El descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming marcó un hito en la historia de la medicina. Las infecciones bacterianas, hasta entonces prácticamente mortales, por fin podían ser curadas. En ese momento se pensó que la guerra contra la enfermedad, al menos contra las infecciones, se iba ganando. Y en cierta medida así fue, pero por poco tiempo. Los antimicrobianos, popularmente conocidos como antibióticos, resultaron ser medicamentos muy útiles. Pero la evolución no se ha detenido. Y para seres vivos que se duplican cada pocos minutos, la posibilidad de engendrar individuos que pudieran defenderse del ataque de los antibióticos no era un reto mayor. Poco a poco, la resistencia contra los antibióticos pasó de ser un evento anecdótico a un problema de especial gravedad.
Cuando un antibiótico actúa sobre una población de bacterias susceptible, es capaz de destruirla completamente. Pero hay grados de susceptibilidad. Hay bacterias que mueren con dosis muy pequeñas de antibiótico, y otras que requieren concentraciones mayores del fármaco. Si éste se da en dosis insuficientes o por menos tiempo, los individuos menos susceptibles recuperan la población, y la posibilidad de supervivencia de los más resistentes aumenta.
Estas dosis ineficaces de antibióticos tuvieron dos orígenes principales. El uso de antibióticos en la cría del ganado es una práctica cotidiana. Empíricamente se ha visto que adicionar alguna cantidad de antibióticos al forraje y otro alimento del ganado hace que éste aumente más rápido de peso, lo que lo vuelve más rentable. Pero esta aplicación crónica de dosis pequeñas de antimicrobianos también ha generado la aparición de cepas altamente resistentes a los mismos.
Pero el entorno más violento en la generación de resistencia bacteriana se da en la medicina humana. En hospitales y domicilios, los pacientes que reciben dosis insuficientes de antibióticos o antibióticos de amplio espectro, comienzan a seleccionar sus poblaciones bacterianas. Poco a poco, el hospital y el paciente en sí se convierten en reservorios de bacterias muy resistentes y agresivas. En 1997, aparecieron algunas cepas de estafilococo dorado resistentes a la vancomicina. Éste es el único antibiótico que todavía era útil para cualquier bacteria de esta especie, por lo que el temor de que una cepa indestructible de estafilococo hubiera aparecido puso a temblar a los médicos. Afortunadamente, al final resultó que sí se pudo luchar contra estos estafilococos, pero la pregunta que persiste es cuándo aparecerá una cepa altamente resistente a todos los antibióticos actuales.
Conforme la resistencia bacteriana crece y se extiende, aparecen nuevos fármacos, cada vez más agresivos y caros. Cuando aparecieron los fármacos de la clase de las cefalosporinas, se creyó que ya se había logrado llegar a un límite tanto en precio como en eficacia. No fue así, y las cefalosporinas ya no son mayormente efectivas. Ahora la moda son las quinolonas del tipo del ciprofloxacino, tan comentado recientemente por el ántrax. Pero ya hay también bastante resistencia a este fármaco. Lo malo es que ya no solamente el problema es el alto costo, sino la toxicidad que algunas nuevas familias de fármacos muestran.
Es poco lo que el público en general puede hacer para luchar contra este fenómeno de resistencia. Por principio de cuentas, hay que evitar la automedicación. Los dependientes de farmacia no son médicos, y aunque saben para qué sirven los medicamentos, no saben investigar si el fármaco pudiese producir una alergia, si realmente sirve para la enfermedad que padece la persona y demás variables. Se basan, al igual que muchas personas, en "lo que le curó la tos" a otra persona.
Es indispensable entender también que el resfriado común no se cura con penicilina. Si usted está convencido de que cada vez que le inyectan "la penprocilina" la gripa se le quita, es sencillamente por el efecto placebo. La fe que usted le tiene a la medicina es la que finalmente lo cura, no el medicamento. A veces ni siquiera es eso, sino que después de cuatro o seis días, todos los resfriados se curan, sea que se use un medicamento o no. No hay un solo fármaco para curar el resfriado. Los llamados antigripales sólo descongestionan la nariz y lo hacen sentir menos molestia, pero no curan la enfermedad. En realidad, para el resfriado sólo sirven los remedios de la abuelita, que son muchos líquidos y reposo, y que favorecen una rápida curación y evitan las complicaciones.
Otro error grave es interrumpir los tratamientos con antibióticos cuando ya han pasado los síntomas de la enfermedad. Cuando un médico indica un antibiótico por 10 días, debe tomarlo esos 10 días, así los síntomas desaparezcan al cabo de 4 días de iniciado el tratamiento. Si lo interrumpe, las bacterias sobrevivientes volverán a colonizar su cuerpo. En el mejor de los casos, quedarán ahí agazapadas esperando la oportunidad de volverlo a enfermar. En el peor, volverán a enfermarlo y entonces, como fueron las más resistentes al fármaco que interrumpió, éste ya no servirá.
La resistencia bacteriana es un asunto muy grave. Es responsabilidad de todos evitar que se siga fortaleciendo. Acuda con su médico cuando esté enfermo. Su médico idealmente tiene la preparación para diagnosticar lo que usted padece e indicarle el fármaco adecuado por el tiempo recomendable.