Nuestro país está dividido en dos grandes clases sociales: los que pagan impuestos y los que comen de los impuestos. Los que pagan impuestos generalmente son quienes producen riqueza, en tanto que los que consumen impuestos generalmente son depredadores de la riqueza. Entre los primeros, se encuentra la gran mayoría de gente, podríamos decir que es la población económicamente activa; algo así como 23 millones de personas. Son quienes pagan el Impuesto Sobre la Renta (ISR), Impuesto al Valor Agregado (IVA), pagan el predial, el Impuesto Sobre Autos Nuevos, etc. Los trabajadores, empresarios, comerciantes y consumidores son pagadores netos de impuestos.
Entre quienes consumen los impuestos están toda la burocracia del gobierno, que es algo cercano a cuatro millones y medio de personas, entre ellos más de un millón de profesores afiliados al SNTE, La Secretaría de Hacienda y Crédito Público, el personal de la industria eléctrica, la burocracia de PEMEX, la burocracia de la Secretaria de Agricultura y Recursos Hidráulicos, la Secretaría de la Reforma Agraria, la Secretaria de Fomento Económico, la Secretaría de Turismo, el IMSS, el ISSSTE, CONACyT, los partidos políticos, los diputados, los senadores, los empleados de las universidades públicas y tantos otros, que prefiero evitarlos para no agotar este espacio. Además, debo agregar a la gente que recibe su cheque de PROGRESA, y hasta las 350 mil becas que el gobierno da a los niños para que sientan la bondad del Estado.
En total, calculo que somos más de cinco millones de personas que se encargan de ayudarle al Estado a gastar el dinero que aportan los sufridos contribuyentes.
Esta situación es equivalente a una familia de cuatro adultos donde tres trabajan y uno simplemente vive de los que trabajan.
¿Es una situación soportable? Quizás se pueda aceptar de momento pero no toda la vida. Y menos aún si ése que no trabaja se pone exigente y quiere un aumento de ingresos, comer mejor, buena ropa y, si no se siente satisfecho con lo que le recibe, es capaz de poner sus banderas de huelga, cerrar las puertas de la casa hasta que le satisfagan sus caprichos. Estoy seguro que usted, amable lector, está pensando que si alguien en su familia se comportara así, lo sacaría a patadas de su casa. ¿Nos daremos cuenta que esto pasa en el país? Hoy mismo, los sindicatos universitarios quieren más dinero, los diputados ya subieron los impuestos, la gasolina cada mes sube de precio. Es un aparato de Estado que cada vez quiere más y más y más. ¿Hasta dónde se puede llegar?
Los partidos políticos se hacen de la vista gorda. Ninguno ha salido en la defensa del ciudadano para pedir que se reduzcan los impuestos. Algunos se rasgan las vestiduras para pedir que no se establezcan impuestos a alimentos y medicinas, pero son los primeros en votar por subir los impuestos a fin de cuentas.
¿Alguna vez surgirá algún partido político que enarbole la bandera de disminuir los impuestos sabiendo que esa es la mejor estrategia para hacer que un país logre la prosperidad para bien de todos los ciudadanos? Si queremos que nuestro país se desarrolle, entre otras cosas, hay que bajar los impuestos. Aunque para ello se tenga que arrojar a la calle a muchos burócratas que inútilmente consumen la riqueza del país. De esta manera, poco a poco se iría formando en México una sola clase social: la de los que producen riqueza.
Nota del Editor. El autor es profesor e investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana. Puede escribirle a santosmer@hotmail.com