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Los Resentidos
Por Alberto Carrillo

Por todo el mundo observamos personas resentidas Hacen alarde de que esto es una respuesta a las injusticias y atropellos cometidos por grupos de gente o naciones poderosas. Es un fenómeno de causas diversas, más en relación con los problemas de personalidad del sujeto que con la realidad que lo rodea, y que llama la atención por quienes se asumen como resentidos, por las supuestas causas que "justifican" este sentimiento, por las personas o grupos a quienes se dirige su odio y por la manera en que se canaliza el resentimiento.

El resentido generalmente no es la víctima de la injusticia reclamada. Lo natural es que el resentimiento surja en quien ha sido agraviado, o que ha experimentado ese agravio en connacionales o parientes. Las más de las veces, sin embargo, se trata de resentidos que tienen poco o nada en común con la gente agraviada. Es válido indignarse por las injusticias cometidas contra otros, y también reclamar a quien comete la injusticia y defender a los agraviados, pero lo que distingue al resentido es que más que reaccionar ante la injusticia y el sufrimiento, estos le sirven como pretexto y sostén de su ideología y como base para alimentar el odio hacia los que considera sus enemigos.

Curiosamente este resentimiento que siempre se dirige hacia el rico, el poderoso, el exitoso, el inteligente o cualquiera a quien se considere mejor que uno, suele perdonar atropellos, crímenes y toda clase de atentados cometidos por supuestos representantes de los débiles, los pobres y los vulnerables. En realidad lo que le ofende al resentido no es la injusticia en sí misma sino la superioridad que mira en los perpetradores que además no comparten su ideología. Sólo de esa manera se explica que las injusticias perpetradas por guerrilleros, estudiantes, indios, regímenes comunistas o fundamentalistas nunca sean condenados con la misma energía que las realizadas por ejércitos, policías y gobiernos procapitalistas. Tal es la psicología del resentido, al que no sólo le ofenden las injusticias sino hasta las menores desigualdades, como el que su vecino tenga mejor casa o un automóvil más nuevo, por lo que despreciará y odiará al "riquillo de la colonia" sin importar que este último sea casi tan pobre como el primero.

Asombra la facilidad con la que el resentido asume una relación con las víctimas de una injusticia – de ahí la frase "todos somos indios" – y la ligereza con la que asocia a millones de inocentes con los que cometieron la injusticia y hacia quienes dirige su resentimiento. De ahí que igual se alegre por atentados contra los ciudadanos, el gobierno o el ejercito de Estados Unidos, por ejemplo.

Es fácil distinguir a estos resentidos de quienes justamente se indignan ante las injusticias, se sienten solidarios y ayudan a quienes las sufren. Una cosa es la sana indignación por los atropellos y la empatía con quienes los sufren y otra es usarlos como justificación para el odio. Los resentidos, aunque dicen estar a favor de los pobres, los desprotegidos y los discriminados en realidad nunca ayudan y más bien perjudican a quienes apoyan. Han llamado la atención, por ejemplo, las protestas de desocupados ante los apoyos que US Aid presta a distintas causas en el mundo. "Es que es dinero de la CIA", dicen los resentidos de siempre, que no aportan ni un centavo a las causas que dicen defender.

Porque ayudar significa poner a salvo, reconstruir lo destruido, construir lo que les hace falta, dar cobijo y alimento, enseñarlos a progresar o a defenderse de las injusticias. Como ejemplo sólo es necesario observar cómo el EZLN no sólo no ha ayudado a los indígenas chiapanecos en casi ocho años, sino que los ha perjudicado sumiéndolos en el abandono, el atraso y la violencia interna en sus comunidades. Basta con observar los nulos beneficios que logró el CGH y sus 10 meses de paro en la UNAM. Pero el resentimiento, aparentemente, siempre se acompaña con el revisionismo. Porque hay los que aseguran que tanto el EZLN como el CGH han traído grandes avances a este país.

En México florecen con abundancia los resentidos. Basta escuchar la cantidad y calidad de comentarios que justifican y hasta aplauden los recientes ataques contra Estados Unidos. Es fácil encontrar resentidos contra los ricos, contra los empresarios, contra los Estados Unidos, contra los judíos, contra los mestizos y hasta contra los capitalinos o chilangos; invariablemente se dirige hacia grupos considerados privilegiados por el resentido. No importa si la injusticia se cometió años o siglos atrás, sigue siendo igualmente válida para ellos. Así vemos todavía mexicanos resentidos por la pérdida de territorio a manos de los Estados Unidos el siglo pasado; resentidos por la conquista de los pueblos mesoamericanos a manos de españoles hace casi quinientos años. Tampoco importa si los que cometieron tales injusticias ya no están vivos, como es este el caso, pues fácilmente el resentimiento se transfiere a sus herederos o quienes sean afines a sus intereses.

El resentimiento hacia Estados Unidos está tan arraigado entre los resentidos de todo el mundo que inmediatamente se asume como negativa cualquier acción bélica o pacífica que este país lleve a cabo, y a sus enemigos se les considera amigos.

Se caracteriza a los recientes ataques contra Nueva York y Washington como un "golpe certero" al corazón del poderío comercial y militar de esta nación. En realidad se trata de una violencia bastante difusa; resultaron muertos miles de americanos inocentes y ciudadanos de más de 60 nacionalidades distintas. Visto así, el ataque no es contra Estados Unidos, sino que lastima probablemente a la mitad de la población del planeta. El tiempo dirá qué beneficios lograron los terroristas para los pueblos del mundo islámico al destruir edificios y miles de vidas inocentes.

Los resentidos son capaces de dañar a miles de ciudadanos inocentes con tal de incomodar aunque sea un poco a quienes suponen sus enemigos. El resentido, a diferencia del solidario con los desprotegidos del mundo, no construye nada, no es factor de crecimiento ni de progreso para nadie, en cambio sí puede convertirse en destructor y en factor de atraso y de pobreza. En realidad los resentidos no se preocupan ni por los pobres ni por las víctimas de tragedias o injusticias, aunque ellos así lo crean. Casi siempre son simples parásitos de la sociedad que sólo sirven a sus propios intereses. Ocupan trabajos marginales y su rendimiento siempre es apenas suficiente para no perder su empleo. En México, suelen enquistarse en universidades públicas, caracterizadas por inexistentes o deficientes métodos de evaluación del desempeño o por sindicatos que cobijan al incapaz.

Supongo que es difícil, por tanto, dar el gran brinco que implica cambiar de ser un resentido a un activista solidario. Hacer el bien cuesta trabajo, y como es más fácil destruir que construir y que vivir para la causa, seguiremos viendo manifestaciones de peleles que se alegran por cualquier atropello que aliente las perversas llamas de su resentimiento.

© Panóptico, Alberto Carrillo
Octubre 1, 2001