Opine en el foro Correo Instrucciones para colaboradores Vínculos Quiénes somos Mapa del sitio


 

Globalización Cultural
Por Alberto Carrillo

Ante la tendencia que lleva a las sociedades del mundo a integrar cada vez más sus economías y a hacer más tenues las fronteras para las monedas, los idiomas, las razas, las religiones, las costumbres y los modos de vida algunas culturas se debaten entre mantenerse al margen para conservar sus modos de vida tradicionales o integrarse para acceder a los bienes y el progreso materiales. Desde hace varios años ha surgido una corriente en defensa de las culturas que se niegan a integrarse en lo que llamamos la cultura occidental. Con el derrumbe del comunismo, los eternos promotores de la revolución han reorientado sus esfuerzos en la lucha contra el neoliberalismo, la globalización y especialmente contra lo que llaman la globalización cultural. La moda ya no es tanto defender a los pobres de los efectos de la economía de mercado, sino preservar los "usos y costumbres" de las culturas marginadas y marginales. A muchos les parece encomiable la labor que realizan por la preservación de culturas, y entienden esta preservación como la de monumentos o de especies en extinción. Esto es que no se trata de impedir su desaparición, sino su modernización.

Parece que la única manera de evitar que las culturas defendidas evolucionen y se conviertan en otra cosa es mantenerlas lejos de las sociedades occidentales. Lejos de donde puedan contaminar la pureza del idioma, las creencias, las costumbres y la raza de pueblos como los indígenas mexicanos – dirían los defensores de la multiculturalidad –. Lo curioso es que mientras hablan del respeto hacia la pluralidad cultural, defienden culturas que no respetan la pluralidad entre los individuos que las componen. Hablan de tolerar a las culturas diferentes, en las que curiosamente no se tolera a los diferentes. Estos seudointelectuales formados en la cultura occidental – que permite la diversidad de opiniones, de costumbres, de razas, de religiones entre sus miembros – son ahora los defensores de culturas en donde todas esas diversidades no se permiten y el fanatismo de cualquier color o polo es cotidiano.

¿Dónde quedó el ideal occidental de crear un mundo donde puedan convivir pacíficamente personas de diferentes razas, idiomas, creencias o costumbres? La cultura occidental ha recorrido un largo y difícil trayecto para ir aceptando la idea de la tolerancia y la convivencia entre diferentes. Ahora tenemos por un lado a seudointelectuales que defienden el derecho a ser diferentes y a tener otra cultura y por otro lado a los grupos que desean asegurar esas diferencias mediante enfrentamientos violentos, guerras separatistas, interétnicas o religiosas. Estos nuevos mesías advierten al mundo que la globalización es la causante de la violencia de los separatistas y de las guerras que dividen a las naciones. Pero tanto los intelectuales globalifóbicos como los separatistas coinciden en la idea de que dos culturas no pueden seguir siendo diferentes conviviendo en un mismo territorio.

Los que ahora pretenden defender a las culturas de los cambios son producto a su vez de una cultura orientada al cambio, que promueve la transformación y el crecimiento de los individuos que la componen. Sus fines conservacionistas ya no parecen tan nobles si entendemos que para conservar una cultura se requiere evitar que los individuos que la componen cambien sus formas de pensar y de vivir – adquiriendo conocimientos y costumbres de culturas ajenas a la suya –. Mientras que en nuestra cultura la transformación del individuo es algo positivo, en otras culturas es un desastre – por lo menos para quienes desean su inmutabilidad –. Para evitar la pérdida de las tan valoradas culturas indígenas sería necesario evitar que quienes forman parte de ellas crezcan, aprendan y con ello las transformen. Según el paradigma de estos conservacionistas de culturas parece que cuando el individuo gana, la cultura pierde. Y es cierto, si consideramos que crecer y aprender es una forma de perder nuestra antigua forma de ser.

¿Qué no la capacidad para cambiar era una virtud? Tal parece que ahora lo son la incapacidad de cambiar, el apego a las costumbres y el aferrarse a los dogmas. ¿Dónde quedó aquello de que la capacidad de transformarse a sí mismos, de adaptarse al medio y de transformarlo caracterizaban a la especie humana? Lo curioso del caso es que los defensores del "no cambio" son muchos de ellos profesores universitarios. Trabajan en el lugar donde se gestan constantemente los cambios de la sociedad. En la universidad se enseñan y se desarrollan toda clase de disciplinas que se transforman a sí mismas y transforman a la sociedad.

La misma idea de que las culturas indígenas mexicanas no han cambiado o que conservan su pureza original es un engaño. No se han mantenido iguales en los últimos siglos ni siquiera en apariencia. No se mantuvieron estáticas ni siquiera antes de la llegada de los europeos. En el México postcolombino, no se conservaron iguales ni en costumbres ni tradiciones, ni en religión, ni en vestimentas y a veces ni siquiera en idioma, pues asimilaron y siguen asimilando mucho de la cultura mestiza. Seguramente si se les pregunta, muchos indígenas dirán que no quieren cambiar. Pero si se les pregunta si desean un mejor suministro de agua, luz eléctrica, transporte, caminos o tractores para sembrar, casi todos dirán que sí.

Según los defensores de un mundo multicultural todas las culturas son igualmente valiosas y respetables. Suena bien pero, según esta idea la libertad en una cultura es tan valiosa como la falta de libertad en otra, o el trato de igual a igual en una cultura es tan valioso como el maltrato o la sumisión en otra. Hasta los zapatistas aceptan que el papel de sumisión de las mujeres indígenas tiene que cambiar. ¿No que es tan importante mantener intocables los usos y costumbres indígenas? Es cierto que no tiene sentido comparar algunas características entre una cultura y otra, como la manera de vestir, los estándares de belleza, el arte, etc., pero en muchos renglones es imposible dejar de compararlas, como son las tecnologías y los bienes materiales. Parece evidente que la medicina occidental es mejor que la medicina de otras culturas, pues es la que permite que la gente viva más. El gran hito histórico en medicina fue el descubrimiento de la penicilina y las vacunas, y no los paradigmas reencontrados en medicinas alternativas, unas efectivas pero las más producto de la charlatanería y la superstición. Las casas occidentales son más confortables y resistentes que las de otras culturas, y por eso se copian. El suministro de agua, el drenaje, los caminos y las comunicaciones occidentales son mejores y más seguros que sus equivalentes en otras culturas. Los campos y las fábricas occidentales son más productivos que la agricultura y los modos artesanales de producción en otras culturas. Para los que aún creen que a la gente le da igual vivir de una forma que de otra, basta con ver los flujos de migración. La gran tendencia es a dirigirse del campo a las ciudades, de los paises atrasados a los paises industrializados, de las culturas más primitivas a las culturas occidentalizadas.

Tal vez el problema está en como una cultura asimila a otra. El reto está en adquirir sólo lo bueno de una cultura y desechar lo no deseable. El adoptar una economía de mercado no implica necesariamente que una sociedad se vuelva más democrática, que haya más libertades, o que se adquieran los conocimientos y las tecnologías de la cultura occidental. La economía de mercado trae cambios importantes en la cultura de los pueblos, pero la cultura occidental no viene en paquete. Pero los seudointelectuales fallan a la hora de ser eclécticos. Marx o el caos. Marcos o las tinieblas. El tribalismo o la debacle.

No son pocos los que temen que en el proceso de transformación de la cultura se pierda su identidad cultural. Lo que llaman identidad cultural generalmente está arraigada en elementos superficiales como el lenguaje, la forma de vestir o la forma de relacionarse con los demás. Quienes se oponen a la armonización de las culturas temen con justificada razón que el mercado, además de cambiar los modos de ganarse la vida, uniforme las costumbres y los modos de vida. Más preocupante aún resulta que un pueblo, ante la posibilidad de adquirir nuevos productos, se convierta en asiduo consumidor de bienes chatarra mejorando muy poco su nivel de vida. Lo triste sería que la identidad pase de elementos superficiales de una cultura a elementos superficiales de otra cultura. Pero la verdadera identidad del individuo no se puede perder al aprender y al crecer. Los conocimientos y la sabiduría de una cultura son acumulables y pueden ser mejorados. El conocimiento y la sabiduría de la cultura occidental no son las verdaderas amenazas para las otras culturas. El verdadero peligro tal vez está en adquirir los bienes de otra cultura sin haber aprendido a producirlos. Al fin de cuentas los individuos pueden enriquecerse de otra cultura o cambiar sólo superficialmente.

© Panóptico, Alberto Carrillo
Noviembre 25, 2001