Un error reconocido es una victoria ganada
Caroline L. Gascoigne
Hay una extraña complacencia en Estados Unidos. Los ataques del 11 de septiembre han creado, entre otras secuelas fatídicas, la sensación de que ya todo ha pasado. Esa idea, frecuentemente equivocada, de que "aquello que no te mata, te hace más fuerte", ha penetrado con fuerza en la sociedad en los meses recientes. Lo emotivo de las fiestas de fin de año, la necesidad de no entristecer a los familiares de las víctimas de los atentados y el temor general de la gente ha provocado, como reacción normal pero resultado siniestro, una sensación de que de ahora en adelante todo mejorará.
Quienes piensan que tal cosa es posible sin la participación activa de las personas, se equivocan y ya deberían haberse dado cuenta que detrás de lo sensiblero, el espíritu rapaz de siempre sigue tan inmutable como antes del 11 de septiembre. El desastre unió a la nación contra los lobos de fuera, pero los de dentro siguen mermando el espíritu de Estados Unidos.
Se han robado escombros de las torres, muchos de ellos para ser vendidos como chatarra, y los más como souvenirs que hasta hace poco fueron prohibidos como artículos legítimos de comercio. En efecto, en portales como e-bay, se podían adquirir desde trozos de escombros, hasta papeles e incluso restos de ropa, calzado, carteras y demás. Desde principios de octubre, cuando aparecieron los primeros indicios de un ataque bioterrorista, de manera más subrepticia surgieron fraudes con tarjetas de crédito pertenecientes a los fallecidos en el ataque, que estaban en manos de sus parejas y familiares. No tardaron en aparecer los fraudes a los seguros. Tampoco, en respuesta a la dispersión de esporas de Bacillus anthracis, una verdadera marejada de oportunistas que vendían ciprofloxacina adulterada, remedios inservibles contra el ántrax y equipos de protección inútiles. Ni los desocupados que enviaban cartas con talco y otros polvos a diversos destinatarios.
Pero desde esos días de septiembre, en los que el mundo cambió para mal, las tropelías no se han limitado a lo directamente relacionado con los ataques y el terrorismo. La educación pública sigue disminuyendo en calidad. Las calificaciones bajan, el aprovechamiento es marginal y hay cada vez más alumnos incapaces. ¿Qué gran remedio se les ocurrió poner a esta situación? Sencillo: que ya no se hagan públicas las calificaciones de los alumnos, para que los más desfavorecidos "no se sientan mal".
Antes que continuar enumerando errores y pérdidas, valdría la pena pensar qué país es el que se quiere. Estados Unidos se ha autoasignado el papel de policía del mundo. Pésele a quien le pese, es un papel al que no va a renunciar. Pero entonces ¿por qué no cumplirlo cabalmente, con la conciencia limpia? ¿Qué clase de ejemplo mundial puede ser un país en decadencia, que da más derechos a los criminales que a las víctimas; a los padres biológicos drogadictos que a los padres adoptivos amorosos; a los haraganes, hampones y marginales que a los trabajadores, honestos y emprendedores? ¿No habrá llegado el momento de poner orden en la casa, antes de pretender ponerlo en el mundo?
Si en algo ha coincidido la estrategia de los partidos Republicano y Demócrata en este siglo, es en la destrucción y debilitamiento de Estados Unidos. No hay, desde la Segunda Guerra Mundial, una victoria estadounidense neta o irrebatible. Se perdió en Corea, se perdió en Vietnam, se perdió en el Golfo Pérsico - se liberó Kuwait pero ahí está, más fuerte e influyente que nunca Saddam Hussein -, y se perdió en Afganistán - Osama bin Laden está, con casi total seguridad, preparando otra sorpresa, y Al Qaeda no parece haber perdido más que militantes, pero ni cohesión y menos ideología, mientras los bombardeos lanzan por los aires a los civiles afganos -. La indiferencia hacia Afganistán después del apoyo que recibió cuando la ocupación soviética, es en buena medida la causa del radicalismo actual, del mismo modo que la invasión y bombardeo a Camboya cuando la guerra de Vietnam condujo, amén de la impericia del príncipe Sihanouk, al encumbramiento de Pol Pot y el genocidio de los camboyanos. La torpeza, la estupidez, los errores en el ámbito marcial, nunca son reconocidos en Estados Unidos. Cuando se dejó de apoyar a Fulgencio Batista, con el pretexto de que era un dictador, se validó la llegada al poder de Fidel Castro, el peor tirano que más ha durado usurpando el poder popular de un país en tiempos modernos.
En lo doméstico, el país ha emprendido un rumbo que, si no se corrige, en pocos años lo hará inhabitable. Sí, todavía no estamos tan mal, pero ahí está, como moda rampante, la tolerancia frente a todo aquello que debería, si no ser extinguido, sí prohibido o al menos limitado. Pero no se hace, porque eso no suena bien en las largas, peludas y puntiagudas orejas de los que están empeñados en hundir al país.
Las cárceles están al tope, y siguen siendo centros de capacitación del crimen. Las escuelas se han transformado en corrales para menores de edad. Las reservas naturales y otras áreas protegidas se han propuesto como sitios para explotación comercial de sus recursos, y se pretende extraer petróleo de zonas clave para la reproducción y conservación de la fauna silvestre en el ártico. La explotación y destrucción del débil, del ingenuo, del bienintencionado y del idealista se realizan sin descanso.
Estados Unidos quiere ser un líder mundial amado y respetado, pero no firmó el acuerdo de Kyoto ni la intención de crear atribuciones supranacionales a un tribunal para perseguir crímenes de guerra. Si bien nunca me ha convencido el concepto de crímenes de guerra manejado por esas instancias, que me recuerdan las intentonas totalitarias de la Organización de Naciones Unidas, sí es necesario contar con un organismo regulador de ese nivel. Pero Estados Unidos, con Bush a la cabeza y su irreflexiva actitud, ha deteriorado gravemente la viabilidad de ambas propuestas.
El renacimiento de los ideales que conformaron la nación no va a llegar pronto. Es ingenuo pensar que estos procesos, que tienen que ver con el ascenso y decadencia de las sociedades, coincidan con los deseos personales y las inquietudes milenaristas. Son acontecimientos que tienen un reloj interno propio. Pero tampoco están muy lejos. Un nuevo orden de eras ha de venir en una o dos décadas más.