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El Regreso
Por
Eduardo Liceaga Martínez
El perfil de la ciudad se dibujaba complejo en el horizonte. El sol se intuía engañosamente tras una bruma mortecina producida en parte por la contaminación y en parte porque acababa de llover copiosamente. El suelo, los edificios, las casas, todavía cubiertos por esa imperceptiblemente aromática capa de agua que queda tras una nutrida lluvia, lo llenaban todo. Espesos racimos de personas que se resguardaban bajo pequeñas techumbres, se empezaron a desgranar conforme cesaba la llovizna, dando la impresión de hormigas saliendo del hormiguero. Automóviles por todos lados circulando taciturnos, perdiendo el color a la caída del sol tras las azoteas. Algunas luces empezaron a salpicar la creciente penumbra y el aire era cruzado de vez en vez por sonidos huecos de algún silbato de policía dirigiendo el tránsito, algún conductor desesperado, un rechinido de llantas, gritos de confusión, la vida...
Entre uno de aquellos ramilletes de seres humanos, se apretujaba contra una fría cortina de metal un buen amigo que luchaba entre no ensuciar su único traje y no pisar a una viejita. No era ni alto ni bajo, ni flaco ni gordo, ni guapo ni feo, pero sus ojos brillaban intensamente y sus continuos movimientos nerviosos lo hacían notorio en cualquier lugar donde se paraba. De extracción humilde trabajó desde que tenía 7 años cargando bolsas en un mercado cercano a su casa. Con dificultad se financió su educación y ahora estaba a 3 meses para graduarse como licenciado en Economía. No sabía por qué, pero siempre caminó con prisa, siempre comió igual y siempre pensó del mismo modo.
La noche crecía inexorable, como su desesperación por llegar a su casa, ya que por la cita de trabajo que acababa de tener, había perdido las clases de la tarde. Un discreto puño de cabellos engominados cayó de su frente mojada, descomponiéndole el peinado. Se llamaba Luis y era el tercero de 5 hijos. Su padre emigró al Norte por mejores opciones y nunca regresó. Tal vez murió bajo las ruedas de un tren, tal vez hizo fortuna y se olvidó de sus hijos... Su madre, ahora vieja, había sido sirvienta, mesera, prostituta, cocinera y hasta veladora, pero jamás pudo salir de su desesperación para medio sostener a sus hijos. Ahora lo esperaba con un plato de sopa ardiendo en la estufa.
Es el momento pensó, al ver que la lluvia cejaba un poco. Empujó de la manera más decente que le fue posible a los que lo apretujaban contra la cortina de hierro, tomó sus papeles a manera de improvisado paraguas y corrió por la ancha avenida en dirección a la acera contraria. En su desesperación por llegar al otro lado no se dio cuenta que dos microbuses venían echando carreritas, ninguno de los dos había encendido todavía sus luces, no obstante lo avanzado de la penumbra. Cuando los sintió cerca, uno de ellos prácticamente ya lo había atropellado. Trató de rectificar la carrera, pero en el piso mojado resbalaron sus viejos zapatos recién boleados. Cayó de rodillas, alargó la mano izquierda como queriendo contener el impacto, sus ojos relampaguearon ansiosamente y sin decir palabra cayó arrollado como por una estampida de bisontes. Su cuerpo ensangrentado recorrió todavía varios metros antes de detenerse, la posición de la cabeza y las piernas echadas hacia atrás lo hacían ver como un grotesco muñeco desarticulado, pero todavía respiraba.
La gente se arremolinó en su derredor, una patrulla se estacionó tras su cuerpo para que no lo volvieran a atropellar y empezó la desesperante espera de una ambulancia. De hecho llegaron al mismo tiempo las dos: la que levanta a los heridos y la que levanta a los muertos; y se suscitó un curioso espectáculo. Los socorristas se recomendaron entre sí, por el estado del paciente, que era mejor dejar tirado al individuo en lo que se acababa de morir, y así, que se lo llevara la otra ambulancia... la de los muertitos. Así pasó, y los de la ambulancia de los muertos, sacaron su camilla, levantaron a Luis, lo pusieron en donde van los muertos, subieron a la cabina y se fueron al servicio médico forense; las personas privadas del circo de sangre siguieron su camino, recordando nuevamente a un grupo de hormigas privadas de un enorme pedazo de pastel; la patrulla inició su marcha; y en una humilde casita no muy lejana, la sopa que hervía en la vieja y ahumada olla, se consumió como se iba consumiendo la esperanza de aquella anciana que lo vio nacer.
Tiempo después, Luis abrió los ojos, su cuerpo se sentía extraño, es decir, en realidad no sentía cuerpo alguno. El lugar era templado y agradable, ningún sonido provenía de ningún lado y aunque una oscuridad lo llenaba todo, en realidad no llenaba nada. Bastaba dirigir la vista en determinada dirección para definir perfectamente lo que ocultaba la penumbra, lo más extraño es que no ocultaba mas que un vacío embriagador, cómo cuando se mira el cielo, como cuando se mira el mar. No reparó en ello de principio, pero una luz tenue, tan débil como la sensación de su cuerpo, se filtraba por todos lados y de ésta misma levísima luz parecía provenir el calor que lo confortaba. En un principio pensó que se encontraba acostado, sin embargo al reparar en ello se dio cuenta que en realidad "flotaba" del piso a cierta distancia, pero al momento de hacer movimientos para incorporarse sintió algo imposible de explicar. En realidad no existía ni arriba ni abajo ni ninguna dirección aparente. En efecto parecía que todos lados eran para todos lados y no había forma de determinar para dónde era dónde sino por la posición de la cabeza. Dicho de otro modo, para cualquier lado que se movía parecía estar "bien parado" en posición vertical, o si se acostaba, igualmente parecía estar "bien parado" en posición vertical. No cayó en desesperaciones porque la calidez de la luz que todo lo llenaba le parecía como un baño de agua templada después de un largo día de trabajo.
Bienvenido seas Esdra, te esperábamos desde siempre . Escuchó una voz cálida que también parecía emanar de la tenue luz que todo lo llenaba, pero al examinar con más detalle de donde venían esas palabras, se dio cuenta que venían de su propio interior, aunque la voz no era la suya y lo sabía. Del mismo modo y no obstante que se llamaba Luis, al ser nombrado Esdra por aquel extraño ser experimentó una profunda sensación de familiaridad y pertenencia. De pronto entre aquella penumbra extraña se trazaron tres filos luminosos, dando cabida a una puerta que parecía tan bien integrada a todo lo demás y como todo lo demás. Todo ahí se veía en perfecta armonía, incluso con Luis.
Por aquella puerta entró un pequeño hombre de proporciones minúsculas, sus manos, sus piernas, su cara y en general todo excepto su pelo eran diminutos, sin embargo a la vista se veía absolutamente estético y lleno de paz interior. Sus ropajes muy holgados de colores apagados hacían perfecto juego con una especie de bastón que casi lo doblaba en tamaño. Su larga cabellera de color de los ropajes dejaba entrever unos ojos grandes y penetrantes de color azul, su cara no tenía arrugas y su piel era tersa y limpia como la de un bebé, pero las facciones imponían respeto y denotaban, sin poder explicar cómo, un caudal de experiencia y sabiduría fuera de lo humano. Su expresión amistosa revelaba al mismo tiempo un sentimiento de amor, respeto y comprensión.
Bienvenido, te hemos estado esperando, has llegado justo a tiempo y me da mucho gusto verte expresó tierna pero firmemente el extraño personaje . Mi nombre es Eos y soy tu maestro. Sígueme por favor espetó amablemente y sin que Luis pudiera mediar palabra, ya se encontraba siguiendo al excepcional enanito.
Al traspasar aquella enigmática puerta pudo percibir la estructura que lo había resguardado. Se veía extraña, como una especie de pirámide sin la punta de no más de dos metros de altura por cuatro de lado menor y tres de lado mayor. Era de color opaco, casi negro y su textura semejaba una sombra como simulando un pedazo de cielo... parecía no existir. El firmamento se elevaba infinito formando una preciosa bóveda de un color entre café y morado. Estrellitas cintilaban contra aquel fondo mortecino pero se observaban más cercanas de lo habitual. En el horizonte se veían extraños pájaros de gran dimensión volando en silenciosa parvada. El suelo, de color negro brillante, parecía ser de durísima obsidiana y se extendía en prolongada planicie limitada por una mustia cordillera de poca altura. Una densa niebla incipiente se observaba a ras de piso cubriéndolo todo y dando la sensación de caminar entre una nube gigantesca.
Luis se sentía seguro y confiado, por lo que no sintió la necesidad de preguntar hacia dónde se dirigían, sus pasos eran inaudibles y al extrañarse sobre la velocidad a la que caminaban se sorprendió por un extraño fenómeno. Mientras él caminaba y sus pisadas se proyectaban firmes y nerviosas en aquel monolítico "pavimento" natural, el viejecillo parecía flotar a escasos centímetros del piso, dando la impresión de ir subido en una escalera eléctrica
Al examinar sus pies caminando se encontró con que estaban revestidos de lo que consideró eran unas botas muy ajustadas de color plateado, y hasta ese momento sintió que todo su cuerpo se encontraba protegido de un "traje de buzo" muy pegado al cuerpo y en su totalidad del mismo color. Una especie de armadura. Un silencio que dolía, lo llenaba todo.
Hemos llegado avisó Eos , y se detuvo ante una estructura que a pocos metros de distancia era prácticamente invisible. Su forma, igual que la anterior parecía ser la base de una pirámide, sólo que sus lados se extendían por cientos de metros. Por decirlo así, era un gigantesco cuarto semirectangular de dos metros de altura construido de un material parecido a la cantera. A Luis le pareció la entrada a una estación de Metro, máxime porque no tenía puertas, sino un amplísimo hueco que permitía el acceso.
Tienes que buscar tu símbolo y reconocer tu símbolo le dijo el viejecillo y le hizo la seña de que entrara. Al entrar volvió a reconocer aquella luz tenue que todo lo llenaba y que no tenía una fuente visible. Parecía salir de las propias paredes. El techo igualmente que en la otra estructura, era bajo y, alineada una tras de otra, había millones de estructuras parecidas a lápidas. Estas lápidas se levantaban del piso a una altura aproximada de un metro; tenían metro y medio de largo y uno de ancho. En cada una de las "lápidas" podían observarse símbolos jamás vistos por Luis que si bien no eran números, tampoco eran letras. Observaba una tras otra como cuando se está en un museo, pero escucho al anciano decir son los símbolos de cada uno de las criaturas que habitan el universo, no sólo cada especie tiene su "icono", sino que cada ser autoconciente tiene su "icono" aquí resguardado desde su creación .
Súbitamente se sintió identificado con uno en particular y se acercó. Aunque no sabía lo que querían decir los símbolos que veía, percibió una sensación a la que se experimenta cuando se ve uno en un espejo. Comprendió que ese era su icono y al revisarlo con más detenimiento detecto que los símbolos eran desprendibles e igualmente ajustables a su cuerpo. Tomó uno que parecía una "o" y lo llevó a su mano izquierda, donde se sujetó perfectamente. El color de aquél brazalete era de un dorado intenso y del mismo modo que aquellas estructuras, desprendía cierta radiación luminosa que todo lo llenaba. Sintió gran bienestar y se entregó a los recuerdos de su vida. Recorrió con rabia, tristeza, pasión y alegría todos los eventos significativos y los que no lo parecían tanto. Reconoció en ese instante el objetivo de su vida y muchas otras cosas más inexplicables hasta entonces. Vio que su vida no era una serie de acontecimientos aislados y sucedidos al azar. Por el contrario entendió las constantes relaciones estrechas entre todo lo que le sucedió a lo largo del camino. Justo cuando remembraba el momento en que se resbaló y cayó al piso, Eos lo interrumpió. Es la hora de la prueba hijo. Todo tu conocimiento será puesto a prueba y determinará tu evolución y supervivencia. Tu éxito será motor de evolución del universo en su conjunto y tu fracaso igualmente lo será de cuanto ser ha existido y existirá. Pero debes saber que aunque el tránsito por la vida te ha dado gran sabiduría y energía vital, ninguna lucha que sostengas podrá ser ganada sin la intervención del "proyecto universal y divino". En esta batalla se materializarán tus más profundas debilidades y solamente resultarás victorioso al reconocer en tu interior la presencia de Dios añadió Eos.
Eos emprendió nuevamente la marcha y dirigió a Luis a un enorme acantilado. No se podía ver su fondo y en ambas orillas se podía observar un incontable número de personas que venían vestidas como Luis, pero con trajes menos brillantes. Estas personas en una actitud desesperante para cualquier espectador, caminaban rítmicamente hacia la orilla como compelidas por alguna fuerza invisible, finalmente cayendo en la profundidad del barranco sin emitir sonido alguno. La escena le recordó a Luis una ocasión en que vio como conducían puercos al matadero.
El pequeño hombrecillo urgió a Luis para que atravesara el precipicio. Ahora es tu turno dijo a la vez que señalaba con su minúsculo dedo índice hacia el acantilado. Si en realidad estás listo, no tendrás ningún problema, simplemente camina hacia la orilla y al llegar a ésta busca en tu interior la fuerza necesaria para proyectarte hacia el otro lado recomendó Eos.
Luis no sintió miedo e hizo lo que le había dicho aquel familiar maestro. Caminó sin prisa pero tampoco deteniendo el paso y justo llegando a la orilla del barranco, proyectó desde su corazón la confianza que no le podía prestar el cerebro, sintiendo al efecto un fuerte impulso que le recorrió desde el coxis subiendo por todo su cuerpo hasta golpearlo en la base del cráneo como un relámpago. Adquirió conciencia de su propio cuerpo, su traje plateado brilló con gran fuerza y se proyectó majestuosamente hacia el otro lado del acantilado. Sin embargo, durante el trayecto comprendió que la prueba no era cruzar el acantilado sino encontrar en sí mismo la fuerza para hacerlo. Ahora proyectaba su cuerpo a placer y sentía un viento frío golpeando contra su cara. Empezaba a disfrutarlo y justo cuando pensaba pasada la prueba, sintió un poderosísimo golpe a la altura de las costillas pero por la espalda. Tal golpe lo proyecto violentamente contra una de las pequeñas montañas que rodeaban el valle, produciendo un enorme agujero en el piso y alojándose varios metros bajo tierra.
El golpe no lo había lesionado, su traje seguía brillando con gran intensidad pero "parpadeó" unos instantes. Luis salió de aquél agujero y se levanto sobre el piso 15 ó 20 metros para encontrarse de frente con su agresor. Se trataba de sus "debilidades" encarnadas en una suerte de demonio de sobria apariencia. Vestía una aparentemente pesadísima armadura de color plomo rematada con un casco de fiera expresión, no obstante que no dejaba ver el rostro del portador. Una capa de "plumas" negras nacía de los hombros de la armadura. Empuñaba una gran lanza y montaba sobre un ave de aspecto de avestruz y buitre. Ese engendro conocía a la perfección todos los sitios vulnerables de Luis y cómo abordarlos. Esa era la verdadera batalla y estaba por venir, no sería fácil y Luis lo sabía. Un relámpago recorrió su espalda y por primera vez desde que había llegado a ese peculiar mundo, sintió miedo. Perdió altura y su traje menguó en el brillo.
Luis se recuperó de ese ataque inicial y acometió al engendro. En el preciso momento de enderezar el embate cayó en la cuenta de que no tenía armas mas que su traje, pero golpeó enérgicamente a la bestia, misma que se proyecto vertiginosamente hacia el suelo con todo y su jinete. Lo siguió con la mirada hasta que se estrellaron contra el piso. No obstante lo contundente que pareció el ataque, la bestia profirió el primer sonido que rasgó el silencio del valle de obsidiana. Un quejido infernal que todo lo lleno y que sirvió de preámbulo para el contraataque. La embestida fue furiosa y ahora si Luis sintió el golpe de la lanza en pleno torso como el piquete de una víbora de cascabel. Cayó abatido y ahora tardó en recuperarse. Se reincorporó y asestó duros golpes a sus oponentes, pero siempre parecían atacarlo con mayor fuerza y precisión tras cada victoria suya. En aquel lugar no existían días o noches como los conocía Luis, pero la batalla creció en ritmo e intensidad durante 10 ó 12 días sin dormir ni comer, sólo en una batalla que parecía monótona pero que a cada golpe acercaba a cualquiera de los contendientes a la victoria. Luis había transformado su rostro de un joven a un hombre maduro y decidido, pero mortalmente desfallecido. Su traje, antes radiante como una luna llena, ahora se veía sensiblemente disminuido llegando a la opacidad. Cada golpe recibido había resquebrajado el ánimo y la fortaleza de Luis y ya estaba siendo la hora de pagar la cuenta. La bestia mostraba embates sistemáticos y precisos, sin mayor asomo de cansancio o hastío, al parecer sabía que llegaba la victoria, pero sin el mayor asomo de alegría por esta circunstancia, sino que mantenía su impersonal eficiencia en refriega.
En el último ataque de la bestia, media hoja de la punta de la lanza se alojó en el pecho sangrante de Luis tras atravesar el traje que ahora en definitiva ya no brillaba. Con la inercia del golpe, Luis atravesó una pequeña montaña, frenó su intempestuosa caída con una columna de rocas y rodó cuesta abajo 25 metros antes de caer descompuesto en la falda de un alud. Su respiración era entrecortada, sus ojos antes radiantes se veían brillosos. Sus labios torcidos se apretujaban secos contra sus dientes, dejando escurrir un hilillo de sangre por la comisura derecha de la boca. Un dolor quemante originado en la herida del pecho le recorría el cuerpo arrebatándole las pocas fuerzas que le quedaban. Detrás de la montaña que había atravesado con su cuerpo, apareció aquella imagen demoniaca. Subió en lo alto de los cielos lo suficiente para asegurarse de que fuera el embate definitivo, aprestó la lanza en posición ofensiva y se dejó caer en picada en dirección a Luis. Era el fin.
Luis, al verse en peligro de muerte, instintivamente adoptó una posición fetal recargando la barbilla sobre su pecho y apretando fuertemente las manos a sus pectorales. En ese movimiento recordó las palabras del viejecillo al ver el brazalete ajustado en su mano izquierda "debes saber que aunque el tránsito por la vida te ha dado gran sabiduría y energía vital, ninguna lucha que sostengas podrá ser ganada sin la intervención del 'proyecto universal y divino' ". Como una revelación comprendió que su lucha sería inocua mientras no se ajustara a un objetivo superior, a un proyecto trascendente y permanente. Que la verdadera lucha era contra sus propios demonios y si bien resulta prácticamente imposible vencer las propias debilidades, con el enfoque y ayuda adecuada, cualquier cosa es posible, porque radica en la conciencia de las consecuencias. Tomó con la mano derecha el brazalete y lo apretó con devoción, a tiempo que decía lo único que se le pudo ocurrir: "Padre nuestro, que estás en el cielo..."
Su mano izquierda se cubrió de un calor arrebatador y de ahí todo su cuerpo se llenó de energía divina. Al paso del calor el traje cambiaba de color de plateado a dorado y todo empezó a brillar con la fuerza del sol. Su traje lo cegaba, esa poderosa sensación de calor, amor, poder, objetivo y pertenencia a un proyecto superior lo llenó todo y con éste cúmulo de sensaciones disminuía su capacidad de visión. El golpe fatal nunca llegó y ya nunca llegaría, o por lo menos no durante esta batalla.
La luz que todo lo llenaba, obligó a cerrar los ojos a Luis, que al abrirlos despertaba después de haber estado en coma durante 6 meses, en la cama 6 del cuarto 408 de terapia intensiva en el Hospital. Cabe decir que en el Servicio Médico Forense antes de hacerle la autopsia, el doctor que lo preparaba, pensó haberlo visto mover la mano izquierda, y eso, aunque nosotros sabemos la verdad, fue lo que le salvó la vida.
© Panóptico, Eduardo Liceaga Martínez
Noviembre 5, 2001
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