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Madrazo en el PRI
Por César Flores Mancilla

El triunfo de Roberto Madrazo como presidente del PRI viene a ratificar la vigencia de una forma de hacer política que se creía superada. Estas elecciones demostraron que el tan anunciado nuevo PRI no es tal; que sus procesos internos siguen llenos de viejas prácticas: acarreo, compra de votos, embarazo de urnas, desvió de fondos públicos. El mensaje enviado a la opinión pública es el de un instituto político que es incapaz de cambiar sus usos y costumbres, el de una organización que aparenta cambiar para no cambiar en la mejor extensión de una fenomenología gatopardista como la que ha definido toda la historia del PRI.

Los resultados de esta elección han premiado entre irregularidades y convicciones, a uno de los personajes más oscuros, polémicos y poco confiables del escenario político nacional. Alrededor de Roberto Madrazo se tejen historias de leyendas negras y hechos comprobables: la turbia procedencia de los recursos que lo financian, el elevado gasto de sus campañas y las irregularidades electorales realizadas en Tabasco durante su gestión como gobernador. Su compañera de fórmula, Elba Esther Gordillo, tampoco está exenta de realidades incómodas, como la de su escandalosa fortuna personal, que no corresponde con los ingresos esperados de una persona cuya trayectoria política se ha basado en la representación sindical de maestros.

Pero esto no es privativo de una fórmula electoral; es un rasgo de distinción de un partido que durante más de setenta años marcó el rumbo de la vida política mexicana. Para hablar de un nuevo PRI, se debe generar un proceso interno de renovación de cuadros, una redefinición de los principios de doctrina y el diseño de una plataforma política acorde a los nuevos tiempos políticos.

El proceso de renovación de cuadros es uno de largo plazo, que habrá de realizarse con la entrada de jóvenes militantes y la adhesión de nuevos simpatizantes. Esta renovación implica dar paso a nuevas ideas y nuevos liderazgos, aires de renovación que le inyecten rostros nuevos a un partido que nos ha acostumbrado durante mucho tiempo a ver a sus mismos dirigentes con sus mismos discursos de siempre. El problema es que los actuales líderes no tienen incentivos para abrir brecha a las nuevas generaciones; se creen capaces de dirigir el proceso de renovación y llevarlo a buen término. Tendrán que ser los jóvenes militantes y los nuevos simpatizantes quienes realicen por sí mismos una estrategia para abrirse camino; quienes tendrán que hacer un rediseño institucional a fondo de los procesos internos del PRI. Habrá que apostar a su paciencia y buen tino.

La redefinición de los principios de doctrina es uno de los mayores retos para construir la nueva identidad del PRI. Los conceptos heredados de la revolución mexicana resultan anacrónicos para legitimar a este partido y definir su rumbo de acción. El proyecto de modernización surgido de las reivindicaciones revolucionarias no es vigente para una realidad económica, política y social, como la que caracteriza a México al inicio del siglo XXI: vigencia de una economía de mercado, posibilidad de una alternancia democrática, y avances en el respeto y defensa de derechos civiles. La definición ideológica era un factor fácil de evadir, dado el pragmatismo de los principios de doctrina priísta, moldeables a la ideología del presidente de la República en turno: del "nacionalismo revolucionario" al "liberalismo social". Abierto el camino de la alternancia, el PRI debe saber agregar las preferencias ideológicas de los ciudadanos que no se siente representados por la derecha, la izquierda y sus diversos matices representados en el PAN y el PRD.

Finalmente, el PRI debe diseñar una plataforma política que le permita presentarse ante el electorado en el nivel local y federal, como una opción viable de gobierno que de respuesta a los problemas más urgentes de la agenda pública a través de estrategias modernas e innovadoras. En la medida que el PRI sea un proyecto que garantice un gobierno con resultados, podrá recuperar la confianza del elector y recuperar su capacidad de acción política.

Hoy el PRI sigue vivo; tiene la mayoría en el Congreso de la Unión, y mantiene su fuerza en el nivel local y municipal, donde incluso ha logrado reposicionarse en plazas que había perdido. Pero si quiere mantenerse en el largo plazo como una opción donde se agreguen las preferencias de electores que no se sienten representados por el PAN ni por el PRD, deberá iniciar un proceso de renovación de cuadros, una redefinición de sus principios de doctrina y el diseño de una plataforma política acorde a los nuevos tiempos políticos. Las características de su actual dirigencia no garantizan ninguno de estos indispensables cambios. El PRI tiene a Roberto Madrazo como presidente.

© Panóptico, César Flores Mancilla
Marzo 18, 2002