|
|
El Glamour del Desencanto
Por
Eduardo Liceaga Martínez
Para los espíritus débiles, para las almas resignadas, para todos aquellos estacionados pasivamente en el estribillo de la canción que dice "siempre vendrán tiempos mejores", nada tan reconfortante como el peso impermutable del desencanto.
Dijera el filósofo que no hay virtud ni esfuerzo en los estados de conciencia sin conflicto, sin conflagración evidente, sin derrota. Para otros, sólo se reconoce la autoridad de la muerte y de la zozobra cotidiana para darle objetivo a la vida. Sólo ante el fragor de la decadencia se gestan las hazañas. Sólo en la penumbra se distinguen los brillos del esfuerzo y del sacrificio. Sin el contraste no hay belleza y sin dolor no se aprecia el amor en su justa dimensión.
En México hemos sucumbido en la desesperanza eterna, o será que jamás acabamos de despertar de los autoritarismos sucesivos que nosotros mismos propiciamos y solapamos con nuestras actitudes lastimeras. Ante la fisonomía del desastre nos acostumbramos como sociedad. Estructuras sociales y económicas tan podridas en su simiente y desvencijadas en su accionar que ni siquiera nos damos cuenta. Caemos en la rutina, y en la rutina no reparamos en que todo a nuestro derredor huele a tristeza.
Al salir a las calles por el golpe de la repetición pasamos por alto el sombrío panorama. Para donde quiera que se voltee toparemos el mirar con algo en estado de avanzado deterioro. Calles mal trazadas, pavimentos dispares zurcidos, remendados, pletóricos de agujeros; postes de concreto, acero o madera, chuecos por igual, que por regla muestran huellas de algún choque, del deterioro y del descuido; greñudos espacios de hierba, tan silvestres como nuestras ambiciones, ocupan el lugar de los parques donde debieran jugar nuestros hijos; edificios chuecos, casas mal pintadas – porque no hay pa' la pintura – con rejas que acusan el paso del tiempo y dejan entrever bajo la mugre que alguna vez estuvieron mediocremente pintadas; la ciudad en su conjunto tan gris como el aire que respiramos, tan gris como las caras largas de los millones que concurren a la sumisión nacional; interminables filas de automóviles literalmente estacionados en las llamadas vías rápidas que reflejan el fútil estanco de nuestro desarrollo; árboles marchitos y dejados a la mano de un Dios que, ante esta realidad, se antoja desatento y permisivo de la acción de las fuerzas negativas; en las esquinas se pueden encontrar policías desaliñados, mal pertrechados, mal parados, que en general producen más desprecio, odio y miedo que admiración o respeto – copia al carbón de la naturaleza de las autoridades que hemos puesto al frente de nuestros destinos –; microbuses que, enfrascados en la carrera por el pasaje, suelen ser no otra cosa que tumbas ambulantes de niños, mujeres embarazadas, ancianos, que soportan sin chistar que un pelafustán sin licencia y capacidad ponga en peligro sus vidas; y basura, mucha basura. Negruzcos empaques otrora multicolores se arremolinan acurrucados en las esquinitas de las banquetas, tirados mustiamente por los transeúntes, para que los recoja el gobierno, el que vive cerca de donde se tiran o la Divina Providencia. ¿A quién le importa?
Pero el desencanto no sólo se manifiesta en las ciudades. El universo no urbano se encuentra al borde del desquicio y se revuelve en la desolación. Políticas mal aplicadas han convertido las selvas tropicales en desiertos. Los talamontes e incendiarios se multiplican geométricamente, arrasando literalmente desde sus raíces los recursos naturales. A la vuelta de los años hemos pasado de exportadores de materia prima a importadores de la misma. La cacareada autosuficiencia de alimentos de los años setenta se ha vuelto, más que un mito, una vergüenza insoportable. Ya ni siquiera producimos todo el maíz que consumimos. Los labriegos han dejado de serlo para emigrar a las ciudades en busca de trabajo como peones, como albañiles, como sirvientes, como carne de cañón de encapuchados megalómanos. Algunos de ellos terminan y seguirán terminando pidiendo limosna en las calles. Los más aventurados se la rifan a los States para ver si con la ayuda de Dios no los agarra la migra, y así ganar unos cuantos billetes verdes.
En las instituciones el deterioro no puede ser peor. Nuestro sistema jurídico y económico no sale mejor librado que todo lo demás. Leyes ininteligibles mal pensadas, mal diseñadas, mal difundidas y mal aplicadas. La llamada justicia es patrimonio de los que la imparten siempre regidos por criterios económicos. El defraudador multimillonario se pasea por las calles vestido de ignominia, pero reconocido y respetado, mientras un desventurado se pudre en las crujías de un sistema penitenciario corrupto al infinito por haberse robado un desarmador, diez tabiques, la vajilla del patrón. En tanto, con la libertad de acción que compra el dinero, una legión de malvivientes bien vestidos envenena la sangre de los que han caído en el consumo de las drogas. Estos en verdad no distinguen ni sexo ni edad ni condición social.
Los encargados de la economía viajan y vuelven viajar de polo a polo, de litoral a litoral y elaboran extrañas teorías para explicar que somos la treceava economía del mundo, mientras los ciudadanos comunes y corrientes tienen que entrarle a una economía informal, a trabajar doble turno, a buscar otra chamba, a robar, a sacar a la calle a sus ancianos, a sus mujeres, a sus menores de edad para buscar el sustento necesario. Bajo este esquema, la familia ha perdido su objetivo fundamental de protección a sus miembros para convertirse en un reducto de supervivencia. Y de enfermarse ni hablemos. El panorama a enfrentar en los servicios de seguridad social son largas colas, malos tratos, deficiente o nulo instrumental y medicinas inexistentes o muy caras. Que Dios nos agarre confesados.
Todo esto viene a cuento porque en la práctica de una lógica hondamente arraigada en el subconsciente nacional, le hemos atribuido culpas y horrores al anterior régimen político que nos gobernó, pensando en consecuencia que con el simple cambio de un grupúsculo de personajes en la cúpula se iban a lograr transformaciones milagrosas.
Resulta teatral que seguimos renegando de nuestra raíz española. Solamente el insinuar que en nuestras venas corre sangre ibérica causa el resquemor de un piquete de alacrán. Nos llamamos o apellidamos Juan, Pedro, Antonio, López, Rodríguez y nos seguimos, cuando nos conviene, llamándonos depositarios de culturas que interiormente desdeñamos, como la azteca, la maya, la tolteca. Razones no nos faltarán. Donde quiera que estén nuestros antepasados resulta legítimo reclamarles. Dos pueblos de los que heredamos sus peores cosas, no sus mejores. De los españoles, aparte de los genes, la contrición, la piedad en un Dios que todo perdona y que seguramente nos estará esperando del otro lado para sentarnos a su derecha, y para confortarnos por haber sido víctimas de sus otros hijos que nos victimaron o para perdonarnos de haber sido victimarios de sus otros hijos. Todo se vale. De los pueblos naturales la humillación de haber sido derrotados en propio territorio; el orgullo pisoteado de no haber defendido dioses, mujeres y niños hasta la muerte; y la negación perpetua de la aceptación de la derrota. Resentimiento.
Ahora ese resentimiento lo proyectamos hacia nosotros mismos echándonos mutuamente la culpa. ¿Qué no los priístas salieron de nuestras mismas familias de mexicanos decentes?, ¿qué los judiciales, políticos corruptos e improvisados que han conducido este país a la debacle, no salieron de estas familias piadosas y esperanzadas en un mundo mejor?, ¿qué ahora el Presidente Fox es el primer mexicano decente que ha dado el país en casi un siglo?, ¿qué los panistas comen otras cosas o creen en otros dioses o salieron de unas familias criadas al margen de la sociedad mexicana, como para creerles que ellos si van a cambiar al país?, ¿qué los excluye en realidad a todos ellos de la formación tradicional del mexicano revanchista, irresponsable, gandalla y corrupto?, ¿qué los priístas – tan malos de cepa – por cambiarse al PAN y que ahora están gobernando o administrando el país se transformaron de la noche a la mañana en ciudadanos ejemplares?
Pues parece que todo mundo creía eso y más. Y todos los que pensaron así, en el pecado llevan la penitencia porque ha de ser espeluznante cifrar las más altas expectativas en promesas vanas, en voluntades huecas de razón o de simple posibilidad. Se sacó al PRI de los Pinos, pero no se sacó a los mexicanos que tradicionalmente hemos sido nuestros propios opresores. Somos un pueblo de verdugos y víctimas circunstanciales.
En la agonía le reclamamos al PRI sistemáticamente. En muchos casos más como un reclamo a nosotros mismos por mediocres, por dejados, por justificarnos. ¿Ahora a quién le reclamamos? Pues a la economía mundial, a la Virgen que no nos oye, y a los sindicatos, cuando nuestros propios padres cavaron nuestra propia tumba y nosotros todos los días cavamos la de nuestros hijos.
Todas estas reflexiones se alimentan, entre otras cosas, del primer informe gubernamental de nuestro ya no tan flamante presidente peregrino Vicente Fox Quezada. Trató de poner muchas cosas en claro, pero lo único de lo que convenció perfectamente con su actitud sumisa ante el Congreso de la Unión, es que no existe – como en La Rebelión de la Granja, de Orwell – diferencia alguna entre los puercos y los humanos. La presidenta del Congreso, en actitud soberbia, se irguió portadora legítima y universal de los reclamos de que fue objeto su partido durante décadas. ¿Tendrá cara? Pues claro que la tuvo y no se mordió ni tantito la lengua. Y el Presidente también tuvo la cara para escuchar toda esa palabrería cargada de resentimiento, porque de un modo u otro pertenece a la misma casta. El Jefe Diego, en actitud pontificia, coronado por el Aguila Imperial, se autoimpuso hacer las funciones encomendadas antaño a algún paralizado miembro del Estado Mayor Presidencial, es decir, sin siquiera parpadear y en actitud estoica de crítica estatua de marfil. Nadie intuía que en la tramoya se cocinaba el Fobaproa en almíbar, y quién sabe cuantas cosas más. Al mejor estilo de Fouché fuimos traicionados en público. ¿Quién decía que a Fox no le gusta la política tradicional de corte maquiavélico?
Ahora que el juego está claro; que las expectativas no fueron alcanzadas ni lo serán; que tras la caída del telón se dieron cuenta los que no se habían dado, y lo corroboraron los que ya lo sabían, que todos los actores de esta gran comedia trágica pertenecen a la misma compañía teatral, nos quedan dos caminos. El primero es enderezar baterías hacia los nuevos "culpables" de nuestra derrota, y recriminarles porque pasó el huracán, porque no blindaron bien la economía, porque se fueron de la boca, porque me mataron un familiar a la mala unos judiciales o a la buena un doctor del servicio de salud pública, porque no me dieron trabajo con casa y con coche, y hasta porque no existe una política lógica y concertada para que por lo menos cada mexicano – y mexicana, claro está – se saque la lotería una vez al año; el segundo camino es sacudirnos el marasmo y empezar a ver que las calles son feas desde que las vimos por primera vez y que nosotros contribuimos con nuestro pedazo de basura, que si Dios nos está esperando allá para sentarnos a su derecha, nosotros debemos de hacer aquí y ahora nuestro propio paraíso y dejar atrás nuestra vocación de armar infiernos personales para dar lástima – a ver si alguien nos recoge del piso –. Debemos de dejar atrás los rencores centenarios contra nuestras propias raíces y todos, todos los días pintar un pedazo de banqueta, levantar un pedazo de basura, exigirle al del microbús que vaya despacio y que traiga licencia, no ofrecerle la mordida al policía y de ningún modo tirarnos al piso a esperar que el Gobierno Federal, el señor Fox o la Providencia se apiaden de nosotros y nos regalen todo lo que nosotros con nuestro propio esfuerzo no hemos sabido obtener, ganar y construir.
Este sí que es un sueño guajiro, porque eso nos arrancaría para siempre nuestra aberrante necesidad de gozar el placer de vivir en el glamour del desencanto.
© Panóptico, Eduardo Liceaga Martínez
Septiembre 15, 2001
|
|