La lealtad en el ejército es sólo uno de los grandes pilares sobre los cuales esta constituida esta institución. La lealtad requiere de disciplina, y ésta es la forma de actuar de los diversos elementos que constituyen al ejército. Para lograrla, es preciso seguir los lineamientos dictados por el comandante al pie de la letra, aunque en ocasiones estos no vienen del comandante, sino de la Constitución y de las leyes que de esta emanan, que en conjunto marcan la creación y los fueros de esta institución. Entre estos, destaca el que encabeza la Ley Disciplina Del Ejército Y Fuerza Aérea Mexicanos, que en su artículo primero dice: El servicio de las armas exige que el militar lleve el cumplimiento del deber hasta el sacrificio y que anteponga al interés personal, el respeto a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la soberanía de la Nación, la lealtad a las Instituciones y el honor del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos. Y por si fuera poco es cierto que el hombre requiere del alimento espiritual, por ende el militar que es humano y creador de la grandiosa doctrina militar que entre sus múltiples expresiones escritas por Federico Evers, y citando un fragmento de su poema Soy soldado, y aun cuando deje la tropa seguiré siendo soldado, que habla del espíritu militar diciendo:
Soy soldado por que en mí pecho se anida el amor a la patria; la veneración a sus héroes y el respeto a sus leyes.
Soy soldado por que la disciplina es mi norma, el valor mí gran anhelo, el honor mí firme causa y el deseo de servirle a mí país la meta de mí vida.
Es de este modo como la doctrina militar, al igual que las leyes, marcan las formas correctas de cómo se deben conducir los militares, y es el amor a la patria el que los impulsa a obedecerlas fielmente. Esto al fin y al cabo se traduce en lealtad, originada por el amor a la patria, y como lo dijo en tiempos de guerra el gran héroe, la patria es primero. La patria es primero. No un general, no un presidente, ni la misma familia, sino a la patria. Imagínense no sólo pronunciar esas palabras, sino llevarlas a cabo.
Las cinco misiones generales del ejército mexicano son:
I. Defender la integridad, la independencia y la soberanía de la nación;
II. Garantizar la seguridad interior;
III. Auxiliar a la población civil en casos de necesidades públicas;
IV. Realizar acciones cívicas y obras sociales que tiendan al progreso del país; y
V. En caso de desastre prestar ayuda para el mantenimiento del orden, auxilio de las personas y sus bienes y la reconstrucción de las zonas afectadas.
Por desgracia, algunas de estas misiones no se pueden llevar a cabo por completo, como lo marcaría la verdadera justicia – no me refiero a alguna justicia institucional como la militar o la civil, sino a la justicia basada en la lógica, ya que ninguna de esas dos está por completo bien dictada – como es el caso de defender la integridad, la independencia y la soberanía de la nación, o de garantizar la seguridad interior. El ejército, por ejemplo, puede detener a narcotraficantes, sea por sí mismo o en cooperación con otras instituciones, pero no puede decidir qué harán con esos delincuentes ya que es donde aparecen los diferentes fueros. Si esas instancias deciden echar el trabajo militar al suelo, no hay nada que hacer. Por desgracia el ejército no esta capacitado para salvar este tipo de obstáculos. El ejército busca el bienestar del país, y para ello hay que acabar con la mala hierba; hoy en día, acabar con esa mala hierba es un delito contra la humanidad, así esté en juego la integridad del país. ¿Importa más proteger delincuentes y transgresores que defender la Constitución y la Patria? ¿Quién y con qué interés ha promovido la imagen del ejército como un violador consuetudinario de los derechos humanos? La preocupación sistemática de la institución por el bienestar del país en general se demuestra con sus acciones del plan DN–III, en su lucha constante contra el narcotráfico – obstaculizada por otros, pero patente y significativa –, las campañas de ayuda a comunidades de bajos recursos, llevando asistencia médica, educación y bienestar – aunque suele ser llamada guerra de baja intensidad por los grupos reaccionarios que se asumen como progresistas –, y el combate a incendios en zonas inaccesibles, hacia donde salen compañías o escuadrones enteros, formados por más de 120 patriotas. Si estas no son formas de demostrar amor y lealtad a la patria entonces no sé qué puedan ser esos dos conceptos.
En ocasiones el ejército ha sido mal usado. El mal uso principal ha sido mantenerlo guardado, y no erradicando a las autollamadas guerrillas. Por cierto, formalmente se considera guerrillero a todo aquél que esté uniformado, identificado y con el rostro descubierto; todas las presuntas guerrillas reivindicadoras de México no son, pues, sino grupos de malhechores y delincuentes. Y mientras el ejército sigue desprestigiándose haga o no haga, los sediciosos son presentados como héroes. No pretendo desacreditar a cualquier levantamiento armado. Hay justicia en muchos de ellos. El régimen que vivimos surgió del levantamiento armado en contra de la dictadura de Porfirio Díaz. Pero, ¡qué diferencia entre esos valientes que daban la cara para luchar, y el cobarde que usa pasamontañas para mandar cartas cursis a las redacciones!
Vuelvo a citar a Vicente Guerrero: la patria es primero. El mexicano es la patria; que luche, sin egoísmos, por salir adelante en comunidad. Por hacer un gran país. Vistas así las cosas, hay, a mí parecer, más patriotismo en ejército mexicano que en todos esos ejércitos seudoguerrilleros que extrañamente tanta admiración producen.