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El Lastre de México
Por
Alberto Carrillo
El presidente Fox pide a los mexicanos que se pongan a trabajar por el cambio, que "le echen ganas", que "los cambios no van a llegar solos". El presidente tiene buenas intenciones, pero su llamamiento tiene una debilidad. Fox puede pedir lo que quiera, pero no puede exigirle a trabajadores o empresarios que trabajen, sencillamente porque no trabajan para él. En cambio, a los cuatro millones y medio de empleados federales que laboran para él, sí puede exigirles que trabajen y que lo hagan con calidad, pero no lo hace.
Muchos problemas de México son multifactoriales, sin duda, y en buena medida todos contribuimos a crear el país que tenemos actualmente. Pero los gobiernos han sido incapaces de incrementar la productividad de la burocracia siquiera a un mínimo razonable, de mejorar la calidad de los servicios que prestan y de erradicar la corrupción que se da en muchas de sus áreas.
Durante años nos han querido vender la idea de que el gobierno es el motor que hace que este país camine, pero tal vez sea más adecuado verlo como el lastre que impide que el país avance. Para nuestros gobernantes los problemas del gobierno se deben a causas ajenas al gobierno: no hay suficientes recursos pues la ciudadanía no paga suficientes impuestos, la educación pública es de mala calidad porque los alumnos no exigen a los maestros, se acaban los bosques porque los campesinos no buscan asesoría para la explotación forestal. Como un ejemplo más, la delincuencia crece a pasos agigantados y el gobierno es incapaz de detenerla porque no han podido erradicar - ni siquiera identificar - la corrupción de las policías ni crear cuerpos policiacos eficientes. Todo esto es resultado de tener un gobierno gigantesco, ineficiente y voraz.
Para solucionar los problemas que les corresponden, los gobernantes piden mayores ingresos, lo cual significa mayores impuestos para la ciudadanía. No se dan cuenta de que los problemas que deben resolver son principalmente los causados por la ineficiencia y la corrupción de los funcionarios y empleados que laboran en el mismo gobierno. Pero la mayor parte de los ingresos que obtienen para la supuesta solución del problema se gastarán en incrementar el número de funcionarios causantes del problema.
Quienes trabajan en el gobierno, sea municipal, estatal o federal, han desarrollado su propia cultura de trabajar poco y con mala calidad. Los empleados de las oficinas gubernamentales se encargan de enseñar a los nuevos empleados como deben comportarse en su trabajo. No pasa mucho tiempo antes de que los nuevos empleados se comporten como la mayoría de los burócratas en la misma oficina. Lo que han aprendido en la escuela y el ejemplo de sus maestros será sustituido por la visión de oficinistas que no trabajan, secretarias chismosas, policías corruptos, maestros amargados, enfermeras gruñonas y médicos mediocres. Si se adaptan a la cultura imperante en su ámbito laboral serán bien recibidos; si no, sus compañeros se encargarán de hacerles la vida imposible.
La consigna es trabajar lo menos posible y hacerlo de la manera más cómoda para el trabajador, siempre a costa de la eficacia de la institución y de la calidad del trabajo. En algunas dependencias los "privilegios" de los trabajadores sindicalizados van desde la posibilidad de hacer casi nada o nada durante el horario de trabajo, conseguir que se les paguen horas extras para tampoco hacer nada, acortar los horarios de trabajo a 7 horas o los horarios de atención al público a 2 ó 3 horas; en algunas universidades han conseguido que se les jubile a los 25 años de trabajo; maestros con planta que pueden pedir licencia por muchos años mientras trabajan en otro lugar acumulando antigüedad en la Secretaría de Educación Pública para luego regresar a tiempo para jubilarse; trabajadores que tratan mal a la gente en las ventanillas de atención al público o pidiendo sobornos para "agilizar" los trámites; médicos que pueden llegar una o dos horas tarde a empezar la consulta y atienden a los pacientes a veces sin siquiera voltear a verlos a la cara; enfermeras que atienden de mala gana a los pacientes y maltratan a sus familiares; policías viales que completan su gasto extorsionando; policías judiciales que han aprendido que es mejor negocio trabajar para los delincuentes que para la sociedad, y eso cuando no son ellos mismos los delincuentes; son unos de tantos que componen el folclore de la ineficiencia nacional.
Sí hay buenos maestros, policías, médicos, enfermeras y otros burócratas, pero poco pueden hacer para mejorar la cultura de sus instituciones, excepto seguir trabajando bien. También hay servidores públicos en los altos niveles que aunque sí trabajan, son culpables de la ineficacia que pervive a su alrededor, pues la toleran.
Si se quisiera romper con la cultura de los malos burócratas, habría que enfrentar la oposición de los malos políticos, los malos maestros, los malos policías, los malos médicos y demás que no están dispuestos a perder sus privilegios de holgazanería y corrupción. El costo para un político puede ser la pérdida de la popularidad y el bloqueo burocrático, y es por eso que los gobiernos desde hace muchos años han hecho sólo tímidos intentos por mejorar la situación. La cultura del mal burócrata es inmune a las campañas para mejorar la calidad en el trabajo. Los cuerpos policiacos parecen ser una muestra clara de que las instituciones muy corrompidas pueden ser irreformables. Las campañas por mejorarlos han sido incapaces de desterrar la corrupción.
Sin embargo, no todo está perdido. Hace algunos años, en el gobierno de Miguel De la Madrid, en las oficinas para la expedición de licencias se trabajaba casi siempre por medio de extorsiones, pero se llevaron a cabo cambios para dar un servicio libre de contratiempos y extorsiones en las oficinas delegacionales. Se anunciaron las nuevas reglas al público y a los empleados, se estableció vigilancia a los empleados, se pusieron buzones de quejas y se pidió al público que denunciara si algún empleado les pedía dinero por realizar sus trámites. Hasta hoy, en algunas delegaciones las oficinas de expedición de licencias siguen funcionando dando un buen servicio y sin ninguna clase de extorsiones; en otras, la ineficiencia y la corrupción regresaron. Aunque las oficinas mencionadas no tienen mucho personal, de cualquier forma el éxito obtenido en algunas durante más de 17 años parece demostrar que sí es posible cambiar de la cultura de la ineficiencia y la corrupción a una verdadera cultura del trabajo con calidad. La clave parece estar en el esfuerzo sostenido y en llevar a cabo campañas inteligentes y focalizadas; enfocarse en ganar batallas y no la guerra.
Ahí está el reto para componer al gobierno, en manos del mismo gobierno. Si lo intenta, deberá ser capaz de enfrentarse y reformarse a sí mismo. Así que lo primero que se necesitaría serían los hombres capaces de llegar a ser verdaderos gobernantes y servidores públicos con el valor de enfrentar al ejército de burócratas incapaces; capaces de afrontar el costo político que esto representa.
Al parecer, no existen tales hombres entre los políticos actuales.
© Panóptico, Alberto Carrillo
Enero 15, 2002
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