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El Optimismo y el Caos
Por Alberto Carrillo

Se dice que el mexicano es un pueblo optimista, y sería válido preguntar hasta qué punto esta característica de muchos mexicanos ha sido positiva para ellos mismos y para el país. Soñar con futuros logros y tener esperanza de un futuro mejor es saludable mientras sea el primer paso para trabajar en lo que se desea lograr. Pero ser optimista no debería implicar renunciar a ver la realidad que nos rodea. No es saludable practicar la negación o el autoengaño para vivir con tranquilidad.

La realidad es desalentadora para la mayoría de los mexicanos. Los problemas del país empeoran en vez de resolverse. Los jóvenes descubren que conseguir empleo es difícil, y que conseguir el empleo que desean o uno bien pagado es más que difícil. Si alguna vez estudiar fue una forma relativamente segura para abrirse camino y progresar económicamente, desde hace algunos años esto ha dejado de ser cierto para muchos. La educación está cada vez más lejos de aportar lo que se espera de ella. Con el deterioro en la calidad de las instituciones educativas, el valor de la educación cada vez es menor como factor para progresar en la escala social. Aunque es cierto que para quien se esfuerza y está bien preparado existen buenas oportunidades para progresar también lo es que no hay cabida para todos en el mercado laboral. Si a esto sumamos la baja oferta de empleo y el gran número de postulantes, se entiende el actual escenario de empleos con muy bajos sueldos que exigen altas calificaciones para una actividad simple y a veces marginal.

Pero para aquellos que no concluyen los estudios universitarios, las cosas son peores. Es poco lo que se aprende en la escuela secundaria y el bachillerato, y definitivamente es insuficiente para desempeñarse en casi cualquier actividad. A esto se suma el poco valor que las empresas dan a la preparación no profesional e incluso a la técnica.

Conseguir un buen empleo tampoco garantiza un futuro prometedor. Los salarios para profesionistas recién egresados que antes – hace unos veinticinco años – eran suficientes para llevar una vida digna, para independizarse y hasta para casarse o mantener una familia. Ahora, si acaso, alcanzarán para cubrir los gastos personales. Por otro lado, las nuevas reglas del mercado hacen que ni el empleo mejor remunerado sea seguro en empresas de cualquier tamaño – los despidos y recortes masivos de personal son una actualidad innegable – y aun las mismas empresas no tienen asegurada su supervivencia, sin importar su tamaño. Así sea que esté bien o mal pagado, al empleado no le queda sino vivir siempre con la inseguridad para conservar su empleo, y ni hablar de la posibilidad de llegar a jubilarse y obtener una pensión.

No es difícil imaginar por qué son tantos los mexicanos que aspiran a tener un empleo en el gobierno. Si las aspiraciones no son muchas y se está dispuesto a convertirse en un burócrata más y por ende en una carga para el país entonces, el sector público brinda algunos privilegios que no se encontrarán en ninguna empresa productiva. El problema es que – aunque cada vez son más numerosos los burócratas – obviamente no todos los mexicanos pueden trabajar para el gobierno.

Pero no todos en México aspiran a depender del gobierno; muchos buenos mexicanos, trabajadores y ambiciosos, prefieren buscar fortuna cruzando la frontera a riesgo de su propia vida. Buscan mejorar su nivel de vida en un país que les ofrece lo que su propio país no: empleos bien remunerados y oportunidades para progresar por su propio esfuerzo.

La situación para la mayoría de los mexicanos más que mejorar tiende a empeorar. La pérdida del poder adquisitivo continúa, los empleos son cada vez más escasos y las empresas mexicanas son cada vez menos competitivas. Viendo más allá de la situación actual, donde el país se encuentra de nuevo en una crisis económica y como siempre se espera que esta se resuelva con el tiempo, la realidad es que sólo puede haber una mejoría aparente y temporal. Porque los problemas del país son estructurales, están enraizados en sus formas de vida, en su población, su gobierno y demás instituciones.

Ante la incapacidad manifiesta de nuestros gobernantes para cambiar el rumbo del país, la evidente falta de interés por el país que muestran casi todos los servidores públicos y la innegable inutilidad y complicidad de los legisladores y los partidos políticos para solucionar esto, podría pensarse que sólo el esfuerzo de la sociedad sería capaz de sacar adelante a este país. Pero es tal la apatía y el conformismo de los mexicanos que parece que somos capaces de resistir cualquier cosa antes de reaccionar de otra forma que no sea con quejas y aspavientos.

Si el país no cambia, sería sensato creer que cada ciudadano puede por lo menos hacer algo por sí mismo y que con el esfuerzo personal se puede salir adelante. Pero, ¡oh sorpresa!, el sistema se han encargado de estropear cualquier forma de progresar. Pues de los muchos ciudadanos que intentan ganarse la vida por su propia cuenta, crear su propia empresa o abrir aunque sea un negocio pequeño, son muy pocos los que salen adelante. A México le hacen falta empresarios y trabajadores independientes. Es triste que a la ya de por sí bajísima probabilidad de sobrevivir de todos los pequeños negocios – y para los no tan pequeños – tenemos que sumarle los esfuerzos de gobernantes y legisladores para dar al traste con cualquier posibilidad de salir adelante, como la recientemente aprobada miscelánea fiscal. El sistema definitivamente no funciona en favor de los pequeños empresarios; son más las trabas que los estímulos para la creación y funcionamiento de pequeñas empresas. Vivimos en un extraño capitalismo que funciona sólo para los más ricos.

A todo esto hay que agregar que ninguno de los otros problemas importantes en este país se están resolviendo. Un gobierno incapaz y una ciudadanía que prefiere cerrar los ojos son la combinación perfecta para acabar con lo poco de bueno que queda en México. Es cierto que el país ha crecido en muchos aspectos en las últimas décadas. Ahora más gente puede acceder a todo tipo de bienes y servicios, pero esto no compensa el hecho de que la calidad de vida se haya deteriorado notablemente en los últimos años. De nada sirve, para los que pueden conseguirlo, tener un buen empleo, una bonita familia, automóviles y propiedades si no se puede vivir con seguridad. La creciente inseguridad amenaza a todos por igual. Pero no es la única amenaza a nuestro futuro. La contaminación sin control de nuestro ambiente y la depredación de los recursos nos acercan a callejones sin salida. A todo esto hay que sumarle el deterioro familiar y social y el aumento en el consumo de drogas entre otros problemas. Nuestros gobiernos han sido y son actualmente incapaces de detener esta oleada de decadencia. Si las cosas están mal ahora, es seguro que estarán peor en el futuro. No es necesario ser adivino para predecirlo. Sería ingenuo creer que el consumo y las adicciones a las drogas no aumentarán en el futuro; que nuestro medio estará menos contaminado que ahora; que nuestros recursos naturales no continuarán disminuyendo; o que en algunos años este será un país más seguro para vivir.

El mexicano común poco puede hacer para resolver los grandes problemas del país, fuera de trabajar por alguna buena causa, respetar las leyes y ser lo menos depredador posible. Lo que hasta ahora no hemos intentado es exigir a los gobernantes que cumplan con sus obligaciones, y parece ser que ese es un paso necesario para iniciar cualquier cambio significativo en este país.

Tal vez lo que ha ocurrido hasta ahora es que no hemos madurado lo suficiente como nación para merecer un gobierno de verdad. En toda nuestra historia pocos gobernantes han trabajado por el bien del país. Los gobiernos en este país nunca han emanado del pueblo, ni lo han representado, ni han estado a su servicio, ni han defendido sus intereses. Por eso, hacemos mal en creer que un gobierno se legitima por el simple hecho de que se realicen elecciones limpias. Al final de cuentas tenemos el gobierno que nos merecemos. No cualquier pueblo tolera lo que nosotros. Después de todo, este sistema de apatía, dependencia y corrupción sin límite tiene sus recompensas. Gozamos de paz y sobre todo de una gran libertad. Libertad para violar algunas leyes, para no pagar impuestos, para trabajar lo menos posible entre otras cosas. A cambio hemos permitido la ineficiencia, el abuso, la corrupción, la impunidad, y el despojo a la camarilla gobernante. Mientras no se trastorne demasiado la vida vacía y sin propósito de la mayoría de los mexicanos se conservará la muy valorada paz social y quienes tienen el poder no tendrán que preocuparse por perderlo. Mientras el eje de la vida de las personas sea la televisión, el futbol, las telenovelas y los pasquines para unos, y para otros los centros comerciales, los automóviles, los cines y los antros de moda, estará garantizado que el país siga su rumbo cual barco que no lleva a nadie en el timón.

A pesar de todos los problemas que vemos aún hay muchas cosas bellas que gozar en este país; muchas cosas valiosas que cuidar. Por eso quizás sería bueno que tocáramos fondo, pues tal vez así nos obligaríamos a resolverlos. Tal vez lo que tenemos ahora no vale tanto como suponemos, y menos aún sí para conservarlo tenemos que renunciar a ver la realidad y a mejorar nuestro país.

© Panóptico, Alberto Carrillo
Febrero 5, 2002