Son más efectivas las balas certeras
que los discursos agudos
Bismark
A casi un mes que comenzaron los ataques terroristas sobre Estados Unidos, no se tiene la certeza de que en realidad hayan cesado. Los recientes brotes de ántrax en Florida y Nueva York así lo atestiguan. No es pecar de pesimista o alarmista esperar que se presenten nuevos atentados, no tanto por la amenaza de Bin Laden como por la casi seguridad de que en el territorio aún hay presentes miembros de Al–Qaeda, con capacidad suficiente para seguir cometiendo atentados de diversa índole. La modalidad y expresión de cada uno de ellos es aún un misterio.
La respuesta estadounidense se ha limitado, al momento, a ataques aéreos sobre el territorio afgano, que han dejado como saldo una inutilización casi completa de sus armas antiaéreas y sus aeropuertos, pero no han hecho mella en las fuerzas terrestres. Son éstas las que finalmente preocupan a la alianza que Estados Unidos ha formado con varios países. El uso de armas para erradicarlos tendría un alto costo en víctimas civiles. Una respuesta justa, dirigida únicamente contra los terroristas y quienes los apoyan, ha resultado más fácil en las palabras que en la acción. La elusividad de los terroristas, su organización en células y la práctica del secreto y la infiltración en el marco del fanatismo de un Islam mal interpretado, hace casi imposible la tarea de identificarlos con certeza y aislarlos. Pero aunque se pudiera hacer esto con relativa facilidad, queda el problema de eliminarlos sin hacer lo mismo con la gente inocente que a sabiendas o sin darse cuenta los rodea. Deben entenderse que es imposible destruir a los terroristas mientras el régimen Talibán, que los incuba y protege, siga en pie.
Más allá de la persecución de Bin Laden y Al–Qaeda, derrocar al Talibán debe ser el objetivo principal de los ataques. Cualquier otra ganancia, incluida la muerte de Bin Laden o el aislamiento y eliminación de los terroristas, no tiene significado e importancia si se deja en pie un régimen que, además de oprimir a su propia gente, es un caldo de cultivo para nuevos atentados terroristas. Para eso deberán morir bastantes inocentes. Es cierto que la muerte de inocentes no se justifica jamás, pero también hay que asumir de antemano que las habrá, pues es imposible separarlos de aquellos que los apoyan o, peor aún, que están siendo usados como escudos humanos por el Talibán.
Una respuesta justa será aquella que evite una gran mortandad de inocentes, sí. Los talibanes matan mujeres, vejan niñas y usan a su población como escudos humanos. Por eso la destrucción total del Talibán es una prioridad. Es, indudablemente, el objetivo principal de una respuesta justa.
Esta imposibilidad de realizar una guerra tan quirúrgica y selectiva como se pretende, tuvo ayer su primer error costoso. Durante los bombardeos, se derribó una mezquita. Si este tipo de errores tácticos comienzan a hacerse cotidianos, las alianzas con el mundo musulmán se romperán y nadie sabe que podrá ocurrir en este caso. El impacto de un misil estadounidense en la embajada de China cuando los ataques sobre Kosovo tuvieron al mundo a un paso de la ruptura del bloque aliado y, de hecho, de un conflicto diplomático grave entre China y Estados Unidos. Ahora, la alianza con los árabes, paquistaníes y palestinos ahora es no sólo estratégica, sino indispensable para poder continuar con la incursión en Afganistán. De alienarse el mundo musulmán, la guerra será interminable y tarde o temprano se forzará a alguna de las partes al uso de armas altamente letales.
Se aproximan tiempos difíciles, y no sólo para Estados Unidos. Costará mucho trabajo salir venturosos de esta guerra y podría ser que el Talibán no desaparezca sino que se fortalezca, básicamente porque hay una gran debilidad estructural en el ejército de Estados Unidos y porque ahora las guerras se libran con especial inepcia. Sólo así puede explicarse que Saddam Hussein siga vivo.
La guerra contra el terrorismo es una guerra justa. La guerra para destruir el régimen Talibán es una guerra justa. Si no se pierden de vista en todo momento estos dos postulados, y se llevan a las últimas consecuencias las acciones para lograrlos, quizá antes de cinco años podamos ver una victoria aliada. El costo será enorme, pero no librarla sería peor.
El Talibán, junto con los terroristas, deberán desaparecer. Si esto no ocurre la guerra se habrá perdido. Son simples, pero difíciles de conseguir, estos dos objetivos fundamentales de una respuesta justa, y nadie los debe perder de vista.