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En los Ribetes de la Nada
Por Eduardo Liceaga Martínez

"Cuando los gobernantes pierden la vergüenza,
los gobernados pierden el respeto".
Georg Christoph Lichtenberg

"Déjense de sinalagmas, olvídense de entelequias inocuas, y cuando hablemos de Teoría Política, amigos míos, hablemos del poder y su ejercicio", rugía el licenciado Vázquez Caballero, titular de la cátedra de Teoría Política de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Anáhuac del Norte. Lo recuerdo bien; su mirada fiera, encarando alumnos como quien enfrenta a una horda de desgarbados, simulaba el aguijón de una avispa tratando de picar el intelecto de sus interlocutores. Y puede ser que ante sus ojos, eso éramos: una bola de desgarbados. Se paraba al filo de la tarima dando la apariencia de una cuerda de violín a punto de ruptura, y arrancaba la catilinaria repitiendo obsesivamente, clase tras clase, después de haber desentrañado a los peripatéticos, a los estoicos, a los sociólogos de Estado, etc.: "política quiere decir poder, poder y su ejercicio".

Esto viene a cuento por la coyuntura ante la cual nos encontramos en este momento. La reforma del Estado, propuesta por el otrora invencible, imparable e inquebrantable Vicente Fox Quesada, tiene visos de no ser más que uno de sus interminables dicharajos.

Esta reforma del Estado, en sí misma, planteaba no sólo la aniquilación de las estructuras políticas tradicionales del país, sino transformaciones fundamentales en diversos niveles y ámbitos, como el jurídico, social y económico. Sólo pensar en la desarticulación programada de los estratos de poder para ser sustituidos por otros igual de sólidos pero con diferentes principios resulta un contrasentido que si bien se veía claro en la teoría, ahora se empieza a reflejar en la práctica.

Ahora caemos en la cuenta que Vicente Fox no conoció, ni de lejos, a un Vázquez Caballero que le hiciera énfasis en los presupuestos del poder. Desdeñó soberbiamente, por lo que se ve, a los estoicos y a los peripatéticos, olvidó la vieja y útil tradición de los políticos de todos los tiempos y de todos los países, de abrevar de las lecciones del pasado, y retomar a los estudiosos del poder, a los teóricos del Estado, y se instaló sin empacho en la mercadotecnia pura. Pensó que un Presidente es un director de empresa trasnacional que podía quitar y poner, implementar o manipular personas y programas de gobierno como si fuera el lanzamiento de una marca, la promoción de un producto, el manejo de una campaña publicitaria.

Finalmente lo ha logrado, su imagen circunda el globo en revistas de personalidades cual si fuera un actor de Hollywood. Estudia más la pose, el peinado y la indumentaria que los indicadores políticos y económicos. Bien por él; mal para nosotros.

En su protagonismo, se asume como el héroe que se enfrenta cotidianamente con los malos, mismos que ya se han convertido todos: los medios de comunicación que no lo entienden, los sindicatos, los partidos políticos - incluso el propio si es que alguna vez tuvo uno -, la burocracia, Andrés Manuel López Obrador, y muchos más. Las cabezas de noticia regularmente representan su choque directo, aunque sea de palabra, con todos y paradójicamente, contra todos.

En este contexto, hoy se libra otra batalla de la Reforma del Estado. Esta vez es el segundo round de la Reforma Fiscal, que antes vendida como flamante auto último modelo, ha terminado por ser un viejo modelo Ford T, con carrocería de tractocamión, motor fuera de borda, ruedas de ferrocarril y hasta alas – por si se ofrece -.

Y con todo y que "magnánimamente" optó por quedarse en el país para ver la trifulca desde el ring side, pretendiendo que su presencia infundiera cierto tipo de "temor" entre sus detractores, la verdad de las cosas es que nuevamente no podrá hacer nada para lograr el consenso del Congreso. Hoy las cámaras se han transformado en verdadero reducto de poder, y cada voto se arranca con sangre y con mucho dolor. Los tiempos se están cumpliendo y las desesperaciones cobran su factura. De toda suerte, hoy por hoy, la promesa de cambio representada por Vicente Fox, es rehén del Congreso de la Unión. Ya tendrá a quien echarle la culpa. Y lo único que no veo por ningún lado es ejercicio de poder, del único ejercicio de poder. Y dicho sea de paso, antes de que me tachen de totalitario, el poder no se ejerce amedrentando, solapando, tratando de imponer criterios por medio de la simulación, el chantaje o la violencia. Se hace tendiendo puentes, provocando consensos, ejecutando sin reparos cuando hay que ejecutar, gobernando pues.

Mientras Fox se solaza con sus fotografías en el Vaticano y sus portadas de la revista Hola, los primos peleados PRI Y PRD meten sus barbas a remojar, afilan espadas, cargan baterías y se revuelven para reinventarse en sus respectivas Asambleas Nacionales. Por parte del PRD, amén de los conflictos entre tribus, parece que en realidad ya han asumido postura de partido en el poder, y sus planteamientos son serios y sus programas son claros. Han dejado atrás su fisonomía de reaccionarios para hacerse parecer, más que nunca, como una opción política real.

Pero lo más significativo de esta coyuntura, está representada por la asunción del Cachorro. Un cachorro que hacía box de sombra desde las entrañas de su madre y que acicateado por la muerte de su padre, se ha dedicado de por vida a lucha política. Los que lo conocen saben que es de los que tragan agua hirviendo y escupe hielitos. Ha recorrido todos los estratos del poder y entre otras cosas puso de cabeza a Zedillo cuando se negoció su gubernatura. En aquella ocasión, sobre la maldición de Zedillo, bajo la presión de Andrés Manuel López Obrador y contra la persecución de Lozano Gracia, obtuvo contundente victoria política y jurídica, al involucrar a la Suprema Corte de Justicia en su causa. Y si se piensa que la Suprema Corta de Justicia fungía de su pilmama, pues se estaría en una grave equivocación. Si bien los ministros del Máximo Tribunal deben ser imparciales, siempre se identificó a su entonces presidente, Vicente Aguinaco, como un panista confeso.

En todas esas reyertas, el "cachorro" tuvo oportunidad de afilar bien uñas y dientes, saliendo siempre bien librado y con la vista puesta en objetivos más grandes, más importantes. Su descalabro contra Labastida en la contienda por la candidatura del PRI a la presidencia, a la vuelta de los meses se convirtió en la aniquilación de uno y el fortalecimiento del otro.

Ahora Madrazo ya no es el "cachorro" de la Revolución, y hemos sido testigos de su asención a máximo jerarca del Revolucionario Institucional (si las cifras al cierre de esta edición no mienten o son impugnadas), que si bien se cree en decadencia, todavía gobierna, para los que no saben, más de mil municipios, 18 estados y domina 21 legislaturas locales.

En este contexto, como se ve ahora en la realidad y como entendieron siempre los que de poder saben, el desmantelamiento de las estructuras de poder fue un slogan publicitario que se ha ido decantando y se esfumará con el correr de las crisis económicas y sociales.

Mientras las celebridades desgastan la imagen saliendo en las portadas de las secciones de sociales y paseándose por todo el mundo; dando golpes en la mesa; construyendo castillos de aire y dibujando círculos rojos, otros que entienden la política como el ejercicio del poder están haciendo lo suyo, y eso por mucho, deja a la reforma del Estado Mexicano, en los ribetes de la nada.

© Panóptico, Eduardo Liceaga Martínez
Febrero 25, 2002