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Evaluación de la Educación
Por Alberto Carrillo

Hace apenas unos meses se puso atención sobre la ausencia de evaluación de la educación en México. Aunque muchos ya se imaginan por dónde andamos no tenemos datos que nos indiquen con cierta certeza de qué calidad son nuestras instituciones educativas, la eficiencia del sistema de enseñanza, el nivel de cada escuela, el trabajo de cada maestro, en qué áreas estamos fallando más, etc.

Se han realizado gran cantidad de evaluaciones y se han desperdiciado durante décadas. Todos los años se realizan exámenes en formato especial para ser procesados por computadora, uno por semestre en cada año de primaria; un examen de diagnóstico finalizando el sexto año de primaria; el examen de admisión a secundaria; el examen de admisión a nivel bachillerato; y los exámenes de admisión a universidades. ¿Dónde están esos resultados?

El problema que origina ocultar esta información es complejo. Hay complicidad de todas las partes, pues los resultados de las evaluaciones pondrían en evidencia que autoridades, maestros y padres de familia colaboran para proteger un sistema altamente ineficiente, mientras fingen que todo está bien. En particular, casi todos los maestros, como buenos burócratas, hacen mucho menos de lo que deberían hacer. Obviamente no desean que se conozcan los resultados pues no quieren ser expuestos al escrutinio público. Probablemente por eso a la mayoría no les molesta tanto que se les obligue a aprobar a sus alumnos. Las buenas intenciones de las autoridades – reales o supuestas – se diluyen en la necesidad política de mantener la lealtad del gremio y de evitar en lo posible las manifestaciones de inconformidad. Por otro lado el dar a conocer los resultados pondría en evidencia su incapacidad como autoridades para manejar el sistema educativo. Prefieren inventar nuevas modalidades de evaluación para evitar los altos niveles de reprobación. Del otro lado los padres de familia prefieren vivir en la feliz ilusión de que sus hijos están aprendiendo. Mientras sigan recibiendo calificaciones aprobatorias ellos no se quejarán de un sistema que si acaso les exige que participen en la educación de sus hijos firmando sus boletas de calificaciones.

Se ha mencionado que al magisterio le ofenden los resultados. Pero eso es una aberración, pues en todo caso los resultados, si fueran dados a conocer, deberían ofender pero a la sociedad. Al magisterio más bien le deberían avergonzar los resultados.

Antes de conocerlos ya muchos se imaginaban por donde andaban los resultados, pues no es un secreto la mala calidad de la educación en México. Muchos argumentos se utilizan como justificación para lo que es más que evidente: los alumnos de escuelas públicas de todos los niveles y de escuelas privadas de baja calidad muestran enormes deficiencias en todas las áreas.

Hace unos días se dieron a conocer los resultados para México de una evaluación internacional para primarias y secundarias, llevada a cabo en 1995. Durante seis años se ocultaron los resultados en México, y a escala internacional tampoco se dieron a conocer a petición de las autoridades mexicanas. La razón: estamos en último lugar en la evaluación internacional en matemáticas y ciencias en la que participaron cuarenta países. Aun así, autoridades y gente del gremio desestiman los resultados. Ante las evidencias hay quienes se niegan a aceptar la realidad. Se ha dicho que no se dieron a conocer para no desanimar a quienes trabajan en esta área. Que no se dieron a conocer porque no se conocía la metodología empleada para evaluar y por lo tanto se tienen dudas de la veracidad de los resultados. También se ha dicho que fueron muy pocos los países evaluados y que de haber sido más México no habría quedado en último lugar. Quizá.

No son pocos los que defienden el trabajo de los maestros. El presidente Fox no pierde oportunidad para hacer un reconocimiento a los 70 años de logros en la educación y elogiar el trabajo del magisterio. Tal parece que olvida o ignora el bajísimo nivel en el que se encuentra la educación en el país. Es de suponer que lo hace porque no quiere contrariar al PRI y al magisterio. Pero en la campaña electoral el mismo Fox daba muy poco valor a lo hecho por el PRI y reconocía la urgente necesidad de mejorar la calidad del sistema educativo. Al principio parecía que había elegido la estrategia de no confrontar al magisterio para después de alguna manera convencerlos de mejorar su trabajo. Pero hasta ahora sólo ha aplicado la parte de no confrontar al magisterio. Durante diez meses no se hizo nada a pesar de que ya existía un proyecto elaborado en el periodo de transición.

El 28 de septiembre apenas se dio a conocer el Programa Nacional de Educación 2001–2006 el cual anuncia gran cantidad de cambios – híbridos entre buenos deseos y utopías que no habrán de realizarse – en el campo educativo. Los cambios propuestos afectan los intereses de los maestros y del sindicato, por lo que es de esperarse que se defiendan por todos los medios a su alcance para mantener el nivel actual. De hecho, ya comenzaron a poner condiciones. Mientras este gobierno, como todos los anteriores, tenga más miedo a la inconformidad del sindicato de maestros que a la de la ciudadanía – la que por cierto rara vez manifiesta su malestar – continuará con la misma estrategia de llevarla por la buena y no realizará verdaderos cambios en el sector educativo. A pesar de los anuncios y los buenos deseos es probable que el gobierno foxista seguirá consintiendo y protegiendo al magisterio y a su sindicato, con el que por cierto tiene actualmente muy buenas relaciones.

La evaluación del sistema educativo es la gran novedad en el proyecto del gobierno y de llevarse a cabo de la manera correcta será imposible dejar de ver la realidad de la educación en el país y de los avances logrados. Pero no debemos subestimar la gran capacidad de los mexicanos para evadir la realidad y evitar confrontar los problemas. Es probable que de alguna manera gobierno, magisterio y ciudadanía se las arreglen para no llevar a cabo los tan necesarios cambios y que los resultados de las evaluaciones sean maquillados antes de ser dados a conocer. Recordemos el caso de la UNAM donde los cambios que necesita llevan décadas estancados entre intentos de reformas, huelgas, indecisión, marasmo y sabotajes.

Si las evaluaciones se dejan en manos de los mismos maestros, de la SEP o se permite la intromisión del sindicato de maestros, indudablemente serán manipuladas para dar una mejor apariencia a los resultados. Por eso resulta alentador que los planes del gobierno contemplen que las evaluaciones a la educación sean llevadas a cabo por una institución independiente, la cual se creará en el 2002. Esta medida generará inconformidad en el magisterio – el sindicato ya ha manifestado su intención de participar en las evaluaciones – y corre peligro de ser rechazada. Recordemos el caso del CENEVAL en la UNAM.

En México no existe la cultura de la evaluación. Lo que existe es la cultura de hacerse tontos a la hora de evaluar. Tanto alumnos como maestros dicen no a los exámenes. En todos los niveles los alumnos piden otras formas de evaluación. Hasta los egresados de universidades públicas se niegan a ser evaluados por el CENEVAL. Los maestros critican la validez de las evaluaciones y dudan de los criterios empleados en ellas, pero el instrumento contraparte de Estados Unidos, el SAT, ha dado buenos resultados por décadas y no hay quien dude de su validez o se rebele contra su aplicación. Algunos dicen que los exámenes no evalúan todas las capacidades de los alumnos, pero quienes lo dicen tampoco aportan métodos de evaluación más eficientes. Tal parece que con el pretexto de que los exámenes son injustos se justifica el empleo de métodos todavía más injustos e ineficientes, o de plano se deja de evaluar. En la Universidad de la Ciudad de México, creada recientemente por el gobierno de López Obrador, no se realizó examen de admisión a los aspirantes a ingresar por considerarse injusto. En cambio se realizó un sorteo que permite por igual el ingreso o rechazo de cualquier alumno independientemente de sus capacidades o conocimientos. Algo similar ocurre en planteles de ínfima categoría conocidos como Preparatorias Populares. Con esta misma filosofía quizá pronto cambien el sistema de calificaciones para otorgar a todos los alumnos la misma calificación en los cursos por parecerles más justo, o tal vez califiquen por medio de un sorteo ante lo injusto que resulta que cada alumno se gane su calificación por medio de un examen. El antielitismo siempre es la promoción descarada de la mediocridad.

El nuevo programa gubernamental para mejorar la educación está destinado al fracaso si sólo se pone énfasis en los grandes números y no en el trabajo de cada maestro. El proyecto del gobierno puede aumentar la inversión en educación, pagar más a los maestros, hacer nuevos libros de texto, modernizar el modelo de enseñanza, ampliar los horarios de clases y más, pero estos cambios no servirán de nada si cada maestro no está dispuesto a realizar un mayor trabajo y un mejor esfuerzo con cada alumno. Mientras se mantenga la misma tolerancia a los malos maestros y a los malos estudiantes el sistema seguirá dando los mismos resultados. Mientras sigan fluyendo incondicionalmente los cheques para los maestros y las calificaciones aprobatorias para los alumnos no habrá motivación para cambiar.

Hay demasiados factores contra el éxito del nuevo proyecto educativo. Un sistema que hace más reconocimientos a la antigüedad de los malos maestros que a la buena labor de los mejores maestros, no podrá jamás cambiar para bien. Pero por encima del problema representado por padres de familia acostumbrados a la desidia de no participar en el aprendizaje de sus hijos, de dirigentes magisteriales acostumbrados a justificar los malos resultados, de autoridades educativas preocupadas por la apariencia de que el sistema funciona, hay un mal peor. El representado por un gobierno débil, preocupado más por su popularidad que por los resultados de su trabajo.

© Panóptico, Alberto Carrillo
Noviembre 5, 2001