Héctor, héroe de grandes batallas, de corazón indomable, celoso del deber que debe guardar un hombre para con su patria, su familia, sus hijos, había salido en cuantas ocasiones se lo reclamó la conciencia para hacer frente de los enemigos de Troya. Su porte de guerrero esforzado, su valor incuestionable y su habilidad en batalla le habían ganado buena fama en el mundo homérico, donde no hay buenos ni malos, sólo nobles pasiones desatadas y encarnadas en hombres o mujeres convertidos en dioses al rigor de situaciones límite.
Había dado muerte a Ajax, mejor amigo de Aquiles, y ahora, ante su familia se entregaba con sobriedad a la inminente despedida antes de salir a enfrentar al semidiós quien lo esperaba a las afueras de la amurallada Ileón.
Sabedor del destino que les guarda a los simples mortales cuando luchan cuerpo a cuerpo con un imbuido de divinidad, no decayó en ánimo. Parsimoniosamente se colocó el yelmo, acomodó el pectoral, tomó su lanza, empuñó su escudo, ciño su espada y dirigió el último adiós a la bienamada. Sabía que no regresaría y ella también lo sabía; ambos conocían el desenlace del combate que estaba por venir, pero él no esquivó el deber y ella ni siquiera insinuó desaprobación. Se había casado con un hombre. Con uno de esos que se crece ante el deber y que no baja la mirada ante la muerte. De hecho asumió su responsabilidad como esposa de un guerrero y lo dirigió a la inmolación con la voz firme y decidida...
El desenlace ya todos lo sabemos, pero los que no lo saben imagínenselo, porque eso de andársela rifando a muerte con ultra–poderosos cuasi–inmortales no es un jueguito del que se pueda vivir para contarlo. Gracias a Dios, o a todos los dioses que existían en esos tiempos, los poetas homéricos estaban en primera fila para contarnos los pormenores del destripamiento.
Ahora, que conste que Héctor se fue a morir por puro gusto o por puro gusto al deber, que no es lo mismo. Y que también conste que en esos tiempos se moría uno de veras; nada de trances mediáticos, como el purgatorio o de cielos llenos de angelitos con arpa que lo esperan a uno con alitas a la medida para irse a depositar en ociosa contemplación a la derecha del Padre. Ahí se iban derechito al inframundo, donde se encontraban con amigotes y por supuesto, con enemigotes y sin mucho detalle, se cuenta que – sin llegar al atroz infierno del psicodélico Dante –, tampoco era un lugar para estar muy a gusto que digamos. Es decir, Héctor dejó todo atrás para encontrar una muerte que sabía segura, por amor al deber.
La reflexión o reflexiones que me saltan a la mente son variadas y muy distantes entre sí, pero trataré ser lo mas conciso que me permita el sentido común.
En la cosmogonía homérica como en el budismo, en el brahmanismo, la tradición céltica o incluso en varias de las cosmogonías precoloniales, no existen buenos o malos; las acciones se miden a través de su trascendencia en el infinito. Cada cosa ocupa su lugar y su oposición resulta en perpetuo equilibrio de fuerzas sin connotaciones maléficas o benévolas. Esto resulta muy práctico porque los actos aislados no existen sino que responden a la lógica del proyecto universal con encadenamientos al infinito del tiempo y del espacio. Muy distinto a las visiones derivadas de los cultos maniqueos como el judaísmo, el cristianismo o el islamismo, donde todo, absolutamente todo encuentra lugar al lado del demonio malo o del Dios, bueno. No hay medias tintas, aguas tibias o medias ramas.
Otra reflexión obligada se nutre del curioso hecho de que todos, y quiero decir todos los protagonistas, antagonistas y personajes de reparto del universo griego, conocen a la perfección su deber. Están plenamente conscientes de las consecuencias de sus actos y los realizan como en un guión de Buñuel. Sin sobreactuaciones, sin esfuerzos gratuitos. Cuando hay que luchar, luchan; cuando hay que festejar, festejan; cuando hay que orar, oran y cuando hay que morir, mueren.
Finalmente, parece que todo gira en rededor del destino, mismo que es aceptado sin recelo por los protagonistas y en esencia deambulan por el mundo cual títeres esperando lo que les tiene preparado. No existe libre albedrío, ya que las Moiras tejen a capricho con el hilo de nuestras vidas los puntos que les darán forma. En resumen, no hay opción.
La última de las reflexiones es en el sentido que la esposa de Héctor no chilla, no se acongoja ni se arredra ante el dolor, muy por el contrario, conoce y acepta cabalmente que ante el destino no hay nada que hacer, sólo recibirlo con la frente en alto y el pecho descubierto para acoger el golpe final. ¡Qué hermosura!
Si permaneciéramos con esta visión en nuestros días, nada parecería estar fuera de lugar, mas que el racimo de "cronistas" representantes de los medios de información que todos los días engrosan lo que comúnmente se denomina "opinión pública". Y si no fuera por este ejercicio acrecentado, el cual en los últimos años ha prosperado en forma geométrica, seguramente estaríamos plenamente convencidos que somos parte de un proyecto universal que nos tiene deparadas todas estas calamidades como país y como personas, con objeto de autoconocimiento de las capacidades y ejercicio de heroismo. Seguramente no andaríamos como perros callejeros esperando que a algún dios se le caiga un poquito del taco que se está comiendo.
La realidad en nuestros días, y por lo que sé, desde hace unos tres mil años, resulta contrastante, y nuestras religiones modernas dotadas de un solo Dios todopoderoso han entrado en una crisis sin precedente. Cierto es que durante milenios los conflictos religiosos han cobrado millones de víctimas, pero por común denominador se trataba de un parapeto que escondía en sus entrañas necesidades expansionistas o económicas.
Tras los ataques del 11 de septiembre, en un discurso que se antojó de película, Bush, palabras más palabras menos, dijo que "Estados Unidos y nuestros amigos y aliados se unen con todos aquellos que desean la paz y la seguridad en el mundo, y nos mantenemos juntos para vencer la guerra contra el terrorismo. Esta noche pido sus oraciones para todos aquellos que lloran la pérdida, por los niños cuyos mundos han sido estremecidos, por todos aquellos cuyos cotidianos de protección y seguridad han sido amenazados. Y rezo porque sean confortados por un poder mayor que el de todos nosotros, que ha hablado a lo largo de la historia a través del Salmo 23: 'Aunque pase por quebradas oscuras, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo'. Este es el día en que todos los norteamericanos, de todos los ámbitos, nos unimos en nuestra determinación por la justicia y la paz. Estados Unidos ha derrotado a sus enemigos en el pasado, y lo haremos ahora. Ninguno de nosotros jamás olvidará este día. Sin embargo, avanzamos para defender la libertad y a todo el que sea bueno y justo en nuestro mundo. Muchas gracias. Buenas noches y que Dios bendiga a los Estados Unidos."
Por su parte, Osama Bin Laden días después sentenció: "Juro por Dios que América no tendrá seguridad hasta que no la haya en Palestina y hasta que todos los ejércitos occidentales ateos no se marchen de las tierras santas". He aquí América golpeada por Alá en su punto más vulnerable, destruyendo gracias a Dios sus edificios más prestigiosos."
Por lo que se ve, de algún modo, se han fincado poderosamente en el orbe visiones definitivas y diferentes de lo que yo entiendo es el mismo Dios – si estoy mal, que alguien me corrija –. Es decir, en diferentes bandos se sostienen las mismas verdades reveladas pero entendidas o malentendidas en diferentes grados. ¿Cuál de las dos visiones es la que debe prevalecer?, ¿o en realidad son dos dioses distintos?, o el discurso nuevamente esconde intereses que a simple vista son imposibles de vislumbrar.
Como sea, ahora ambos iconos, Bush y Laden, al estilo de Héctor y Aquiles, salen al paso del conflicto, ambos armados con la lanza de la verdad y protegidos con el escudo de la razón. Sin lugar a dudas, Aquiles es el Bush que espoleado por la destrucción de la Torres gemelas se lanza a la venganza para lavar con sangre la afrenta. El Héctor moderno destinado a la derrota por obvias razones, no ha perdido ni valor ni orgullo y enfrenta en actitud de locura al semidios más poderoso del mundo contemporáneo. Su muerte es inminente como en el relato homérico, pero la afrenta, la audacia, el arrojo y la obstinación paroxística del talibán permanecerán indelebles en la memoria de quienes lo odian y de quienes lo aman, enraizando profundamente rencores que el tiempo se encargará de nutrir en vez de borrar.
Hoy por hoy, la solución por parte de ambos bandos se antoja, tal y como se ha anunciado por ambos bandos, genocida y cualquiera que esta sea, reflejará que en alguna parte, en algún momento Dios se equivocó revelándose de tan distintas maneras a pueblos con tan distantes entenderes del universo, entregando a la postre en holocausto a dos pueblos que le profesan fidelidad y confianza aún ante el peor de sus quebrantos.
Dios... que Dios te perdone.