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Un Mes Después
Por Jeffrey Andrews

Una emotiva ceremonia matinal rompía la rutina de este jueves. Se conmemoraba el primer mes de los atentados en Estados Unidos. Formado ahí en el patio escolar, en el frío de la mañana no podía, por más que lo intentaba, concentrarme en las palabras del orador. En mi cabeza resonaban aún las palabras del himno que canté el domingo en la parroquia y que ahora repetían sin cesar.

"Gracia sorprendente,
qué dulce eres,
por salvar a un desventurado como yo" 1

La ceremonia transcurrió de manera más o menos nebulosa. Al terminar, nos dijeron que entonáramos el himno nacional, y nos enviaron a nuestros respectivos salones de clase.

Al iniciar la cansada rutina que conforma la vida escolar, ya estaba peor dispuesto. La maestra nos pidió que sacáramos un papel y lápiz para un examen sorpresa, supongo que con alguna oscura buena intención. En ese momento fue que decidí escaparme de la escuela.

Cuando salimos hacia la clase de deportes, me escondí en el baño hasta que pasó el revuelo causado por el cambio de clases. Después, me dirigí a la puerta y salí sin mayor problema. Es curioso que desde los tiroteos escolares que vienen asolando las escuelas de mi país, se ha incrementado la seguridad para evitar que los extraños entren a la escuela o se introduzcan armas, pero no para impedir que los alumnos se escapen, lo que es un poco tonto pues en todos esos tiroteos han estado involucrados alumnos. No pude dejar de pensar en ese momento en la gente que injustamente es impedida de viajar en avión porque usa turbante o parece practicante del Islam, siendo que los terroristas que secuestraron los aviones iban vestidos como cualquier occidental. A veces me pregunto si estamos en buenas manos.

Aparté esos pensamientos de mi cabeza, pues todavía me podían detectar y regresar a la escuela. Corrí hacia los arbustos adyacentes al muro exterior, y protegido por ellos me dirigí hacia la esquina. Voltee a ambos lados para ver si no venían coches, policías, padres de familia o maestros y, una vez que vi la vía de escape libre, corrí al otro lado de la calle. Al dar la vuelta a la esquina, por fin me sentí libre.

Comencé a caminar. Mi escuela está en un área de Washington que es bastante segura siempre y cuando uno sea pandillero y tenga al menos 20 años de edad. Como no es mi caso, caminé tratando de pasar desapercibido, y así me fui adentrando en vecindarios que no conocía.

Después de un rato llegué a una calle donde, al parecer, abundaban las familias italianas, como lo atestiguaban la multitud de pizzerías y los típicos restaurantes de comida italiana. Entre en uno de ellos pues tenía sed y mi cantimplora estaba casi vacía. Pedí que me la llenaran con agua y compré dos bisquets. Una señora italiana, gorda, colorada y muy amable, me dio el agua, los bisquets y un apretón de cachetes que, por lo que he visto, es obligatorio en estos casos. Me dijo que tuviera cuidado y que fuera a mi casa, asumiendo que había faltado a clases por enfermedad. Me cuidé de decirle que me había fugado de la escuela para no preocuparla, y la dejé barriendo y cantando en su risueño restaurante.

Caminé varias calles más. Al dar la vuelta en una esquina, me topé con un grupo de alrededor de diez adolescentes como de 16 años. Cuando uno tiene mi edad, ese encuentro puede ser temible, pero tan sólo me miraron un tanto sorprendidos. Como sea, no era momento de presionar más mi suerte y seguí mi camino.

Crucé una plaza y unas canchas de basquetból, y estaba por cruzar una calle más cuando vi una patrulla que venía en dirección hacia mí. Pensé que era el final de mi aventura porque la policía tiene la consigna de detener a quienes huyen de la escuela, y yo me veía completamente fuera de lugar en ese vecindario, así que no podía inventar que estaba enfermo y por eso no fui a la escuela. Pasaron junto a mí, y mi vista se cruzó con la de uno de los policías. Su lánguida y ausente mirada me indicó que tenía la mente puesta en asuntos más importantes que en perseguir mocosos fugados de escuelas elementales.

Dos calles más adelante unas guapas chicas negras, como de 14 años, jugaban algo parecido al voleiból. Me les quedé viendo un rato, pero empezaron a hacer comentarios entre ellas y a reírse, naturalmente de mí. Así que decidí seguir con mis asuntos y mi recorrido.

Seguí caminando y en mi cabeza seguía repitiéndose interminablemente "gracia sorprendente, que dulce ...". Intenté apartarla de mi mente tarareando otra canción, y en eso estaba cuando al dar la vuelta en una esquina me tope con un hombre que a todas luces era musulmán. Casi me di de bruces con él, y me le quedé viendo y él a mí. Tendría algo así como cincuenta años, de facciones amables, barba larga y cerrada, un poco canosa. Me vio con cierta timidez. Seguramente había sido objeto de insultos y reclamos injustos, como ha ocurrido con frecuencia desde el día de los ataques, y esperaba alguna agresión de mi parte. De algún modo me sentí culpable por todas esas ofensas que jamás he cometido. Le sonreí, le di la mano y seguí con mi camino. Al llegar a la esquina vi que seguía mirándome, y le dije adiós con la mano. Él hizo otro tanto.

Después de un rodeo, llegué a la reja exterior de la Casa Blanca. Creo que es la Avenida Pennsylvania número 1600, pero nunca lo sé con precisión. Uno no se fija mucho en los nombres de las calles cuando todavía cuenta con una mamá que lo lleva a uno en auto a todos lados. Me detuve un momento ahí, agarrándome de los barrotes como lo haría un prisionero. Tengo una foto de hace como dos años, donde estoy parado frente a la Casa Blanca. En aquel momento jamás hubiera imaginado que el edificio que tanto me gustó me produciría un estremecimiento. Sabiendo que el futuro de buena parte de lo que conocemos como mundo actual se urdía en alguno de sus muchos salones, preferí seguir caminando y no pensar más en eso.

Caminé sin parar de nuevo y llegué a una avenida grande. Al otro lado del río estaba el Pentágono, pero había que atravesar un puente y ya tenía mucha sed nuevamente. Había caminado mucho tiempo, no sé cuanto. Pero me dolían los pies y las piernas, y me había acabado toda el agua. Un señor, quizá mexicano, vendía bolsas con naranjas en una esquina y le compré una. Luego vino el difícil procedimiento de quitarle la cáscara a uña limpia, porque ya no puedo llevar mi navaja a mi escuela. Me senté en un banco, puse mi mochila a modo de almohada, me quité los tenis y los calcetines y recostado, comencé a comer las naranjas. ¡Qué dulces eran! Mitigaron totalmente mi sed y, en buena medida, mi hambre. Guardé algunas para más tarde. Nunca se sabe cuando se volverá a tener hambre, y pensando en eso me di cuenta que no tenía un itinerario planeado, así que no sabía cuándo ni cómo habría de terminar mi caminata.

Estaba tan cerca del Monumento a Lincoln, que decidí dar una vuelta por ahí. Al ver su rostro adusto y sereno, me pregunté qué pensaría él de todo esto; qué haría él de ser presidente en estos difíciles momentos. Son respuestas que no pude imaginar.

Regresé hacia el puente y comencé a cruzarlo. El sol, muy fuerte, era parecido a ese que hay los primeros días de enero, pues picaba mucho en la piel pero no lograba calentarme, y sentí frío.

Por fin vi el Pentágono. Es curioso, pero después de tantos años de vivir cerca, jamás le había puesto atención. Alrededor de la zona donde pegó el avión, había una línea amarilla para impedir el paso. La ignoré y pasé debajo de ella, pero no había caminado ni tres pasos cuando un oficial de policía me gritó que me detuviera y fue en pos de mí. Me eché a correr y, al salir del área cercada, dejó de perseguirme. Más adelante, volví a intentarlo y otro policía me persiguió, pero en esta ocasión sí me atrapó. Me interrogó y, cosa sorprendente, revisó mi mochila. Mi aspecto no es de musulmán ni de terrorista, pero igualmente tuve que soportar la revisión. De momento pensé en regalarle una naranja, pero me detuve. Bastante había hecho con regalarle mi libertad en este momento y todos los demás que vendrán más adelante, conforme la seguridad excesiva supere las libertades de la gente y esta forma de fascismo ligero vaya penetrando la forma de vida en Estados Unidos.

Pensé que iba a detenerme, pero me dejó ir. Así que comencé a caminar alrededor del Pentágono. Es muy grande, y no llevaba más que un tramo recorrido cuando oí un grito estridente e inconfundible. "¡Jeffrey, ven aquí!" Era mi mamá, que me gritaba como loca desde su automóvil. Eso es lo malo del anonimato de las grandes ciudades: que nunca se cuenta con él cuando más se le necesita. Ni hablar, tuve que subirme al coche con ella y disponerme al sermón.

Mientras mi mamá, como toda buena madre, me regañaba yo, como todo buen hijo, fingía arrepentimiento. Pero mi mente divagaba. Rápidamente, en sucesión, pasaban frente a la ventanilla, a modo de complemento de lo que vi durante el día, imágenes cotidianas: una señora que limpiaba su balcón, el policía que ayudaba a cruzar la calle a una anciana, el joven rapero que bailaba en la banqueta, el grupo de jóvenes que bromeaban entre ellos. Súbitamente, recordé el final del himno.

estaba perdido, pero ya no,
estaba ciego, pero ahora veo" 2

Y en ese momento me di cuenta de algo. Que Estados Unidos no es un ejército, no es una fuerza vengadora, no es un país mancillado por el terrorismo, no es un lugar donde la paranoia libra una batalla contra la libertad ciudadana. Tampoco es un simple concepto, una bandera y menos un territorio. Estados Unidos es esa señora que hornea pan, es ese señor que vende naranjas, es ese niño que pasea a su perro, es esa muchacha que corre a alcanzar un taxi, es ese violinista que toca en la entrada del metro. Es, en fin, la suma de los cotidianos de todos los que aquí vivimos. Los que sabemos que nuestro país es grande y fuerte y que los malos momentos son pasajeros. En la luz del atardecer, comprendí la fortaleza que todos juntos producimos. Y me sentí orgulloso de vivir junto al irlandés sincero, el musulmán amable, el judío culto, el italiano apasionado, el mexicano trabajador, el guatemalteco sensible, el australiano alegre. Sentí la alegría de estar junto a todas esas personas que vienen a ser uno con nosotros. Que no nacieron aquí, pero que vinieron a reír nuestras alegrías y a llorar con nosotros en momentos como este. Me sentí orgulloso y feliz de formar parte de una gran familia que llevará a este país, atravesando venturosamente las tinieblas de hoy, hacia un mañana mejor.


1Amazing grace,
how sweet the sound,
that saved a wretch like me.

2 I once was lost, but now am found,
Was blind, but now I see.

Nota del Editor. Jeffrey Andrews, de 10 años, es residente de Baltimore, Maryland, y desde los 8 escribe crónicas y cuentos.
Por instrucciones expresas del autor, el texto puede ser copiado y reproducido libremente citando como fuentes Panóptico y/o The NewStar Magazine y/o The Sydney Sun.

© Panóptico, Jeffrey Andrews
Octubre 15, 2001