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Carlitos
Por Jeffrey Andrews

Cuando cumplió seis años, a Carlitos le dieron el mejor regalo del mundo. Iría a conocer a su abuelita en Los Angeles. Carlitos jamás la había visto. Sabía de ella por las cariñosas cartas que le llegaban y los regalos de Navidad. Nunca faltaban unas ricas galletas, un pan de frutas o algún suéter. ¡Pero además el viaje iba a ser en avión! Durante semanas no había hablado de otra cosa. En la escuela y en la clase de karate ya tenía hartos a todos sus amigos y profesores. Especialmente al de gimnasia, que le decía "¡Miranda, deja de estar hablando de tu viaje y parate derecho!".

La vida no había sido fácil para los Miranda. La odisea que inició en Guatemala tres años atrás terminó en la cosecha del jitomate en Estados Unidos, con el padre y la madre trabajando duras e interminables jornadas en el campo, mientras Carlitos trataba de adaptarse a una cultura que a veces lo apoyaba y las más lo rechazaba. A sus tres años, Carlitos no entendía porque en ocasiones sus compañeros lo hacían menos, y por qué hablaban en inglés para que él no entendiera. Pero sí entendía, y sabía que se burlaban de él. Eso lo hacía sentir muy triste, pero para no preocupar a sus papás, que terminaban muy cansados del arduo trabajo en el campo, jamás les contaba esto. En vez de eso, se esforzaba en ser un buen amigo, y eso fue lo que finalmente cambió la actitud de los demás niños, que pasaron de tolerarlo a aceptarlo y más tarde a quererlo. Jugaba limpio, era sincero y su buen corazón era tan característico, que poco a poco hasta los más huraños bajaron la guardia ante él. Al final era tan querido, que sus amigos lloraron mucho cuando Carlitos y su familia dejaron los campos de jitomate para ir a vivir a Boston.

Vivir en Boston supuso una mejoría para los Miranda, y sobre todo para Carlitos. Su brillante mente floreció en el fértil terreno que el sistema educativo de la ciudad ofrecía. Su facilidad para las matemáticas sólo era opacada por su creatividad, su sensibilidad ante el dolor ajeno y sus ganas de aprender a hablar un mejor inglés. Apreciado por sus compañeros, muy querido por sus maestros y amado por sus padres, Carlitos era un niño feliz. En su corta vida había visto lo suficiente para no ser un niño egoísta, lo más un poco caprichoso, y eso sólo de cuando en cuando.

Por fin llegó el día del viaje. Carlitos se levantó a las cuatro, pues la emoción no lo dejaba dormir. Revisó por enésima vez su maleta, y se cercioró de nuevo que llevaba sus juguetes. Sacó un cuento de la valija cuidadosamente preparada por su mamá, y lo puso en su pequeña mochila donde fue a mezclarse con algunas historietas, un osito de peluche y sus inseparables soldados de plástico. Fue a la cocina y peló un plátano, y apenas pudo terminarlo de comer cuando oyó un grito. "¡Carlos, vete a dormir!" dijo la fuerte voz, emitida por un papá soñoliento y molesto.

Carlitos regresó a su cuarto pero no pudo dormir. Se tumbó panza arriba en la cama a ver el techo y sus aviones que, suspendidos de delgados hilos, colgaban del techo. Su mamá ahí los había ido colocando y a Carlitos le gustaba contemplarlos e imaginar que volaban, y mejor, que él piloteaba el verde, ese que tenía una llanta rota pero que era el más bonito. Porque, claro está, él iba a ser piloto de grande.

A las cinco de la mañana el sueño lo había vencido, y fue la voz de su mamá la que lo trajo de vuelta a la realidad. "Carlitos, hijo, levántate" sonó suavemente junto con un par de quedos golpes en la puerta. El tiempo voló y antes de que pudiera saber cómo se vistió y aseó, estaban en el taxi rumbo al aeropuerto. A Carlitos le gustaba mucho el aeropuerto de Logan. Había muchas cosas para jugar, pero lo que más le gustaba era subir mil y una veces la escalera eléctrica en el área de acceso, imaginándose que era un piloto que iba en una importante misión, quizá a volar el Concorde.

Llegó la hora de abordar el avión. A Carlitos le fascinó ver la cabina, llena de focos multicolores, botones, palancas, pantallitas y volantes como de coches de carreras. El copiloto fue muy amable con él y hasta le regaló unas alas de plástico, que puso en la solapa de su chamarra. Por fin sus padres pudieron lograr que se sentara y se pusiera el cinturón de seguridad. Carlitos no sabía que hacer, si platicar sobre la cabina, sacar sus cuentos, mover el regulador de aire acondicionado o ver por la ventana. ¡Iba a viajar en avión! ¡Y ya iban a despegar! ¡Y también iba a desayunar en el avión!

¡Y además iba a ver a su abuelita!

**********

Carlitos jamás llegó a Los Angeles. Minutos después de despegar, su avión fue secuestrado y fue a estrellarse contra el edificio sur del World Trade Center.


Nota del Editor. Jeffrey Andrews, de 10 años, es residente de Baltimore, Maryland, y desde los 8 escribe crónicas y cuentos.
Por instrucciones expresas del autor, el texto puede ser copiado y reproducido libremente citando como fuentes Panóptico y/o The NewStar Magazine y/o The Sydney Sun.

© Panóptico, Jeffrey Andrews
Septiembre 15, 2001