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Contra México
Por Carlo DiMattia

El oportunista que no sirve para nada
siempre hechiza a la chusma.
Eurípides

 

He procurado no escribir sobre México y más bien hacerlo acerca de Estados Unidos, pues he visto lo irritante que puede ser para algunos lectores que emita opiniones acerca del atroz estado de las cosas en el vecino del sur. Sin embargo, es momento de volver a enfocar la atención en México. Un país que parece haber perdido, ahora sí, toda esperanza.

He abogado, en distintas ocasiones, por el cierre total de la frontera para la migración ilegal. No porque tenga algo en contra de los inmigrantes ilegales. Todos los que conozco son personas dignas, honradas, valientes y deseosas de progresar. He deseado terminar con la inmigración ilegal porque para el gobierno mexicano resulta muy fácil cometer estupideces sin fin, y luego, cuando las crisis económicas revientan, desplazar una marea humana hacia Estados Unidos. Desplazamiento de tal magnitud que, de ocurrir hacia otro país que no fuera Estados Unidos, movilizaría de inmediato al Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados. Según yo, al impedir por completo la inmigración ilegal y reforzarla con deportaciones masivas, se forzaría a México a ser más responsable o menos inepto en la conducción de sus políticas públicas.

Pero me desdigo.

Y lo hago porque por fin he entendido que México es incapaz de cambiar. La actitud depredadora de la pandilla que detenta - detentar significa retener de manera ilegal lo que no pertenece - el poder en México, sólo tiene interés en su propio medro y pervivencia. Ahí está la evidencia, para los no convencidos aún. En realidad no creo que los errores del Ejecutivo se deban a malicia, sino fundamentalmente a estupidez, soberbia e inepcia; los del Legislativo, sin duda, hablan de una perversa coalición y una actitud de profundo y acendrado odio a México. Bajo esta óptica, tienen sentido las recientes medidas depredadoras y expoliatorias que convierten a México en un país sin futuro.

Esto no es una declaración histérica o teatral. Según un estudio reciente que no puedo citar, pero que cualquiera de ustedes puede repetir si tiene las recientes reformas a la mano, el parteaguas actual entre tener o no futuro económico en México es un ingreso de 25 salarios mínimos diarios (24.3 para ser exactos). México puede, pues, dividirse en dos grupos: el de ingresos de 24.3 salarios mínimos al día y más, y quienes reciben menos de eso, que son mayoría. Los primeros, por su nivel económico, tienen la posibilidad de establecer negocios rentables, o que al menos puedan subsistir o competir de alguna manera contra los vaivenes inflacionarios. Los que ganen menos que eso, tendrán que convencerse ya, hoy mismo, que no hay futuro. La recientemente aprobada Miscelánea Fiscal borra por completo cualquier posibilidad de futuro para México. Quien no lo sepa aún, es porque no se ha tomado la molestia de analizarla con detenimiento. Se han creado condiciones para hacer que quien gane poco - menos de 24.3 salarios mínimos - jamás cumpla sus sueños. Si ponen una papelería, su exiguo capital inicial los llevará a quebrar sin remedio. Si invierten en la bolsa, sus ganancias serán tan pequeñas que no marcarán, salvo por un milagro, diferencias significativas en su nivel de vida. Con tan poco dinero, el banco les pagará pocos intereses y les hará muchos cargos por manejo de sus cuentas. Con esa ínfima suma, nunca podrán superar su actual nivel de vida. Nunca.

Vistas así las cosas, sólo tengo una recomendación a quienes hoy se quejan de malos niveles de vida: disfrútenlos, que vienen tiempos peores.

Es curioso que México, siendo un país pobre, haga las cosas tan difíciles para los pobres. Se gana menos que en Estados Unidos, y muchos productos y servicios son más caros. Pero si esto es peculiar, malsano y paradójico, más difícil es entender la actitud frente al capital.

Durante mucho tiempo se ha puesto a prueba la hipótesis de que el gobierno tiene interés en promover la inversión extranjera. Sí, es cierto, y tan es así, que México ya no es una nación sino la propiedad de un conjunto de enormes conglomerados empresariales. La soberanía nacional cada vez más se convierte en un teatro de actores fantasmas, y los hilos de los títeres de los tres poderes de la Unión son movidos por el capital internacional. Pero aquí viene la trampa: México sólo abre sus puertas al gran capital. A diferencia de otras naciones, que han conservado su poder abriéndose al pequeño capital, promoviendo así la diversificación en su economía y evitando las presiones de los gigantes transnacionales, el gobierno de México ha preferido vender generosas porciones de la nación al gran capital y a poderosos consorcios que pronto muestran su invencibilidad y poder. Para citar un ejemplo, poco a poco la Ciudad de México se ha ido convirtiendo en un mercado monótono. Las grandes tiendas de autoservicio, hipnotizadas por el espejismo primermundista, han perdido diversidad en sus mercancías y sólo venden una variedad limitada de artículos. Grandes cadenas desplazan al pequeño comercio. Pequeñas farmacias, zapaterías y papelerías familiares, unas quebradas y otras a punto de quebrar, se ven impotentes frente a la competencia de precios con las grandes empresas que, en cuanto se apoderan del mercado, lo hacen menos diverso y conducen a los clientes a comprar entre las pocas, muy pocas opciones que ofrecen.

Como las reglas que han permitido esta situación hay, hoy mismo, ahí, agazapada en las leyes creadas para la explotación de los mexicanos, la evidencia de que no hay esperanza ni futuro. Las primeras veces que escuché esto de otras fuentes, creí que exageraban. Ahora ya es claro.

El gobierno federal, y el ejecutivo en particular, no tienen interés en México. Nadie en su sano juicio duda que Vicente Fox ganó las elecciones del 2000. Nadie en su sano juicio puede, hoy mismo, decir que era el candidato por el que votó. Nadie niega que los legisladores llegaron legalmente a ocupar sus escaños en el Congreso. Nadie niega que aunque ni los conocía, de cualquier modo votó por ellos. Es decir, que el Legislativo y el Ejecutivo ganaron las elecciones, pero fingiendo lo que no eran. ¿No los vuelve eso automáticamente ilegítimos, a pesar de sostener sus triunfos con votos contados?

Ya hay, como siempre, revisiones, disculpas desde todos los frentes sociales y políticos, promesas de que la imposición fiscal depredadora, el aumento a las tarifas eléctricas y muchas otras serán para bien. Entre la ciudadanía hay, también hoy, toda clase de arreglos mentales para poder subsistir en relativa paz mental con la evidencia de cinco años más de tropiezos e incompetencias. Y atropellos. Y miseria.

Hay, sí, menos trámites para abrir una empresa, pero ¿qué sentido tiene abrirla, si al momento de nacer está condenada, por la rapiña fiscal y la inseguridad pública, a quebrar antes de dos años, y eso sí cuenta con un capital regular? ¿Para que compromete una familia o persona su capital en una empresa que será depredada por el fisco, sujeta de robos o asaltos e incluso pintarrajeada por vagos?

Para acabar el cuadro, con el nacionalismo caricaturesco impulsado por George W. Bush, el rechazo a los inmigrantes es cada vez más patente en este lado de la frontera. Hasta a los inmigrantes legales se les ponen trabas. Y los mexicanos, tan quitados de la pena como siempre. ¿Qué no existe la dignidad en México? Me pregunto ¿cómo es posible que mexicanos acudan gustosos a ser humillados y avergonzados en la Embajada de Estados Unidos en México?, ¿qué el gobierno mexicano no tiene el valor de demandar para sus nacionales las mismas condiciones de buen trato que la Embajada de México en Estados Unidos da a los estadounidenses?

No es el valor y la dignidad algo que abunde en el gobierno mexicano: ahí está la industria atunera mexicana, casi totalmente destruida. Hace años, con toda justicia, Estados Unidos decretó un embargo por las matanzas de delfines que ejercían las pesquerías atuneras. Pero desde hace años los atuneros mexicanos cumplen con las condiciones para proteger a los delfines, y de eso han dado fe muchos organismos, tanto internacionales como estadounidenses. Con todo, una corte en San Francisco ratificó el embargo, y el gobierno mexicano no ha presentado la apelación correspondiente. ¿Dónde está la fuerza de cabildeo o presión de parte de México? ¿Por qué son tan buenos para el griterío vacío y tan malos para defender sus derechos? ¿No había mucho compromiso de este gobierno de supuesto cambio con los empresarios? ¿Acaso a los atuneros no hay que prestarles atención, tan sólo por no pertenecer a la mafia empresarial que rodea al gobierno, y que con indignidad absoluta se presta para sus juegos mediáticos?

Quisiera poder cerrar esta colaboración con algún párrafo o idea que ofreciera algún alivio o esperanza para los mexicanos. Pero no quiero ni seré cómplice involuntario de un gobierno que está ahí tan sólo para burlarse del pueblo que lo eligió, y que usa el discurso de la esperanza para aplastar a los mexicanos. No hay esperanza hoy en México. Ni la habrá mañana.

© Panóptico, Carlo DiMattia
Febrero 25, 2002