Hay quienes dicen que nada justifica la guerra y sus horrores, que no hay guerras buenas y que en ellas no hay ganadores, sólo perdedores. Las palabras de los pacifistas a ultranza suenan muy bien pero son huecas. Nada dicen sobre la respuesta que se debe dar al terrorismo, a las guerras iniciadas por otros, a las invasiones y otras situaciones en las que no hacer la guerra trae peores resultados que hacerla. Hoy en día y desde hace muchos años todas las naciones civilizadas aceptan que no es válido ni el terrorismo ni las guerras de exterminio o conquista, pero todavía se ven de cuando en cuando. Detenerlas es una buena razón para una intervención militar.
Se alzan voces en todos lados que dicen 'no a la guerra' que ha iniciado Estados Unidos en Afganistán. La vocación pacifista o más bien la comodina actitud de no inmiscuirse en los problemas ajenos son una buena justificación para ocultar la falta de disposición para ayudar, el miedo a afrontar los costos y las represalias de una guerra o la indiferencia ante los sufrimiento ajenos. Pero qué alternativas proponen quienes dicen no a la guerra contra los terroristas y contra el gobierno que los protege, ¿acaso el dialogo y la negociación? ¿el rechazo y la condena de la comunidad internacional? o ¿sanciones económicas, embargos y otras medidas de presión? Medidas todas que sólo pueden servir cuando se le imponen a gobiernos dispuestos a negociar para impedir el sufrimiento de su población. Ahí está el caso de Irak. Negociar sólo funciona cuando el oponente está dispuesto a encontrar una solución al problema.
Las declaraciones de condena si acaso pueden presionar a quienes les importe su prestigio y no es el caso del gobierno Talibán, reconocido como legítimo por un puñado de países. Los embargos perjudican principalmente a la población civil y no sirven de nada contra algunos gobiernos, como podemos ver en los casos de Cuba e Irak. En el caso de Afganistán, además, sería una medida genocida.
Quienes abogan por una solución pacifica olvidan que sí se busco una salida pacífica al conflicto. ¿Acaso Estados Unidos no dio oportunidad al gobierno Talibán de entregar a Bin Laden y demás miembros de Al–Qaeda? El disgusto de los "pacifistas" en México quizá se deba a que el diálogo no tuvo la duración a la que estamos acostumbrados en México para los conflictos locales y nacionales. Los talibanes tuvieron poco más de 20 días para dar una respuesta satisfactoria al reclamo americano, pero en lugar de eso se dedicaron a dar excusas y decir mentiras. Una estrategia que quienes no tienen intenciones de negociar usan para ganar tiempo, pero que no funciona con Estados Unidos.
Al final de cuentas cualquier medida pacífica para buscar la solución al conflicto significaría tolerar lo intolerable y permitir que las amenazas a la civilización crezcan sin obstáculos. Esa misma tolerancia ha costado mucho en el pasado. De haberse seguido tolerando la amenaza del nazismo como en los años treinta y de no habérsele enfrentado mediante una alianza más poderosa, el mundo hoy sería otro; de haberse tolerado la expansión del comunismo soviético en todo el mundo como se toleró en Europa oriental, otra sería nuestra realidad; de haberse permitido a Saddam Hussein apropiarse de Kuwait ahora esta última nación no existiría y quién sabe lo que sería de otros países vecinos; si se hubiera tolerado menos a Milosevich, hubiera muerto mucho menos gente en la ex–Yugoslavia. En el estado actual, decir no a la guerra y seguir tolerando el terrorismo y a los gobiernos que lo protegen y promueven es insensato.
Otro argumento en contra de esta guerra es que se considera poco probable que Estados Unidos y sus aliados acaben con Osama Bin Laden y las organizaciones que lo rodean, por lo que los daños colaterales para el pueblo de Afganistán tendrían un costo muy alto si las acciones resultaran infructuosas. Quienes argumentan esto intentan despertar sentimientos de culpa, pero olvidan que no intentar castigar a los culpables y no intentar destruir la amenaza del terrorismo sería doblar las manos ante estas organizaciones de destrucción. Significaría aceptar que el destino y la tranquilidad del pueblo norteamericano y quizá del mundo civilizado dependerá del estado de ánimo de unos fanáticos asesinos. Además olvidan que sería una invitación a los terroristas a continuar con esta estrategia sin recibir castigo y también un mensaje de que refugiarse entre civiles inocentes y bajo la protección de gobiernos antiamericanos es una forma segura de sobrevivir.
Los "pacifistas" se atienen a toda clase de excusas para justificar su oposición a al guerra. Como ejemplo se dice que es inaceptable cualquier costo en vidas humanas que tenga que pagar el pueblo de Afganistán. Que no se están atacando las raíces del problema del terrorismo. Que los terroristas deben tener un juicio justo. Que estas acciones provocarán más actos de terrorismo en los Estados Unidos. De ser tomadas en cuenta cualquier gobierno se vería totalmente atado de manos para salvaguardar su seguridad.
Apegarse a marcos jurídicos para combatir a los terroristas como piden también los "pacifistas" igualmente sería imprudente. Pedir la extradición de Bin Laden al gobierno Talibán e intentar presentarles pruebas suficientes que acrediten la culpabilidad a los ojos de sus protectores sería pecar de ingenuos. Intentar aprehender vivos a los terroristas y juzgarlos en una corte tendría costos inaceptables sobre todo en tiempo si lo que realmente se quiere es acabar con el terrorismo. Para colmo, encarcelarlos inevitablemente resultaría en nuevos ataques terroristas para liberar a los terroristas presos y les formaría un aura de martirio peor que el que se les creará si caen abatidos por las balas. Ahí está el caso de Abimael Guzmán en Perú, como ejemplo vivo de esto.
Seguramente escucharemos por mucho tiempo muchos argumentos contra esta guerra, y también los rumores y propaganda que promueven los abundantes resentidos contra Estados Unidos. Es fácil inventar conspiraciones y oscuros intereses detrás de las acciones de este país en Afganistán, ya que hasta las acciones que realiza por motivos humanitarios despiertan sospechas y exaltan a los resentidos. En realidad, Estados Unidos no son ni el ángel guardián ni el policía del mundo ni han pretendido serlo aunque muchos así lo crean. Si los Talibanes no estuvieran protegiendo a grupos terroristas hoy, podrían seguir alegremente cometiendo atrocidades en contra de su población. También es cierto que Estados Unidos actúa con gran celeridad cuando de defender sus intereses se trata, ¿acaso no todo el mundo lo hace o debería hacerlo? En este caso es la seguridad y la tranquilidad de sus ciudadanos lo que está en juego.
La guerra siempre tiene costos entre gente inocente y es evidente que habrá bajas civiles en las operaciones en Afganistán. Lo único que quizá puede justificar el sufrimiento y la pérdida de vidas humanas es que con estas acciones se evitarán mayores sufrimientos y pérdida de vidas dentro y fuera de Afganistán. En Afganistan puede ser derrocado el gobierno Talibán, pero no debemos esperar que de esto resulte un gobierno mucho más justo y democrático que el actual, pues no hay ninguna opción política o militar en este país que garantice eso, aunque al menos la Alianza del Norte no tiene el mismo viso genocida y fanático que los Talibanes. En cualquier caso, el tiempo dirá si triunfó la razón o esta guerra produjo el encumbramiento de otro grupo opresor más y que quizá también aliente el terrorismo. Pero este último escenario es lo que menos importa a los neopacifistas. Para estos últimos, lo único que importa es salir en la foto del periódico y los aplausos lisonjeros.