grotesco de sus columnas, lo peor vino después. Porque el 4 de julio, una vez pasada la borrachera de sensiblería y payasada, la cruda produjo que la paranoia y la idiocia les hiciera corto circuito, y empezaron a comparar a Marthita con Catalina la Grande, que si ella es el poder tras el trono, que si Fox necesitaba sacarla elegantemente del gabinete – o sea que abusado, pues si hubiera necesitado sacar al torpe de Creel hubiera tenido que irse a Suecia para el matrimonio –, que si la cúpula conservadora necesitaba a "Sor Marthita" bien afianzada junto a la presidencia, y cosas por el estilo. Ya nada más les faltó que dijeran que la boda fue producto de su necesidad de aplacar el descontento que su falta total de acción durante estos siete meses de gobierno ha producido en todos – y todas –. Pero esto último es lo menos probable, ¿verdad?

Supongo – y doy por hecho conociendo su pasión por las sensiblerías – que para el 2 de julio del 2002 nos dará la sorpresa de que a) Marthita está embarazada o, b) que ya parió un mofletudo chiquillo – o chiquilla –. Yo le recomiendo que domine sus ímpetus. Las más elementales normas de salud reproductiva sugieren que no arriesgue al producto – odioso término, ¿no le parece?, ni que fuera resultado de una multiplicación – o a la misma Marthita, pues tanto ella como usted ya no están para esos trotes y cabriolas. Además, piense en el bodoque. Los niños que se desarrollan durante sus primeros años en Los Pinos suelen crecer mal. ¿O que no ha visto al Cuatemochas?

¡Ah, que don Chente! Si alguien me hubiera dicho que usted planeaba casarse el 2 de julio para aplacar las críticas, yo hubiera contestado que no era posible. Que usted no podría caer en esos excesos de manipulación, y que el pueblo y los medios, en todo caso, no podrían ser tan tontos, tan ingenuos y tan mediatizados para caer en esa trampa. ¿Ve lo ingenuo que soy? De plano, le sugiero que no me contrate nunca como asesor político, pues como ve soy tan elemental y simplón que subestimé por completo las necesidades de cursilería, bodorrios, apapachos, besuqueos y pastelazos de mi querido México.

A estas alturas mis queridos lectores se preguntarán "¿y que pasó con el funeral mencionado en el título?". ¡Hombre, pues la pregunta sale sobrando! Es el que hay que organizar ya – hoy, hoy, hoy – para ese cambio tan comentado, tan anunciado, tan publicitado y, al final, tan malogrado. Porque ya hace un año del 2 de julio y el pueblo no ve claro. Claro, no tanto que no pueda disfrutar de una boda televisada. Aunque ni una rebanadita de pastel le toque.

© Panóptico, José López
Julio 15, 2001