Pocas cosas han hecho más daño
que la creencia por parte de individuos o grupos
(o tribus o Estados o naciones o iglesias)
de que ellos, o él o ella,
son los únicos poseedores de la verdad.
Isaiah Berlin
El pasado 11 de septiembre fuimos testigos de hechos inéditos que asombraron a todo el mundo. Estados Unidos sufrió una ola de ataques terroristas en su capital política, y en su centro financiero y comercial. Ninguna fuerza de reacción inmediata, sistema de inteligencia o infraestructura de defensa militar pudo evitar la acción de un reducido grupo de terroristas que, sin hacer uso de una alta tecnología bélica, fue capaz de derrumbar las emblemáticas Torres Gemelas de Nueva York, y dañar el edificio del Pentágono en Washington, dejando una estela de más de cinco mil muertos y miles de millones de dólares en pérdidas materiales. Ese día el mundo perdió la ilusión mediática de la superpotencia invulnerable.
Nadie puede minimizar la dimensión de la tragedia, pero ocurrido el terrible hecho, éste merece un análisis sereno y objetivo, evitando en lo posible el maniqueísmo y la sobresimplificación que han acompañado en estos días a la opinión pública, tanto de lado de los apologistas incondicionales del american way of life, como de sus detractores que aún operan sobre la base de intuiciones en prejuicios, complejos, sospechas y conjuras.
Estados Unidos fue duramente golpeado en edificios emblemáticos de los valores que los estadounidenses dicen representar y defender. Se trató de una tragedia humana de horrendas magnitudes y de un ataque directo a la economía, la política y la cultura de Estados Unidos. El atentado fue perpetrado por un grupo de fanáticos. No puede llamársele de otra forma a un grupo que, invocando convicciones religiosas, ataca de manera despiadada y cruel a miles de civiles inocentes. Un grupo que está en contra no sólo de la política exterior norteamericana, sino de su forma de vida, y que la combate por la vía del terrorismo. Un grupo que con su acción atentó contra un país y degradó la dignidad humana.
Todo acto de violencia anula el camino de la razón. El terrorismo, en tanto violencia indiscriminada, transita por un callejón de odio irracional alimentado por ideologías políticas, sociales, culturales o religiosas. Los atentados del 11 de septiembre son resultado de convicciones personales y de grupo, acrisoladas bajo creencias religiosas enraizadas en pretensiones dogmáticas de redención e inmolación. Se trata de una prolongación fanática del régimen de terror que los Talibanes han impuesto al pueblo de Afganistán: del uso de la burka a la interpretación ortodoxa del Corán, del azote como castigo por un delito menor a la pena de muerte por herejía, de la proscripción de los medios de comunicación al cierre de universidades, del reclutamiento militar obligatorio a la miseria estructural de una economía devastada.
El régimen Talibán, y el grupo Al Qaeda que encabeza Osama Bin Ladem, son la manifestación más reciente del integrismo musulmán. Roger Garaudy, en su libro Los integrismos, Ensayo sobre los fundamentalismos en el mundo, define de manera acertada las características de todo movimiento integrista: "el integrismo consiste en identificar una fe religiosa o política con la forma cultural o institucional que pudo revestir en una época anterior de su historia. Creer, pues, que se posee una verdad absoluta e imponerla" (Gedisa 1991, p. 13). Se trata de una mezcla perversa de dogmatismo religioso e ideología militarista que, como afirma este mismo autor, niega toda posibilidad de diálogo desde el momento en que un grupo se considera poseedor de "la verdad", y por lo tanto, con la suficiente legitimidad para imponerla por cualquier medio a todo aquel que sea contrario a ella. Garaudy identifica varios factores que explican el surgimiento del integrismo musulmán: la represión de la identidad cultural local, la concepción de una decadencia moral de occidente, la política de los dirigentes israelíes y la preponderancia de Arabia Saudí en el mundo musulmán. Se tratan de factores que reflejan una reacción a la imposición externa de modelos o formas de vida, por medio de la recuperación de tradiciones comunitarias en torno a la religión, la cultura, o la civilización a la que se pertenece.
De ninguna manera se puede equiparar el integrismo musulmán con todos los países árabes o con el Islam. El integrismo musulmán es un movimiento marginal en el mundo árabe y dentro del Islam. El calificativo de árabe se aplica a regiones del oriente medio por razones estrictamente geográficas. El Islam rebasa las fronteras del mundo árabe, de manera que podemos ver musulmanes en todo el mundo: hindúes, franceses o norteamericanos. Se trata de una religión que proclama la paz y el respeto al individuo, y cuya posibilidad de intolerancia es prácticamente la misma que cualquier otra religión que dogmáticamente pretende detentar una verdad divina, única y revelada. La imagen negativa que asocia al Islam y a todo el mundo árabe con hordas de fanáticos religiosos es una imagen distorsionada de la realidad; resultado, según la opinión de Ahmed y Donnan, de la influencia de los medios de comunicación que en ocasiones reflejan de manera objetiva algunos barbarismos del mundo árabe, pero en otras, resultan en simples caricaturizaciones y estereotipos que ponen al Islam en su conjunto como "el nuevo enemigo después del comunismo" (Ahmed A. y Donnan H., "Islam in the age of postmodernity", en Islam, Globalization and Postmodernity, Routledge, London, 1994, p. 9).
Por lo tanto, afirmar como lo han hecho varios analistas - recuperando la tan traída frase de Samuel Huntington -, que estamos frente a un "choque de civilizaciones", no es del todo correcto. No se trata del mundo occidental en franca cruzada contra el Islam y el mundo árabe. Incluso, el concepto mismo de Huntington falla al atribuirle a la religión el papel distintivo entre civilizaciones (véase Huntington S., El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Paidós, 1998). El integrismo no es el rasgo preponderante del Islam, así como el Islam no se circunscribe exclusivamente a los países árabes. Lo mismo sucede con occidente y el cristianismo, cuyas fronteras no son simétricas y sus manifestaciones son múltiples y derivadas de las diferencias entre católicos, protestantes y cientos de sectas de inspiración cristiana. Más aún, hay otros múltiples factores que caracterizan a occidente además del cristianismo. No podemos hablar del mundo occidental y el mundo árabe como si se trataran de mundos separados o distantes, entre ellos hay influencias recíprocas (qué sería de occidente si Averroes y Avicena no hubieran recuperado el mundo griego de Platón y Aristóteles) y planos geográficos, históricos, culturales y sociales yuxtapuestos.
Si contraponer el mundo occidental y el mundo árabe no es del todo acertado, tampoco lo es no diferenciar las dos partes de este conflicto: Estados Unidos y sus aliados occidentales, frente al integrismo musulmán representado por el régimen Talibán y la organización Al Qaeda. Y aunque Bin Ladem es producto de la política exterior norteamericana, como lo fue Noriega en Panamá o Hussein en Irak, son dos grupos muy diferenciados con valores totalmente opuestos. Occidente también tuvo y tiene sus integrismos: de las Cruzadas y la Inquisición, a los fanatismos religiosos, el apartheid y el nacionalismo beligerante; pero la nota distintiva de la evolución de los países occidentales al igual que varios países árabes, apunta hacia una organización económica, social y política, sustentada en el libre mercado, los derechos humanos y la democracia; valores ausentes y perseguidos por el régimen político de Afganistán.
Lo anterior, nos lleva a otro punto de reflexión. Además de la revisión que los norteamericanos están haciendo sobre su política de seguridad nacional debe haber un replanteamiento de su política exterior. ¿Vale la pena continuar con una política exterior como la caracterizada por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, si ésta pone en riesgo la seguridad interna de sus ciudadanos? ¿Es válido hablar como lo hizo el presidente George Bush en su discurso al Congreso de "duelo convertido en ira", "lucha por la civilización", "estar con nosotros o con los terroristas"? Sería muy lamentable que las víctimas inocentes del 11 de septiembre murieran en vano, y su trágica muerte no incentivara este ejercicio de reflexión, y en cambio, desatara un discurso de ira y venganza como el que hemos presenciado estos días, pues son precisamente estos sentimientos los que llevó a un puñado de hombres a cometer los terribles atentados.
Los acontecimientos de Nueva York y Washington también deben influir en la política interior de EU que al compararla con su política exterior muestra un discurso de doble moral: critica el belicismo terrorista pero defiende el derecho de todo norteamericano a estar armado al grado de ser un derecho fundamental; tacha de fanáticos a los Talibanes y olvida a sus cientos de fanáticos locales que también fomentan el odio, la intolerancia y la discriminación; se erige como el paladín de la libertad de prensa pero censura abiertamente a sus medios de comunicación; pide cooperación mundial para castigar a los terroristas pero es tibio para apoyar a la justicia internacional, comprometerse con la protección del medio ambiente, o impulsar el desarrollo social de otras naciones.
Los hechos ocurridos y su actual desarrollo obligan a replantear también el papel de las agencias internacionales, en especial el de la ONU, la cual ha sido ineficiente para coordinar esfuerzos que permitan evitar este tipo de conflictos mundiales, y no ha contribuido a su solución por la vía diplomática.
No puede justificarse ningún tipo de violencia, ni la desencadenada por los grupos terroristas, ni la que fomentan algunas potencias económicas a través de su política exterior, hacerlo es legitimar cualquier agresión, ataque terrorista o combate militar. Estados Unidos está haciendo una demostración de fuerza que a todo mundo ha quedado claro, pero no debe olvidar que persigue a un enemigo no convencional: es una organización terrorista que no ocupa un territorio específico, es una red internacional que opera de forma clandestina dentro y fuera de Estados Unidos, que tiene la capacidad de utilizar armamentos químicos y bacteriológicos, y seguidores fanáticos dispuestos al autosacrificio. En la solución del conflicto se debe cerrar filas en contra del terrorismo, pero también en contra de la violencia indiscriminada que niega la vía diplomática como solución de un conflicto internacional.
Haciendo un paralelismo histórico podríamos preguntar hacia el futuro: así como la caída del Muro de Berlín representó el fin del socialismo real y el cierre de una época que algunos historiadores inician en 1914, ¿la caída de las Torres Gemelas de Nueva York representará el fin de un paradigma con pretensiones mundiales? ¿será el inicio de una nueva era aún por definir a lo largo del siglo XXI? Espero que estos graves momentos sirvan para insistir en la importancia que tiene la razón, el diálogo y el respeto, en la solución de los conflictos personales y colectivos.