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Nuestros Aborígenes
Por
Ryan Feldman
Potente suena el didgeridoo 1 en la planicie australiana y comienza un nuevo día para nuestros aborígenes. ¿Pero quiénes son?
Se llama aborígenes a los habitantes originales de Australia. Siendo así, no son diferentes a los pobladores indígenas originales de todo el mundo y del pacífico sur, pero en el caso de los aborígenes de este país, hay algo más.
Los aborígenes constituyen algo así como el 2 por ciento de la población total del país. Son cerca de 390 mil personas que apenas ahora empiezan a ejercer sus derechos como australianos. Derechos que por más de 200 años les fueron negados, desde el momento del primer asentamiento inglés en 1788. Si los registros prehistóricos son correctos, los aborígenes australianos han sido tal como son durante 40 mil años, lo que los convierte en la población humana más antigua y estable del planeta. Sus mitos, y en especial el Sistema de Ensueño y de la Serpiente Arco Iris, en el que se basa el resto de sus creencias, son altamente coherentes a través milenios, a diferencia de los mitos cristianos, budistas y mahometanos, que conservan su coherencia apenas a través de unas centurias. Sin embargo, con toda su riqueza cultural, con toda su fuerza, valor y coraje, sólo hasta 1901 la Constitución Australiana los reconoció como habitantes, y apenas en 1962 se les permitió votar. Todavía hoy sus cementerios y lugares sagrados están ocupados por parques, ferias e incluso campos de golf.
Es gente inteligente, que conoce a fondo su medio ambiente y lo que puede extraer de él. En los miles de años que vivieron en el territorio, no produjeron daños ambientales de consideración que, en apenas 200 años de ocupación blanca, tienen a la agricultura y producción forestal de Australia al borde del desastre. Saben qué animales cazar y cuándo hay que hacerlo. Saben encontrar agua, lo que no es insignificante en el segundo territorio más seco del planeta. Saben, pues, vivir en armonía con lo que los rodea. Son tan hábiles que han podido subsistir en este agreste paraje con herramientas que no llegan ni siquiera a los estándares de la Edad de Piedra y, como son nómadas, no han ocupado su tiempo en construir ciudades. Y cómo iban a hacerlo, si las fuentes de agua cambian de estación a estación y las sequías aquí no se miden en años, sino décadas.
La llegada de los blancos supuso, como para todas las poblaciones indígenas del mundo, una catástrofe. Se les persiguió y se les echó de sus tierras. Se les asesinó cuando se oponían al desalojo. La enfermedad extinguió clanes enteros, y cada vez se fueron replegando más a los territorios del centro del continente. Territorios que, por cierto, tampoco ya eran suyos. Porque los blancos, al llegar, aplicaron la doctrina de Terra Nullius, es decir, la tierra no tiene dueño. Cualquier blanco se la podía apropiar sin más.
A principios del siglo 19, se dio por hecho que la extinción de los aborígenes era inminente. Tanto así, que se hablaba descaradamente de "suavizar la almohada de la agonía para ellos". Pero resistieron, y entonces la sevicia blanca, convencida que había que asimilarlos, los concentró en centros evangélicos donde se les enseñaba la palabra de un dios que, a diferencia de los suyos, los empujaba a la obediencia servil y a convertirse en mozos, mucamas y sirvientes.
Sin embargo, la barbarie real comenzó en el siglo pasado. En 1910, se inició una política nacional para separar a los hijos pequeños de sus madres. Los niños, que iban a parar a orfanatos hacinados y atestados, debían prepararse "para ser asimilados en la sociedad blanca". Ninguno de ellos pudo reunirse de nuevo con sus madres, porque todos los registros fueron destruidos y se rompió todo vínculo con su familia natural. Esta política continuó, créase o no, hasta 1970 y apenas en 1997 comenzó a ser expuesta públicamente.
Aunque las cosas comienzan a cambiar en estos tiempos, los aborígenes todavía la pasan mal. Además de la discriminación, enfrentan el problema del alcoholismo. No sé ni tengo elementos para especular por qué, pero el alcohol es devastador para esta gente. Es muy raro encontrar un aborigen que pueda beber con moderación. La mayoría, hombres o mujeres, beben hasta desmayarse y, a veces, hasta morir. La mortalidad por este producto, que ha sido prohibido en muchos asentamientos ya por los mismos aborígenes o las autoridades blancas, es altísima, aunque comienza a descender con las nuevas políticas de prohibición.
Australia finalmente está reconociendo el valor de sus primeros habitantes. En 1992, se derogó la doctrina de Terra Nullius y el clan Meriam de la zona norte, por el estrecho de Torres, finalmente recuperó sus tierras. Este fue el inicio de una serie de reclamos que poco a poco van curando las heridas del pasado. Por ejemplo, el reclamo de Jabiluka ha dejado en manos aborígenes el 70 por ciento del yacimiento de uranio más rico del hemisferio austral. Se estima que algo así como la mitad del territorio quedará en manos aborígenes cuando los reclamos acaben.
El sistema escolar, que antes se imponía, ahora se armoniza. Clases en lengua aborigen e inglés se llevan a cabo en todas las escuelas aborígenes, y los niños aprenden no sólo lo que los blancos estudian, sino las tradiciones que se estaban perdiendo: la cacería con bumerang, la búsqueda de hormigas melíferas, la pesca con lanza entre rocas y muchas cosas más. Cuando llegué a este país, comencé a estudiar en una escuela blanca, pero al mes me cambié a una aborigen. Sí, me convertí en el único blanco ahí, pero eso no es importante. La escuela aborigen es más divertida y se aprende el doble que en la otra.
Poco a poco se da reconocimiento, en Australia, a la cultura aborigen. Ya nadie llama a la roca más grande del mundo Ayers Rock, sino Uluru, que es su nombre aborigen. La sensibilidad comienza a crecer. Nos estamos hermanando, poco a poco. Así debe ser, para bien de la nación.
He vivido en Fidji, en Borneo, en Bali, en Sumatra y en Vanuatu. También en las Islas Cook y, hace muchos años, en Nueva Zelanda, donde nací. Pero nunca había conocido gente tan noble y amable. Y lo que con ellos he aprendido, es invaluable. He pasado meses viviendo con ellos, y ahí he conocido la paz y la esperanza. Ellos saben que Australia se deberá construir con armonía, paz y concordia. Increíblemente, no guardan resentimientos. Saben, y así lo muestran sus mitos, que el rencor es perder el tiempo. Australia vive tiempos nuevos, y no importa donde vivan, si escuchan con cuidado oirán, allá en lontananza, el fuerte sonido del didgeridoo, que anuncia nuevos y mejores tiempos para Australia y para nuestros aborígenes.
1 Intrumento aborigen tradicional, parecido a una gran flauta, con sonido muy grave y estridente.
Nota del Editor. Ryan Feldman vive en Darwin, Australia.
© Panóptico, Ryan Feldman
Octubre 1, 2001
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